Salta vivió este domingo una nueva expresión del Orgullo LGBTIQ+ en sus calles. Pasadas las 17, la movilización comenzó frente al Monumento a Güemes y se extendió por las arterias céntricas de la capital provincial con el colorido habitual de estas jornadas: banderas multicolores flameando al viento, carteles con mensajes de orgullo y respeto, música y consignas que pedían igualdad y visibilidad.
La marcha del 28 de junio no fue solo una postal festiva. Representó, una vez más, la necesidad de seguir reclamando en una provincia donde los avances conviven con resistencias culturales todavía fuertes. Participaron jóvenes que saltaban al ritmo de la batucada, familias que acompañaban a sus hijos e hijas, activistas históricos y hasta referentes religiosos que se sumaron al recorrido. La diversidad de la convocatoria reflejó la amplitud del movimiento: no hay una sola forma de vivir el Orgullo.
El Día Internacional del Orgullo LGBTIQ+ conmemora los disturbios de Stonewall en Nueva York, en 1969, un hito que marcó el inicio de la lucha organizada por los derechos de gays, lesbianas, bisexuales, trans, travestis, no binaries e intersex. En Argentina, esa fecha se replica en todo el país con distintas expresiones locales. En Buenos Aires, la gran Marcha del Orgullo se concentra tradicionalmente en noviembre, mientras que en Salta la fecha más emblemática es el 29 de noviembre, en memoria de Pelusa Liendro, activista trans fundamental para el colectivo local.
Por eso, la movilización de este 28 de junio no compite con otras fechas, sino que se suma al calendario de acciones permanentes que mantiene viva la lucha durante todo el año. Desde el centro salteño, los participantes recordaron que el orgullo también es resistencia y memoria.
Entre los carteles se repetían demandas concretas: cupo laboral trans, acceso real a la salud, educación sin bullying y el fin de las violencias. “Ni una trans menos” y “Respeto para vivir libres” fueron algunas de las frases que más se leyeron durante el recorrido. La jornada combinó fiesta y reclamo, como suele ocurrir en estas marchas: un rato se bailaba al compás de los bombos y al siguiente se coreaban consignas con fuerza.
Giovanna, una joven trans que marchó con determinación, compartió su experiencia personal. “Marcho por mis derechos. Últimamente nos discriminan en el colegio”, contó. Llevaba un cartel con la leyenda “Ni una trans menos” y recordó el caso de una compañera asesinada en Buenos Aires. Su voz se escuchó firme: “Somos mujeres y venimos a luchar. Hacen como si no existiéramos”. Su testimonio sintetizó uno de los pedidos más urgentes: que las personas trans puedan vivir sin miedo a la violencia ni a la invisibilización.
Otra participante trans reforzó el mensaje central de muchos: el pedido de respeto básico. “Venimos por nuestros derechos y por los de toda la gente. Queremos libertad para todas. Respeto, nada más. Hay gente que sí nos quiere y otra que no”, expresó con sencillez. Sus palabras reflejaron la realidad cotidiana de muchas personas del colectivo que todavía enfrentan rechazos en entornos familiares, educativos y laborales.
No faltaron las parejas que marcharon de la mano celebrando el amor. Lucas llegó junto a su pareja y lo definió con claridad: “Festejamos el orgullo, luchamos por el cupo laboral y hace falta más inclusión”. Para él, y para muchos otros, ya no alcanza con la aprobación de leyes; hace falta que esas conquistas se traduzcan en oportunidades reales de trabajo, estudios y una vida digna.
Leonel, otro de los asistentes, valoró el clima de la jornada: “Está bueno que podamos manifestarnos en paz, con respeto y divertirnos”. Reconoció que en Salta “hay inclusión, cuesta, pero se va construyendo”. Esa idea se repitió en varias conversaciones durante la tarde: la provincia avanza, pero todavía persisten prejuicios arraigados que generan discriminación en escuelas, trabajos y espacios públicos.
La presencia juvenil fue una de las postales más fuertes. Chicos y chicas con banderas, maquillajes artísticos y ropa colorida mostraron que las nuevas generaciones llegan con menos miedo y más decisión a ocupar las calles. Para muchos adultos que marchaban, esa imagen representa esperanza: que los jóvenes no tengan que pasar por el bullying, el rechazo familiar o la violencia que sufrieron generaciones anteriores.
La marcha también dejó en evidencia el rol cada vez más activo de las familias. Padres y madres acompañando a sus hijos e hijas trans, gays o lesbianas se convirtieron en un símbolo potente de acompañamiento y amor incondicional. En una sociedad tradicional como la salteña, estas imágenes tienen un valor extra: rompen estereotipos y abren conversaciones en barrios y familias que antes permanecían cerradas.
Desde las organizaciones convocantes se insistió en la necesidad de políticas públicas concretas. Entre los reclamos más mencionados aparecen la plena implementación del cupo laboral para personas trans y travestis, el acceso efectivo a tratamientos hormonales y cirugías en el sistema de salud público, la capacitación docente en perspectiva de diversidad y la creación de protocolos claros contra la discriminación en escuelas y universidades.
También se habló de la necesidad de actualizar el registro de datos provinciales para que las personas trans y no binaries puedan ser correctamente identificadas en estadísticas oficiales, algo clave para diseñar políticas públicas con información real.
La tarde en el centro de Salta dejó sensaciones encontradas pero mayoritariamente positivas. Por un lado, la alegría de poder marchar sin incidentes mayores y sentir el apoyo de una parte cada vez más amplia de la sociedad. Por otro, la conciencia de que todavía falta mucho: que los crímenes de odio sigan ocurriendo, que el acceso al trabajo sea desigual y que en muchos pueblos del interior la situación sea aún más compleja.
Al caer la tarde, mientras las banderas seguían flameando y la música seguía sonando, quedó claro que el Orgullo en Salta no es un evento aislado. Es parte de un proceso más profundo de transformación cultural que, aunque lento y con tropiezos, sigue avanzando. Cada marcha suma visibilidad, cada testimonio rompe un silencio y cada familia que acompaña construye puentes.