La guerra en Medio Oriente entró en una fase decisiva tras cuatro jornadas de ataques intensos que modificaron el escenario político y militar en la región. La ofensiva conjunta encabezada por Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu avanzó con una rapidez que sorprendió incluso a los propios estrategas. En menos de 96 horas fueron neutralizados sistemas clave de defensa aérea iraní y desarticulada buena parte de la conducción militar en Teherán.
El objetivo declarado por la conducción israelí es provocar la caída del sistema político iraní. La magnitud de los bombardeos marcó un punto de quiebre desde el inicio mismo de la campaña, con ataques directos sobre edificios oficiales y centros neurálgicos del poder. Entre los blancos alcanzados figuran el Palacio Presidencial y dependencias del Consejo Supremo de Seguridad Nacional en la capital iraní, además de instalaciones en la ciudad religiosa de Qom vinculadas al liderazgo político.
Uno de los episodios más impactantes fue el presunto asesinato del líder supremo Ali Khamenei durante la primera oleada de bombardeos. De confirmarse oficialmente, se trataría de un hecho sin precedentes en la historia reciente de la región y abriría un escenario de vacío de poder con consecuencias imprevisibles.
La infraestructura nuclear también quedó bajo fuego. El Organismo Internacional de Energía Atómica, encabezado por Rafael Grossi, informó daños en la planta de Natanz, uno de los complejos más sensibles del programa atómico iraní. Si bien hasta el momento no se reportaron fugas radiactivas, la comunidad internacional sigue de cerca la situación ante el riesgo de una escalada mayor.
En paralelo, fuerzas israelíes atacaron posiciones vinculadas a Hezbollah en Beirut, ampliando el frente de combate. La decisión de golpear simultáneamente en territorio iraní y en el Líbano apunta a debilitar la red regional de aliados de Teherán y limitar su capacidad de respuesta coordinada.
Desde Washington se insistió en que existe capacidad militar suficiente para sostener una ofensiva prolongada. Trump aseguró contar con armamento disponible para una campaña sin plazos definidos, aunque descartó por ahora el envío de tropas terrestres. La estrategia, según trascendió, se basa en ataques aéreos de precisión, guerra electrónica y presión económica.
La reacción iraní no tardó en llegar. El gobierno calificó la ofensiva como un “ataque no provocado” y respondió con una combinación de represalias militares y medidas de impacto global. El bloqueo del estratégico Estrecho de Ormuz alteró el flujo de aproximadamente una quinta parte del petróleo que se comercializa en el mundo. El precio del crudo se disparó y las bolsas europeas registraron fuertes caídas, reflejando el temor a una crisis energética internacional.
En el plano militar, Teherán lanzó drones y misiles contra bases estadounidenses en Qatar, Bahréin y Kuwait. El ataque dejó al menos seis soldados norteamericanos muertos, según confirmaron fuentes oficiales. Además, la embajada de Estados Unidos en Riad sufrió daños tras un bombardeo con drones, lo que obligó a evacuar personal diplomático en varios países de la región por razones de seguridad.
El frente norte también se recalienta. El ministro de Defensa israelí ordenó reforzar posiciones en el sur del Líbano para contener a Hezbollah y evitar incursiones transfronterizas. La tensión generó un desplazamiento masivo de civiles: unas 30.000 personas abandonaron sus hogares en zonas cercanas a la frontera.
En un movimiento inesperado, el presidente libanés Joseph Aoun declaró irreversible la prohibición de toda actividad militar de Hezbollah en el país. La decisión expone la presión interna y externa que enfrenta el gobierno libanés ante el riesgo de quedar atrapado en un conflicto de mayor escala.
El impacto del conflicto ya se siente más allá del campo de batalla. Analistas advierten que una guerra prolongada podría afectar el comercio global, los precios de la energía y la estabilidad financiera. En Argentina, la suba del petróleo podría trasladarse a los combustibles y presionar sobre la inflación, un factor siempre sensible para la economía local.
Mientras tanto, la comunidad internacional intenta abrir canales diplomáticos para evitar que la crisis derive en una confrontación regional abierta. Sin embargo, el nivel de destrucción y la profundidad de los ataques hacen cada vez más difícil un retroceso inmediato.
Con el régimen iraní bajo máxima presión y la alianza entre Israel y Estados Unidos decidida a sostener la ofensiva, el conflicto atraviesa horas determinantes. El desenlace es incierto y el equilibrio en Medio Oriente pende de un hilo, con consecuencias que ya trascienden las fronteras de la región.