La Justicia salteña dictó condena contra una maestra jardinera por el maltrato sistemático que ejerció sobre siete niños de dos años en un jardín maternal del barrio Tres Cerritos.
El caso, que empezó a fines de 2023, desnudó cómo una rutina aparentemente normal escondía una violencia que dejó huellas físicas y, sobre todo, emocionales profundas en los más chiquitos.
Todo comenzó a notarse en las casas. Los pibes volvían del jardín distintos. Uno de ellos, un nene de un año y medio, empezó a negarse rotundamente a ir a la institución. “Mi hijo Martín me decía que la seño Nicole le pegaba”, contó una de las mamás, que prefirió mantener su identidad en reserva para proteger a su familia. Al principio, como cualquier madre, pensó que era cosa de la edad, que los chicos se confunden o exageran con sus juegos. Pero cuando vio que otros niños del mismo grupo mostraban la misma angustia, la sospecha se transformó en certeza.
Los relatos de los padres coinciden. Los chiquitos llegaban con moretones que no sabían explicar, se ponían ansiosos apenas mencionaban el jardín y, en algunos casos, volvieron a usar pañales después de haberlos dejado. El miedo se instaló. “Se negaban a ir, se ponían a llorar, decían cosas raras sobre la seño… y después vimos a una nena con marcas visibles en la cara”, relató la misma mamá. Ahí fue cuando las familias empezaron a hablar entre sí y descubrieron que no era un caso aislado: eran siete los niños afectados.
Uno de los métodos que usaba la docente para agredir era un “juego” que ella misma bautizaba como “la avispa”. En apariencia inocente, consistía en pellizcar fuerte a los chicos, a veces sin motivo aparente. “Venían con pellizcones, el juego de la avispa que duele. Mi hijo lo vivió y otras mamás con nenas más grandes también pasaron por lo mismo”, explicó la mujer con la voz todavía entrecortada por la bronca y la impotencia. Lo que parecía un juego infantil era, en realidad, una forma de violencia física que dejaba marcas y, lo más grave, generaba un terror constante en los pequeños.
Ante la preocupación creciente, los padres pidieron una reunión con la directora del jardín. La respuesta no fue la esperada. “La directora se molestó conmigo, como si yo estuviera exagerando. Me dijo que ya habíamos hablado de esto antes, pero yo sabía que no podíamos dejarlo pasar”, recordó la mamá. A pesar de la resistencia inicial, la directora accedió a revisar las grabaciones de las cámaras de seguridad del aula.
Ahí apareció la primera irregularidad. Un papá que es técnico en sistemas de video fue con otro padre a chequear las imágenes. Justo el día del episodio que sufría el hijo de esta mamá –el 9 de septiembre de 2023–, el material no estaba grabado. “Nos dijeron que podía ser por un corte de luz o algo así, pero a nosotros ya no nos cerraba nada”, contaron las familias. La desconfianza creció.
Lo que finalmente inclinó la balanza fue un video grabado por uno de los papás de las nenas del grupo. En las imágenes se ve claramente a la maestra empujando a una de las niñas sin ningún motivo. Ese registro, el único que quedó, fue clave para la denuncia penal que presentaron los padres. Con ese elemento concreto y los testimonios de las familias, la Justicia avanzó y terminó condenando a la docente por los delitos de violencia física y psicológica contra los siete niños.
El daño no se limitó a los moretones. Los pibes desarrollaron miedo, angustia y una resistencia casi visceral a volver al jardín. Algunos mostraban regresiones en su desarrollo: volvían a mojar la cama, no querían separarse de sus padres y tenían pesadillas. “Era desgarrador ver cómo un lugar donde se suponía que tenían que estar cuidados y contentos se convirtió en un espacio de terror para ellos”, reflexionó una de las madres.
El caso de Tres Cerritos pone sobre la mesa una realidad que muchas familias salteñas conocen pero que pocas veces se denuncia con tanta fuerza: la importancia de confiar en la intuición de los padres y de no minimizar las señales que dan los chicos. En Salta, donde los jardines maternales son la primera experiencia de socialización fuera del hogar para miles de pibes, este tipo de situaciones genera un debate profundo sobre los controles, la capacitación de los docentes y la necesidad de que las instituciones educativas sean verdaderos espacios de cuidado.
Los padres que vivieron esta pesadilla aseguran que, más allá de la condena, lo que más les duele es el tiempo perdido y el daño emocional que sus hijos todavía están procesando. “Hoy mi hijo va a otro jardín y está mucho mejor, pero cada vez que pasa por la puerta del otro se pone tenso. Es algo que le quedó marcado”, confió la mamá.
Desde la zona norte, el barrio Tres Cerritos sigue hablando del tema. Vecinos que no tienen hijos en el jardín comentan que el caso generó una ola de desconfianza y, al mismo tiempo, una mayor vigilancia de las familias. “Ahora los papás preguntan más, miran más y no se callan”, dice una vecina que conoce a varias de las familias involucradas.
La condena a la maestra marca un antes y un después. No solo para los siete niños y sus familias, sino para todo el sistema educativo salteño. Porque cuando se trata de los más chiquitos, no hay margen para el error. El “juego de la avispa” dejó de ser un secreto y se convirtió en un recordatorio doloroso de que la violencia, aunque se disimule con una sonrisa o un nombre infantil, duele y deja huella.
En Salta, las mamás y los papás de Tres Cerritos aprendieron a no bajar la guardia. Y los pibes, poco a poco, vuelven a sonreír en el jardín. Pero la cicatriz de aquella “avispa” que picaba fuerte todavía duele en la memoria colectiva de las familias que se animaron a decir basta.