El pollo alcanzó un hito histórico en la Argentina al convertirse en la principal proteína animal en la dieta de la población, superando por primera vez a la carne vacuna. Con un consumo que ronda los 50 kilos por habitante al año, el producto avícola consolidó un cambio de tendencia que venía gestándose desde hace más de dos décadas y que hoy se refleja en la mesa de millones de hogares.
El crecimiento del sector no se explica solo por el precio, sino por una transformación profunda de la industria basada en la eficiencia productiva, la innovación tecnológica y la adaptación a nuevas formas de consumo. La combinación de estos factores permitió un salto sostenido en la producción y en la presencia del pollo dentro de la alimentación cotidiana.
Uno de los ejes centrales de esta evolución es el cambio en los hábitos de compra. Atrás quedó el consumo esporádico de un pollo entero; hoy predomina la demanda de cortes específicos como pechuga, milanesas, alas o patamuslo, además de productos listos para cocinar. Esta segmentación respondió a una búsqueda de practicidad en la cocina diaria, con tiempos de preparación más cortos y mayor facilidad de uso.
En paralelo, la industria avícola atravesó una fuerte expansión productiva. En las últimas décadas, la producción pasó de alrededor de 700 mil toneladas a más de 2,5 millones, acompañada por la apertura de nuevos mercados de exportación. Actualmente, el país envía distintos cortes a más de 70 destinos internacionales, lo que contribuye a sostener el crecimiento del sector.
La recuperación sanitaria tras los brotes de influenza aviar también fue clave para estabilizar la actividad. El trabajo coordinado con organismos sanitarios permitió restablecer gran parte de los mercados externos y mantener la continuidad exportadora gracias a sistemas de zonificación que limitan el impacto de eventuales focos.
Otro factor determinante fue el avance tecnológico aplicado a la producción. El mejoramiento genético, la alimentación balanceada y la incorporación de herramientas digitales e inteligencia artificial optimizaron el rendimiento de las granjas. Hoy un pollo alcanza el peso de faena en aproximadamente 44 a 46 días, con una eficiencia de conversión alimenticia cada vez más baja, lo que implica mayor producción con menor consumo de recursos.
En este contexto, el sector también busca derribar viejos mitos, como la supuesta utilización de hormonas para acelerar el crecimiento. La industria sostiene que el desarrollo del animal responde exclusivamente a la genética y a las mejoras en la nutrición y el manejo productivo, sin intervención de sustancias de ese tipo.
La escala de producción también resulta un dato significativo: cada año nacen alrededor de mil millones de pollitos en el país, lo que permite abastecer tanto el mercado interno como la demanda externa. Este volumen refleja la magnitud de una actividad que se consolidó como una de las más dinámicas del sector alimentario.
De cara al futuro, el principal desafío para la industria avícola es profundizar su inserción en el comercio internacional. Si bien el consumo interno alcanzó niveles récord, el potencial de crecimiento está puesto en la expansión exportadora, con estrategias diferenciadas según cada mercado y mayor competitividad global.
La combinación de eficiencia productiva, cambios culturales en la alimentación y apertura comercial terminó por consolidar un nuevo escenario: el pollo dejó de ser una alternativa secundaria para convertirse en el protagonista indiscutido de la mesa argentina.