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Donación solidaria

El dolor de una madre salteña que transformó la tragedia en esperanza

Elena del Carmen Argañaráz respetó la voluntad de su hijo Daniel Agustín Farfán y autorizó la donación de sus órganos tras su muerte.

El dolor de una madre salteña que transformó la tragedia en esperanza

Elena del Carmen Argañaráz atraviesa desde hace siete años una ausencia imposible de llenar, pero también una certeza que la sostiene: la decisión de su hijo Daniel Agustín Farfán de ser donante de órganos permitió que otras personas siguieran viviendo. Desde General Güemes, su testimonio se volvió un símbolo de donación de órganos en Salta y de cómo una elección en vida puede multiplicar historias.

Daniel tenía 37 años cuando sufrió un accidente cerebrovascular (ACV) mientras trabajaba en las minas. El cuadro fue provocado por la ruptura de un aneurisma congénito que no había sido detectado. Había viajado a trabajar pocos días antes y, tras presentar fuertes dolores de cabeza, su estado se agravó rápidamente hasta su internación en el hospital San Bernardo, en la capital salteña.

En medio de la desesperación, la familia recibió la noticia de la muerte cerebral. Fue en ese momento cuando Elena recordó una conversación clave: su hijo se había registrado como donante al gestionar su DNI a los 18 años. Esa decisión previa fue determinante para que la familia aceptara la ablación de órganos.

La autorización se tomó en conjunto con sus hijas y la pareja de Daniel, madre de una hija nacida apenas días antes del episodio. La familia atravesó horas de profundo dolor, pero decidió respetar la voluntad expresada por él en vida. “Era lo que él quería”, fue la convicción que guió la decisión.

La ablación permitió la donación de córneas, hígado, riñones y médula ósea. Según le informaron a la familia, parte de los órganos fueron destinados a distintos centros de salud del país, entre ellos el Hospital Garrahan, mientras que las córneas quedaron en la provincia de Salta. El corazón no pudo ser trasplantado por falta de receptor compatible.

Elena se vinculó después con grupos de acompañamiento a familiares de donantes y trasplantados en General Güemes, donde encontró contención y contención emocional. Allí también conoció historias de personas que recibieron órganos y pudieron continuar con sus vidas.

Con el paso del tiempo, el recuerdo de Daniel se mantuvo presente en relatos de vecinos y conocidos que lo describen como una persona solidaria, siempre dispuesta a ayudar. Trabajó en la mina y también como remisero, y es recordado por su cercanía con adultos mayores y su disposición para colaborar en lo cotidiano.

Para su madre, la fecha de su cumpleaños, el 30 de mayo, se convirtió en un día de doble significado, entre la memoria y la reflexión sobre la donación de órganos. La familia sostiene que su historia dejó una huella que trasciende la pérdida.

Hoy, Elena resume su experiencia con una frase que sintetiza el proceso vivido: el dolor de perder a un hijo convive con la certeza de que su decisión permitió salvar y mejorar otras vidas. En ese equilibrio, encuentra un sentido posible a la ausencia.

 


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