El periodismo cultural argentino atraviesa un momento de duelo tras el fallecimiento de Rómulo Berruti, una de las figuras más influyentes en la crítica de espectáculos y la divulgación artística. Con una carrera que superó las seis décadas, su nombre quedó asociado a la rigurosidad, la sensibilidad estética y una vocación constante por acercar el arte al público masivo. Tenía 88 años.
Su muerte marca el cierre de una etapa clave para la cultura mediática del país, en la que la crítica no solo informaba, sino que también educaba, orientaba y proponía nuevas formas de consumo cultural. Berruti supo construir un puente entre las producciones artísticas y la audiencia, en un contexto donde el acceso a ciertos contenidos era más limitado que en la actualidad.
Nacido en Buenos Aires en 1937, creció en un entorno donde el arte formaba parte de la vida cotidiana. Un dato que influyó en su vocación fue la presencia de su tío, dramaturgo y dirigente de Argentores, lo que le permitió desde joven vincularse con el mundo teatral y desarrollar una mirada crítica que luego trasladaría a su trabajo profesional.
Sus inicios en el periodismo se remontan a la década del 60, cuando comenzó a escribir en medios gráficos como El Mundo y el diario Crítica. Con el tiempo, su estilo se consolidó y encontró en Clarín uno de los espacios más importantes de su trayectoria, donde llegó a desempeñarse como jefe de la sección Espectáculos durante más de dos décadas.

En ese ámbito desarrolló uno de sus aportes más recordados: la creación de “Telones y Pantallas”, un espacio que se convirtió en referencia obligada para quienes buscaban información y análisis sobre teatro, cine y televisión. Su enfoque combinaba claridad, criterio técnico y una escritura accesible, lo que le permitió llegar a un público amplio sin perder profundidad.
A lo largo de los años también colaboró con publicaciones como La Prensa y revistas como Gente, donde mantuvo siempre una línea editorial coherente, basada en el respeto por las obras y los artistas. Su mirada crítica evitaba el exceso de adjetivación y priorizaba la argumentación, algo que lo distinguió en un ámbito donde muchas veces predominan las opiniones apresuradas.
Su desembarco en la televisión consolidó aún más su popularidad. Junto al crítico Carlos Morelli condujo el programa “Función Privada”, un ciclo que se transformó en un clásico de la pantalla chica. Allí, ambos lograron acercar al público propuestas cinematográficas que no siempre tenían difusión comercial, promoviendo especialmente el cine de autor y las producciones nacionales.
El programa no solo ofrecía películas, sino también contexto, análisis y recomendaciones que ayudaban a interpretar las obras desde una perspectiva más amplia. Esa combinación de divulgación y crítica convirtió al ciclo en una referencia para varias generaciones de espectadores interesados en profundizar su vínculo con el cine.
En paralelo, Berruti desarrolló una intensa actividad en radio, donde participó en programas como “Detrás del espejo”, que permaneció al aire durante más de una década y media. Más adelante, condujo “Plumas, bikinis y tangos”, una propuesta que rendía homenaje a la tradición de la revista porteña y a los géneros musicales asociados a la identidad cultural local.
Su presencia en distintos formatos mediáticos —gráfica, televisión y radio— le permitió construir una voz reconocible y coherente, siempre alineada con una idea central: la cultura debía ser accesible sin perder calidad ni profundidad. Esa premisa guió cada uno de sus proyectos y explicó, en gran medida, la vigencia de su figura.
El reconocimiento de sus pares también fue una constante en su carrera. En 1987 recibió el Premio Premio Konex, uno de los galardones más prestigiosos del país en el ámbito cultural. Además, integró jurados de premios relevantes como los Premios Martín Fierro, los Premios Cóndor de Plata y los Premios María Guerrero, lo que refleja el respeto que supo ganarse dentro del ambiente artístico.
Su rol como jurado y evaluador no solo implicaba reconocer trabajos destacados, sino también participar en la construcción de criterios de valoración dentro del campo cultural. En ese sentido, su aporte trascendió la crítica individual para convertirse en una influencia institucional dentro del ecosistema artístico.
Más allá de los reconocimientos formales, su legado se percibe en la forma en que contribuyó a democratizar el acceso a contenidos culturales. En una época previa a la expansión de las plataformas digitales, su trabajo funcionaba como guía para públicos que buscaban orientación sobre qué ver, leer o escuchar, y también como estímulo para descubrir nuevas expresiones artísticas.
La noticia de su fallecimiento generó impacto en el ámbito cultural, donde su nombre estaba asociado a una etapa de consolidación del periodismo especializado. Su estilo, caracterizado por la mesura y la claridad, dejó una marca que aún hoy es referencia para quienes ejercen la crítica en medios de comunicación.
Con su partida, se cierra un capítulo significativo en la historia del periodismo cultural argentino. Sin embargo, su influencia permanece vigente en cada espacio dedicado a la difusión del arte y en cada profesional que asume la tarea de comunicar con compromiso y responsabilidad.
El recuerdo de Rómulo Berruti queda ligado a una forma de entender la cultura como un bien colectivo, capaz de ser compartido, discutido y valorado. Su obra y su trayectoria continúan presentes como parte de un legado que trasciende generaciones y que seguirá siendo referencia en el ámbito del espectáculo y la crítica cultural.