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Energía y geopolítica

Argentina gana protagonismo en el nuevo mapa petrolero regional

El avance de Vaca Muerta y el derrumbe de la industria venezolana reconfiguran el ranking de productores en América del Sur.

Argentina gana protagonismo en el nuevo mapa petrolero regional

El mapa petrolero de América del Sur atraviesa un proceso de reordenamiento acelerado, marcado por el crecimiento de nuevos polos productivos y el retroceso de actores históricos. En ese escenario, la Argentina empieza a ganar peso relativo gracias al impulso sostenido de Vaca Muerta, justo cuando la profunda crisis política y económica de Venezuela erosiona su capacidad de producción y altera los equilibrios regionales.

La combinación no es menor. Por un lado, el desarrollo del shale oil argentino se consolida como uno de los pocos casos exitosos de producción no convencional fuera de Estados Unidos. Por el otro, la parálisis venezolana, agravada por sanciones, falta de inversión y deterioro de infraestructura, abre una ventana que hace apenas unos años parecía impensada: un cambio en el ranking de los principales productores de petróleo de Sudamérica.

Las proyecciones internacionales refuerzan esta lectura. Para 2026, la producción mundial de crudo crecería cerca de 800.000 barriles diarios, y la mitad de ese aumento estaría explicada por apenas tres países de la región: Brasil, Guyana y la Argentina. El dato confirma una tendencia que ya se viene observando desde 2023, cuando el crecimiento global empezó a estar liderado por países fuera del bloque OPEP+, mientras ese grupo compensó el avance con recortes coordinados.

Tras una contracción en 2024, el mercado petrolero mundial volvió a expandirse en 2025 con un aumento cercano a los 2,2 millones de barriles diarios. De ese total, alrededor de 1,7 millones provinieron de países no alineados con la OPEP+, con un rol destacado de los nuevos productores sudamericanos. Brasil, Guyana y la Argentina explicaron en conjunto más de una cuarta parte del crecimiento global.

Dentro de ese trío, el caso argentino resulta particularmente significativo. Hasta comienzos de la década, la producción de crudo mostraba una curva descendente, afectada por el agotamiento de yacimientos convencionales y la falta de inversiones sostenidas. El punto de quiebre fue Vaca Muerta. El desarrollo del shale permitió revertir la tendencia y llevar la producción nacional desde un promedio de 670.000 barriles diarios en 2024 a unos 740.000 en 2025. Para 2026, las estimaciones apuntan a un promedio cercano a los 810.000 barriles diarios.

Ese salto ya tuvo consecuencias concretas. En la segunda mitad de 2025, la Argentina superó a Colombia y pasó a ocupar el cuarto lugar entre los mayores productores de petróleo de América del Sur. En noviembre, la producción alcanzó un pico de más de 840.000 barriles diarios, con el shale oil explicando cerca del 70% del total. YPF concentra una porción decisiva de ese volumen, aunque también crecen las operaciones de otras compañías con presencia en la cuenca neuquina.

El liderazgo regional sigue en manos de Brasil, que consolidó su posición gracias al offshore profundo. La puesta en marcha de nuevos buques de producción permitió al país superar por primera vez los 4 millones de barriles diarios en 2025. Guyana, en tanto, se transformó en el fenómeno más disruptivo del mapa petrolero sudamericano: en apenas cinco años multiplicó por diez su producción y ya supera los 900.000 barriles diarios, con perspectivas de seguir creciendo a partir de nuevos desarrollos.

El gran signo de interrogación es Venezuela. Aunque todavía figura entre los principales productores de la región, su situación es extremadamente frágil. Las sanciones internacionales, la incautación de cargamentos, la crisis institucional y la falta de mantenimiento de los yacimientos pusieron a la industria petrolera del país contra las cuerdas. Proyecciones internas anticipan que, si las restricciones se mantienen, la producción podría caer desde niveles cercanos a 1,2 millones de barriles diarios a menos de 300.000 antes de fin de año.

Un derrumbe de esa magnitud tendría un impacto profundo en el mercado regional. Venezuela posee las mayores reservas de crudo del mundo, pero hoy carece de la capacidad técnica y financiera para explotarlas. Las estimaciones sobre una eventual recuperación son elocuentes: harían falta inversiones multimillonarias durante más de una década para volver a niveles de producción relevantes.

En ese contexto, empieza a tomar forma una hipótesis que hasta hace poco parecía lejana. Si la crisis venezolana se prolonga y la Argentina logra sostener el crecimiento del shale, el país podría escalar un lugar más en el ranking sudamericano en el mediano plazo. La comparación de volúmenes alimenta esa expectativa: mientras Venezuela enfrenta una posible caída abrupta, la producción argentina apunta a consolidarse por encima de los 800.000 barriles diarios.

Puertas adentro del sector, la mirada sigue siendo prudente. La volatilidad geopolítica, los precios internacionales del crudo y los límites de la infraestructura local siguen siendo factores determinantes. Sin embargo, el reordenamiento ya está en marcha. Con Brasil y Guyana creciendo desde el offshore y la Argentina desde el shale, Sudamérica vuelve a ganar centralidad en el mapa petrolero global. Y, por primera vez en décadas, el país aparece no solo como un actor en expansión, sino también como un potencial beneficiario indirecto de una crisis que redefine el poder energético en la región.

 


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