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Economía real

Más de 22 mil empresas cerraron desde el inicio del nuevo Gobierno

Un informe privado advierte que la cantidad de empresas activas cayó con fuerza en los primeros meses de gestión.

Más de 22 mil empresas cerraron desde el inicio del  nuevo Gobierno

El entramado productivo argentino atraviesa una de sus etapas más delicadas de los últimos años. Desde la asunción de Javier Milei, más de 22 mil empresas dejaron de operar en el país, lo que representa una contracción del 4,4% del total de firmas registradas. Los datos surgen de un relevamiento privado que advierte que la magnitud del retroceso se ubica en niveles comparables a los observados durante la pandemia de Covid-19.

La cifra no solo enciende alarmas por su volumen, sino también por su persistencia. A lo largo de 2025, unas 10.392 empresas cerraron sus puertas, consolidando una tendencia negativa que se sostuvo mes a mes. Solo en diciembre se registraron 670 bajas, lo que marcó la decimoquinta caída mensual consecutiva. Aunque el descenso mensual puede parecer leve en términos porcentuales, el efecto acumulado refleja un deterioro sostenido en la actividad económica.

El fenómeno impacta de lleno en el mercado laboral, ya que el universo relevado contempla a las empresas con al menos un trabajador registrado. Es decir, cada cierre implica, en mayor o menor medida, pérdida de empleo formal y retracción en la generación de ingresos. En ese sentido, el debilitamiento del tejido empresarial no solo afecta a los dueños de las firmas, sino que repercute directamente en miles de trabajadores y en el consumo interno.

El informe también pone el foco en una perspectiva histórica que permite dimensionar la magnitud del problema. Desde 2003, ningún gobierno había registrado una contracción tan marcada en la cantidad de empresas durante sus primeros 25 meses de gestión. Este dato resulta clave para entender que no se trata de una oscilación coyuntural, sino de un proceso más profundo que atraviesa al aparato productivo.

A fines de 2025, el número total de empresas se ubicó por debajo de los niveles más altos alcanzados entre 2013 y 2015, cuando el país llegó a superar las 530 mil firmas activas. Aquella etapa había consolidado un crecimiento sostenido del entramado productivo, que venía recuperándose desde el piso registrado tras la crisis de 2001, cuando el número de empresas había caído a cerca de 300 mil.

Durante más de una década, el sector mostró una expansión relativamente constante, impulsada por distintos factores económicos y políticos. Sin embargo, ese proceso comenzó a frenarse con el paso de los años. Primero se evidenció un estancamiento y luego una caída que empezó a hacerse más visible a partir de 2018.

En ese recorrido, las distintas gestiones atravesaron escenarios diversos. Durante los primeros años del kirchnerismo se observó un crecimiento marcado en la cantidad de empresas, mientras que en el segundo mandato de Cristina Kirchner la tendencia se estabilizó. Más adelante, el período de Mauricio Macri registró una leve contracción, en un contexto de dificultades macroeconómicas.

Posteriormente, la gestión de Alberto Fernández estuvo atravesada por el impacto inédito de la pandemia. En ese período se produjo una caída abrupta en la cantidad de empresas, seguida por una recuperación parcial cuando comenzaron a flexibilizarse las restricciones sanitarias y la actividad económica retomó cierto dinamismo.

El escenario actual, sin embargo, muestra características propias. Si bien algunos indicadores insinúan un leve repunte en determinados sectores, el nivel general de empresas activas sigue claramente por debajo del punto de partida de la actual gestión. A mitad de mandato, el índice que mide la evolución del total de firmas se ubica en torno a 95,7 puntos, un valor inferior al registrado por otras administraciones en el mismo tramo de gobierno.

Este dato refuerza la idea de que el arranque del ciclo económico actual es más contractivo en términos productivos. La menor cantidad de empresas no solo refleja cierres, sino también la dificultad para generar nuevos emprendimientos en un contexto de incertidumbre, costos elevados y caída del consumo.

En la práctica, esto se traduce en un entramado económico más chico, con menor diversidad de actores y menos capacidad para absorber mano de obra. A su vez, impacta en las cadenas de valor, donde cada empresa que desaparece deja un vacío que no siempre es fácil de cubrir en el corto plazo.

Otro aspecto que preocupa es la dinámica de largo plazo. La pérdida sostenida de empresas puede tener consecuencias estructurales, ya que afecta la competitividad, la innovación y la capacidad de crecimiento de la economía. Cuando el tejido productivo se reduce, también lo hacen las oportunidades de desarrollo en distintos sectores.

A esto se suma el efecto sobre las economías regionales, donde muchas pequeñas y medianas empresas cumplen un rol clave. En esos casos, el cierre de una firma no solo implica la pérdida de empleo, sino también un impacto en la actividad local, el comercio y la circulación de dinero.

En paralelo, el contexto macroeconómico sigue siendo un factor determinante. La inflación, las tasas de interés, el acceso al crédito y el nivel de consumo son variables que inciden directamente en la sostenibilidad de las empresas. Cuando estos factores se combinan de manera adversa, el margen de maniobra para sostener la actividad se reduce considerablemente.

Si bien algunos sectores pueden adaptarse con mayor facilidad, otros quedan más expuestos. Las pequeñas y medianas empresas, en particular, suelen ser las más vulnerables frente a escenarios de contracción económica. Su menor acceso al financiamiento y su dependencia del mercado interno las colocan en una situación más frágil.

El desafío hacia adelante pasa por revertir esta tendencia y generar condiciones que permitan recuperar el dinamismo del sector productivo. La creación de nuevas empresas y la supervivencia de las existentes son claves para sostener el empleo y apuntalar la actividad económica.

En ese marco, el dato de los cierres no solo funciona como un indicador estadístico, sino como una señal de alerta sobre el estado de la economía real. La evolución en los próximos meses será determinante para saber si se trata de un ciclo transitorio o de un cambio más profundo en la estructura productiva del país.

Por ahora, los números muestran un panorama complejo, con una caída sostenida en la cantidad de empresas y un nivel de actividad que todavía no logra recuperar terreno. La comparación con la pandemia, lejos de ser una referencia menor, expone la magnitud del desafío que enfrenta el sector productivo en la actualidad.


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