Mirta Cardoso sostiene prácticamente sola el funcionamiento de una pequeña escuela rural del interior de Entre Ríos, donde asisten apenas nueve alumnos de distintas edades. A un año de jubilarse, la docente cumple múltiples funciones todos los días: da clases, dirige la institución, limpia el edificio y además aporta dinero de su bolsillo para cubrir necesidades básicas que permitan mantener las actividades escolares.
La Escuela Rural N° 7 “Calá”, ubicada en una zona alejada del distrito Sauce, funciona con modalidad plurigrado y reúne en una misma aula a chicos del nivel inicial y primario. Allí, la docente organiza las tareas para estudiantes de diferentes edades y niveles educativos mientras intenta garantizar que ninguno quede rezagado.
Cada jornada comienza varias horas antes del ingreso a clases. Mirta prepara contenidos, organiza materiales y luego emprende un recorrido de unos 20 kilómetros por caminos de tierra hasta llegar al establecimiento educativo. El trayecto forma parte de una rutina que mantiene desde hace años y que, pese a las dificultades, continúa sosteniendo con compromiso.
Una vez en la escuela, abre las puertas del edificio, acondiciona el aula y recibe a los alumnos. En el mismo espacio conviven chicos de sala de 4 y 5 años junto a estudiantes de primaria. La dinámica obliga a dividir tiempos, actividades y explicaciones para poder atender a cada grupo.
Las necesidades cotidianas van mucho más allá de lo pedagógico. La escuela no cuenta con comedor, por lo que la maestra se encarga de gestionar y preparar meriendas o desayunos para los chicos. También suele comprar cartulinas, útiles y otros materiales indispensables para trabajar en clase.
A eso se suman pequeñas reparaciones y gastos de mantenimiento que muchas veces terminan saliendo de su propio bolsillo. La cooperadora escolar, integrada por las familias, acompaña dentro de sus posibilidades, aunque las limitaciones económicas siguen siendo una constante en la vida diaria de la institución.
La falta de infraestructura también complica el desarrollo de las actividades. El establecimiento no dispone de computadoras, equipos tecnológicos ni buena conectividad. Incluso el servicio de internet es costeado entre las propias familias para que los alumnos puedan acceder a contenidos básicos cuando es necesario.
Otro de los problemas que enfrenta la comunidad educativa es el traslado de los estudiantes. Algunas familias viven a varios kilómetros de distancia y los caminos rurales dificultan la circulación, especialmente durante jornadas de lluvia o mal tiempo. Por ese motivo, la docente inició gestiones para intentar conseguir un transporte escolar que facilite la asistencia de los chicos.
Pese a las carencias, el vínculo con las familias aparece como uno de los pilares que mantiene viva a la escuela. El acompañamiento de los padres y el compromiso de los alumnos son, según cuenta la propia docente, una parte fundamental para seguir adelante en un contexto donde cada recurso cuesta conseguir.
Mirta comenzó su carrera docente a fines de los años 90 y gran parte de su trayectoria estuvo ligada a la educación rural. A lo largo de los años atravesó largas distancias, dificultades de infraestructura y múltiples desafíos propios de enseñar en zonas alejadas de los grandes centros urbanos.
Ahora, cerca del retiro, asegura que todavía mantiene intactas las ganas de seguir enseñando. Mientras tanto, continúa llegando cada día a la escuela para garantizar que esos nueve alumnos puedan estudiar, aprender y sostener una rutina educativa en un lugar donde la vocación termina cubriendo muchas veces lo que falta desde otros sectores.