El poder cambia de instrumentos, pero rara vez de obsesiones. Hace casi ocho décadas, Hans Morgenthau concebía a la política internacional como una lucha por el poder, una premisa que conserva vigencia incluso cuando se transforman los medios para ejercerlo. Porque si algo demuestra la historia es que las grandes potencias no solo compiten por territorios, sino también por aquello que les permite sostener su influencia y condicionar las decisiones de otros.
Sin embargo, las reglas de esa competencia no permanecen inalteradas. El sistema internacional atraviesa un período que recuerda al interregno de Antonio Gramsci: lo viejo pierde capacidad de ordenar, mientras lo nuevo todavía no termina de consolidarse. En esa transición, las disputas tradicionales adquieren nuevas formas y los recursos estratégicos recuperan protagonismo. Aunque, en rigor, nunca lo perdieron.
La historia de la seguridad energética ilustra bien esta continuidad. Durante el siglo XX, el petróleo condicionó alianzas, desencadenó tensiones y ocupó un lugar central en los cálculos de las grandes potencias. La crisis de 1973 dejó una lección difícil de ignorar: controlar un bien indispensable también permite influir sobre las decisiones ajenas.
Medio siglo después, el tablero internacional incorpora nuevos protagonistas, aunque las viejas piezas siguen en juego. Litio, cobre, cobalto, grafito y tierras raras integran el universo de los denominados "minerales críticos", cuya relevancia económica y tecnológica se combina con elevados riesgos de abastecimiento. Su valor no radica necesariamente en la escasez, sino en las dependencias que generan para industrias tan diversas como la energética, la digital y la militar.
Las nuevas coordenadas del poder
Los mapas tradicionales identifican territorios, fronteras y rutas comerciales. Sin embargo, comprender la distribución actual del poder exige incorporar otras coordenadas: cadenas de suministro, capacidades industriales y dominio tecnológico. Australia y Chile destacan por el litio; la República Democrática del Congo, por el cobalto; e Indonesia, por el níquel. Pero la riqueza del subsuelo no garantiza el control de su destino. China concentra etapas decisivas del procesamiento y demuestra que transformar los recursos puede resultar tan estratégico como poseerlos. De esta forma, queda en evidencia que la geografía de las reservas no coincide necesariamente con la del poder.
«En la nueva geopolítica de los recursos, tener la riqueza bajo los pies no garantiza tener el poder entre las manos».
Esa asimetría explica buena parte de la carrera internacional por asegurar estos suministros. En 2025, Beijing impuso controles a la exportación de determinadas tierras raras, evidenciando que una autorización comercial podía alterar cadenas industriales enteras. Frente a esa vulnerabilidad, Washington procura diversificar proveedores y Bruselas apuesta por ampliar sus capacidades de extracción, refinación y reciclaje. Indonesia, mientras tanto, restringió la exportación de mineral de níquel para atraer inversiones industriales. Estos ejemplos evidencian que la disputa ya no consiste únicamente en acceder a los yacimientos, sino en decidir quién captura su valor y bajo qué condiciones circula.
Detrás de esta competencia emerge una paradoja: las tecnologías destinadas a reducir la dependencia de los combustibles fósiles pueden generar otras nuevas. La seguridad energética incorpora así una dimensión industrial y tecnológica que trasciende el abastecimiento de petróleo y gas. No se trata de reemplazar una cartografía por otra, sino de reconocer cómo ambas se superponen y modifican las jerarquías internacionales.
Los minerales críticos están redibujando el mapa del poder mundial. Y, como suele ocurrir en geopolítica, quienes poseen el territorio no siempre son quienes sostienen el lápiz.
* Relaciones Internacionales por la UNR. Especialista en Cambio Climático y Sostenibilidad. Fundadora y Directora de la consultora GeoRisk Strategy para el análisis de riesgo geopolítico y ESG. Co-coordinadora del Observatorio de Política Exterior de la UNR.
Por Florencia Bonanno