Imaginate volviendo de una fiesta popular, con el cansancio del baile y la alegría aún en el cuerpo, y de repente, todo se transforma en una pesadilla. Eso es lo que les pasó a una madre y su hija adolescente, víctimas de un asalto salvaje que no solo les quitó su medio de transporte, sino que les dejó un miedo que tardará en borrarse.
Era bien entrada la madrugada, cuando el bullicio de los corsos ya se había apagado y las luces de la ciudad empezaban a palidecer. Las dos salían de disfrutar de esa celebración tan nuestra, tan salteña, donde la música y los disfraces unen a familias enteras. Iban en su moto, una Honda Biz azul, de esas que abundan por acá porque son prácticas y aguantan el trajín diario. Se dirigían a dejar a una amiga en su casa, por la calle Güemes, esa arteria céntrica que une barrios y que de día es puro movimiento comercial, pero de noche se vuelve un pasillo oscuro donde acechan los riesgos.
De golpe, sin aviso, dos tipos se cruzaron en su camino. No fue un accidente casual, no: lo planearon todo. Provocaron un choque leve, lo justo para desestabilizarlas y aprovechar el desconcierto. Bajaron armados, con un revolver que apuntaba directo, y no dudaron en usar la fuerza. Golpes, empujones, amenazas que helaban la sangre. "Dame la moto o las mato", algo así debieron gritar, porque en estos casos las palabras sobran y el terror habla solo. La madre trató de proteger a su hija, pero los delincuentes no tuvieron piedad. Les arrebataron el vehículo en segundos y huyeron rumbo a lo desconocido, dejando a las víctimas tiradas en la vereda, con moretones en el cuerpo y el alma hecha trizas.
Pero la cosa no terminó ahí. Unos vecinos que pasaban en una camioneta vieron la escena y quisieron parar para ayudar. Gente solidaria, como somos los salteños, siempre dispuestos a tender una mano. Sin embargo, los asaltantes los apuntaron también, les gritaron que se fueran o les pasaría lo mismo. Ese gesto de cobardía les dio el tiempo para escapar sin que nadie los detuviera. Imaginate el pánico: no solo atacan a una familia, sino que intimidan a quien intenta socorrer. Es el colmo de la impunidad que se vive en algunas zonas de Salta, donde la inseguridad parece ganar terreno día a día.
Las víctimas, por suerte, no sufrieron heridas graves. Algunos golpes, raspaduras del asfalto, pero nada que requiriera internación. Lo que sí las marcó fue el shock emocional. La hija, una piba de no más de quince años, todavía debe estar reviviendo el momento en sueños. En Salta, donde las familias son el pilar de todo, un ataque así a una menor es como un puñetazo al corazón de la sociedad. Los corsos, que son una fiesta de alegría y color, ahora quedan empañados por este recuerdo amargo. ¿Cómo seguir disfrutando de nuestras tradiciones si el regreso a casa se convierte en una ruleta rusa?
El video del asalto, grabado por una cámara de seguridad cercana o quizás por algún vecino alerta, empezó a circular como reguero de pólvora en las redes. En WhatsApp, en Facebook, en Instagram: todo Orán lo vio. Muestra la rapidez de los delincuentes, cómo actúan con precisión quirúrgica, como si lo hubieran ensayado. Esa viralización no solo expuso el hecho, sino que encendió el debate en la ciudad. La gente comenta en los grupos de barrio, en las panaderías, en las plazas: "¿Hasta cuándo vamos a vivir así? ¿Dónde está la policía cuando se la necesita?"
Orán, con su posición fronteriza, siempre ha lidiado con problemas de este tipo. La cercanía con Bolivia, específicamente con Bermejo, hace que las motos robadas tengan un mercado rápido del otro lado. Una Honda Biz azul, como la de estas víctimas, es codiciada porque cruza la frontera en un santiamén y se vende por unos pesos que alimentan el circuito delictivo. No es la primera vez que pasa: en los últimos meses, los robos de motos en Salta han aumentado, especialmente en el norte provincial. La gente de Orán lo sabe bien; muchos han perdido sus vehículos de la misma manera, en emboscadas nocturnas que dejan un rastro de miedo.
Este episodio no es aislado. En Salta, la inseguridad urbana es un tema que preocupa a todos. Desde los valles hasta el altiplano, pero especialmente en ciudades como Orán, Tartagal o la capital, los asaltos violentos con armas de fuego se han vuelto más frecuentes. ¿Las causas? Un poco de todo: desempleo juvenil, falta de iluminación en las calles, patrullajes insuficientes. En Orán, con su economía basada en la agricultura y el comercio fronterizo, la noche trae consigo un velo de incertidumbre. Los corsos, que son parte de nuestra identidad cultural –con sus comparsas, sus murgas y esa energía salteña inconfundible–, deberían ser momentos de puro disfrute, no de riesgo.
Familiares de las víctimas, con el corazón en la mano, han pedido ayuda a la comunidad. "Si alguien ve una moto como esa, por favor avisen", dicen en sus posteos. Es que en Salta, la solidaridad es nuestra mejor arma contra el delito. Muchos oranenses han compartido el video, han ofrecido datos, han llamado al 911 o a números de emergencia locales. Porque acá, en el norte, nos conocemos todos; un vecino es como un familiar. Cualquier pista, por pequeña que sea, podría llevar a recuperar el rodado y, quién sabe, a atrapar a estos malvivientes.
Volviendo a las víctimas, la madre –una mujer luchadora, como tantas en Salta– ha contado a sus cercanos cómo se siente. El miedo a salir de nuevo, la preocupación por su hija, que ahora evita la moto como si fuera un fantasma. Pero también hay resiliencia: "No nos van a quitar la alegría", dice. Esa es la esencia salteña, no bajar los brazos ante la adversidad.
La comunidad oranense se ha movilizado. En foros vecinales, en reuniones de barrio, se discute cómo prevenir estos asaltos. Ideas como patrullas comunitarias, alertas por WhatsApp, o presionar por más recursos policiales. Porque en Salta, la unión hace la fuerza. Si ves una Honda Biz azul sospechosa, no dudes en reportar. Llamá al 911 o al 3878 629158, de forma anónima si preferís. Cualquier dato puede marcar la diferencia.