Pablo Chalcoff llegó el 14 de febrero al kibutz Hanita, en el extremo norte de Israel, con la idea de visitar amigos, hacer un poco de voluntariado y recorrer el país, algo que viene repitiendo desde octubre de 2023. Pero la escalada del conflicto con Irán le cambió los planes de golpe y ahora su estadía transcurre entre sirenas y refugios, a pocos kilómetros del mar y del límite con Líbano.
El sábado, cuando se recrudecieron los ataques, le tocó pasar varias horas metido en un búnker junto a un amigo y sus tres hijos de 14, 15 y 10 años. “Tenés que ver la tranquilidad de los pibes, más preocupados por dormir o jugar que por lo que pasa afuera. Lamentablemente ya tienen experiencia”, contó el abogado salteño, sorprendido por la naturalidad con la que los chicos afrontan la situación.
Acá la gente lleva más de dos años conviviendo con bombardeos de hutíes, iraníes y Hezbollah, por eso hay una aceptación que parece casi automática. Suenan las alarmas en los celulares y en la calle, y todos saben que tienen unos minutos para buscar refugio. “Es una costumbre, no hay pánico”, explica Chalcoff, que describe un país que funciona con protocolos claros incluso en medio del caos.
Desde el fin de semana todo está paralizado: no hay clases, los comercios cerraron, el transporte no funciona y se suspendieron las reuniones públicas para evitar aglomeraciones que puedan convertirse en objetivos. “Es el momento más álgido. La idea es que la gente se quede cerca de los refugios porque los ataques son constantes”, relató desde Hanita.
El kibutz está en una zona caliente, a unos 45 kilómetros de Haifa, uno de los puertos más importantes del país. Israel es chiquito, más chico que Tucumán, y por eso los misiles balísticos que lanza Irán apuntan directo a zonas con mucha gente. “El objetivo de ellos es la población civil, mientras que Israel y Estados Unidos van por objetivos militares y depósitos de misiles”, diferenció Chalcoff. En el cielo se escuchan permanentemente las explosiones de la Cúpula de Hierro y otros sistemas que interceptan más del 90 % de los proyectiles, aunque el ruido y el temblor que generan inquietan igual.
A pesar de todo, el salteño se siente seguro. “Estoy en un país preparado para la guerra, con uno de los mejores sistemas de defensa del mundo. Acá hay refugios en todas partes: en la casa donde estoy hay uno adentro, en las ciudades son comunitarios. Todo está organizado”, aseguró. No es la primera vez que vive algo así: su primer viaje a Israel fue en diciembre de 1990 y en enero de 1991, con apenas 17 años, corrió a los refugios durante la Guerra del Golfo. “Ya sabía cómo reaccionar”, recordó.
Tenía pensado volver a Salta el 11 de marzo, pero los vuelos están suspendidos al menos hasta el 7 y no hay precisiones de cuándo se normalizará el tráfico aéreo. En casa lo esperan su familia y sus hijos chicos, a quienes todavía no les contó nada para no asustarlos. “Espero que se calme todo y poder volver pronto”, dijo. Mientras tanto, el día a día sigue entre alarmas y protocolos, pero sin locura: nadie vacía supermercados y ver a los chicos tan tranquilos también ayuda a mantener la calma.
Con información de El Tribuno