En medio de los Valles Calchaquíes, a unos 280 kilómetros de la ciudad de Salta, el tiempo parece transcurrir al ritmo del telar. Allí, en Luracatao, don Jaime Segundo Guaymás lleva 45 años dedicando sus días a una tradición que aprendió de su familia y que hoy representa una de las expresiones más valiosas de la artesanía salteña.
Tenía apenas 14 años cuando comenzó a acercarse al telar. Creció viendo a sus familiares trabajar con la lana y poco a poco incorporó un conocimiento que abarca todo el proceso: desde la esquila de los animales hasta el hilado, el teñido y la creación final de cada poncho.
En su taller, nada comienza de manera improvisada. La lana pasa primero por las manos de hilanderas de la zona, mujeres que conocen cada fibra y mantienen técnicas transmitidas durante generaciones. Luego llegan los colores, obtenidos a partir de elementos naturales del territorio como nogal, algarrobo, cáscaras de cebolla, raíces y flores.
Cada tono guarda parte del paisaje calchaquí y cada diseño requiere tiempo, planificación y paciencia, una palabra que Jaime repite como la clave de su trabajo.
Para él, un poncho no es solamente una prenda: es una pieza que necesita dedicación desde el primer hilo hasta la última terminación. Antes de comenzar a tejer, imagina los colores, combina las tonalidades y piensa la forma que tendrá la pieza. Si algo no lo convence, vuelve a empezar hasta lograr el resultado esperado.
Su talento llevó sus creaciones más allá de los cerros salteños. Participó durante años en la Exposición Rural de Buenos Aires, donde recibió reconocimientos por sus trabajos, y también fue invitado a la Fiesta Nacional e Internacional del Poncho en Catamarca.
Aunque acostumbrado a la tranquilidad del campo, esos viajes le permitieron mostrar un oficio nacido en un pequeño rincón de los Valles Calchaquíes. Sus ponchos también cruzaron fronteras: una de sus piezas, tejida con la técnica conocida como punto ojo de perdiz, llegó hasta Japón luego de ser adquirida por una visitante que valoró la calidad y el proceso artesanal detrás de la obra.
La historia de ese poncho resume el alcance de una tradición que permanece vigente gracias a manos como las de Jaime. Desde un lugar donde los turistas todavía llegan poco, una creación hecha entre montañas logró encontrar destino a miles de kilómetros.
A sus 59 años, el artesano asegura que el telar le brinda algo más profundo que premios o reconocimientos: tranquilidad, satisfacción y la posibilidad de vivir de un oficio que forma parte de su identidad.
En Luracatao, su trabajo también funciona como una invitación para las nuevas generaciones. Jaime considera que mostrar la artesanía ayuda a que otros se animen a aprender y que los conocimientos heredados continúen circulando.
Frente al telar, las horas pasan sin que se note. Entre hilos, colores y diseños, don Jaime sigue construyendo ponchos que abrigan cuerpos, pero también conservan la memoria de una comunidad y la historia de quienes aprendieron a tejer su propio destino.