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LEGADO GÜEMESIANO

Murió Marieta Güemes, tataranieta y última descendiente directa del general Martín Miguel de Güemes

Tenía 98 años y dedicó su vida a preservar la memoria del héroe salteño y el patrimonio histórico familiar.

Murió Marieta Güemes, tataranieta y última descendiente directa del general Martín Miguel de Güemes

Salta despide a una de las figuras más silenciosas pero profundamente significativas de su historia viva. El 8 de febrero de 2026 falleció, a los 98 años, Marieta Güemes de Lanusse, tataranieta del general Martín Miguel de Güemes y última descendiente directa del prócer que residía en la provincia. Su muerte se produjo en una fecha cargada de simbolismo: el mismo día del nacimiento del héroe gaucho, como si el tiempo hubiera querido cerrar un ciclo histórico y familiar.

Marieta, cuyo nombre completo era María Teresa Güemes Ayerza de Lanusse, nació el 29 de mayo de 1927 y fue, a lo largo de su extensa vida, una custodio incansable de la memoria güemesiana. Lejos de los actos protocolares y de los grandes discursos, eligió honrar su apellido desde el trabajo cotidiano, la coherencia personal y el compromiso con la historia entendida como una responsabilidad viva.

Hija de Luis Güemes Ramos Mexía, historiador y profundo estudioso del legado de Martín Miguel de Güemes, y de Laura Ayerza Jacobé, Marieta creció en un entorno atravesado por la historia, la conciencia del deber y el respeto por un apellido que en Salta es sinónimo de patria, sacrificio y lucha por la independencia. Desde muy joven comprendió que pertenecer a esa estirpe no implicaba privilegios, sino una conducta marcada por la austeridad, la nobleza y el compromiso con la tierra.

Esa concepción del legado familiar la acompañó durante toda su vida. Quienes la conocieron coinciden en que Marieta nunca hizo ostentación de su linaje. Por el contrario, llevó su condición de descendiente del general Güemes con discreción, firmeza y una profunda convicción ética. Para ella, la historia no era un relato lejano, sino una herencia que debía cuidarse y transmitirse con honestidad.

Contrajo matrimonio con Federico Lanusse, con quien formó una familia numerosa. Fue madre de seis hijos: Federico, Esther Fátima, Francisco Luis, María del Rosario, Laura y María Teresa Isabel Lanusse Güemes. A todos ellos les transmitió no solo la genealogía familiar, sino una filosofía de vida basada en el sentido del deber, la fe, el respeto por las raíces y la conciencia de pertenecer a una historia que excede lo individual.

En el ámbito familiar y cercano fue conocida cariñosamente como “Marieta”, mientras que hijos y nietos la llamaban “Mama”. Entre quienes compartieron con ella la vida cotidiana, también se ganó el apodo de “La Caudilla”, una denominación que sintetizaba su fuerte carácter, su liderazgo sereno y su profundo arraigo a los valores tradicionales del norte argentino.

Su nombre quedó indisolublemente ligado a la histórica finca La Calavera, ubicada en Chicoana, a orillas del río Pulares, en pleno Valle de Lerma. Se trata de una construcción del siglo XVIII, levantada en 1760, que forma parte del patrimonio histórico de la provincia de Salta. Heredada a través de la rama familiar, Marieta dedicó décadas de su vida a rescatarla del deterioro, restaurarla con respeto por su estructura original y mantenerla como un espacio vivo de memoria y continuidad.

Bajo su cuidado, La Calavera no fue una pieza de museo ni una reliquia inmóvil. Fue una casa habitada, atravesada por la vida cotidiana, la fe, las tradiciones y el recuerdo de generaciones pasadas. La finca, según la tradición histórica, habría servido como lugar de descanso y refresco para el general Güemes y sus tropas, desde donde se dominaba visualmente la inmensidad del Valle de Lerma y se podían observar los movimientos del ejército enemigo.

Marieta entendía ese espacio no solo como una herencia material, sino como un símbolo de la historia salteña y del rol fundamental que tuvo Güemes en la defensa del norte argentino durante la guerra por la independencia. Por eso, su esfuerzo estuvo siempre orientado a preservar la finca sin despojarla de su sentido original, manteniéndola ligada al trabajo, a la vida rural y a la memoria colectiva.

Profundamente sensible a la realidad social y política del país, Marieta no fue ajena a los debates sobre la identidad nacional. En distintas oportunidades expresó su preocupación por la pérdida del sentido patriótico, la fragmentación social y la desvalorización de los héroes nacionales. Defendió con convicción la figura de Martín Miguel de Güemes como prócer nacional y americano, y reclamó el reconocimiento pleno de su rol estratégico en la independencia argentina y sudamericana.

Hasta edad muy avanzada conservó una lucidez notable, una fe profunda y una sensibilidad intacta. Quienes la visitaban en sus últimos años destacaban su claridad para hablar de historia, su memoria precisa y su mirada crítica pero esperanzada sobre el futuro. Nunca dejó de concebir la historia como una enseñanza viva y no como un relato congelado en el pasado.

El legado de Marieta Güemes de Lanusse no se limita a la preservación de una finca histórica ni a su vínculo de sangre con el general Güemes. Su herencia más profunda reside en la transmisión de valores, en una manera de entender la identidad salteña y en la convicción de que la memoria es una forma de responsabilidad hacia las generaciones futuras.

Con su partida, Salta pierde a una de las últimas guardianas directas del legado güemesiano. Su vida fue testimonio de que la historia no solo se escribe en los libros, sino también en los gestos cotidianos, en el cuidado del patrimonio y en la coherencia entre el pasado que se honra y el presente que se construye.


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