En Salta, como en el resto de Argentina, la cantidad de chicos que entran a la primaria está bajando a pasos agigantados.
Para 2030, se calcula que habrá unos 40 mil alumnos menos en las escuelas salteñas, lo que representa una merma del 27% comparado con los números actuales. Esta realidad no es un capricho del destino, sino el resultado directo de una tasa de natalidad que viene en picada, con registros que muestran una disminución constante en los últimos años.
Mirá los números: en 2022, se inscribieron casi 19 mil nacimientos en la provincia; para 2023, bajaron a unos 17 mil, y en 2024 ya rondaban los 14 mil. Si seguimos así, en 2025 se espera algo similar o peor, con unos 5 mil nacimientos menos que hace tres años. Esta caída demográfica no solo afecta a Salta, sino que es un panorama nacional donde el país entero podría perder 1,2 millones de estudiantes primarios para la misma fecha, un 27% menos que hoy.
La cosa es que esta situación plantea un doble filo para la educación pública. Por un lado, con menos pibes en las aulas, se abre la chance de reorganizar todo: desde la infraestructura de las escuelas hasta cómo se distribuyen los docentes y los fondos. Imaginate poder invertir más por alumno sin tener que sacar plata de otro lado, enfocándote en mejorar la calidad de la enseñanza, la formación de los maestros y hasta la conexión con la universidad o los terciarios.
Pero ojo, no todo es color de rosa. Si no se actúa con visión de futuro, esta baja en la matrícula podría usarse como excusa para no invertir más en educación, dejando que el sistema se estanque o peor, se deteriore. En contextos como los de Salta, con zonas rurales o inhóspitas, hay que pensar en estrategias específicas: cómo mantener escuelas abiertas, evaluar el impacto de las políticas y hasta simplificar la burocracia en el ministerio para que las cosas fluyan mejor.
Los expertos coinciden en que quedarse de brazos cruzados es lo peor que se puede hacer. En cambio, hay que aprovechar esta ventana para rediseñar el sistema educativo, asegurando que los recursos se usen de manera eficiente y centrados en el aprendizaje real de los chicos. Diferenciar entre la educación pública, que depende de presupuestos fijos, y la privada, que vive de la matrícula, es clave para entender los desafíos desiguales que se vienen.
Al final, esta tendencia demográfica en Salta y Argentina invita a una reflexión profunda sobre el futuro de las aulas. No se trata solo de números fríos, sino de cómo garantizar que la educación siga siendo un pilar para el desarrollo, adaptándose a menos alumnos pero con más calidad. Planificar ahora es esencial para no desperdiciar esta oportunidad y evitar que se convierta en un riesgo para generaciones enteras.