El impacto del fuerte temporal que golpeó el norte argentino en los últimos días dejó una escena desoladora: un pueblo entero bajo el agua y cientos de familias viviendo en carpas improvisadas a la vera de una ruta provincial. Las lluvias intensas provocaron el desborde de un dique y generaron una inundación que arrasó viviendas, pertenencias y buena parte de la rutina cotidiana de los vecinos.
La localidad de La Madrid, ubicada en el sudeste de Tucumán, quedó prácticamente anegada. Las calles desaparecieron bajo el agua y muchas casas resultaron seriamente dañadas por el avance de la corriente. Ante el riesgo y la imposibilidad de permanecer en sus hogares, gran cantidad de habitantes tuvo que salir de manera urgente y buscar un lugar donde pasar la noche.
El punto elegido por muchos fue la ruta 308. A lo largo de varios kilómetros, los vecinos comenzaron a levantar refugios improvisados con lo que tenían a mano. Algunos utilizaron lonas, otros plásticos o gazebos, mientras que muchos simplemente estiraron telas para cubrirse del sol y del frío nocturno. Así se fue armando una extensa franja de campamentos donde hoy conviven familias enteras a la espera de una solución.
Según estimaciones oficiales, unas 15 mil personas debieron ser evacuadas en distintos puntos de Tucumán como consecuencia del temporal y las inundaciones. Para facilitar el traslado, se dispusieron colectivos que llevaron a parte de los damnificados hacia centros de evacuación. Sin embargo, muchos vecinos optaron por quedarse cerca de sus casas por temor a perder lo poco que quedó.
En la ruta, el paisaje refleja el drama de quienes lo perdieron todo. Colchones húmedos apoyados sobre el asfalto, bolsos con ropa rescatada a último momento, animales domésticos atados cerca de las carpas y niños jugando entre vehículos que pasan lentamente por el lugar. La escena se extiende por varios kilómetros y muestra la magnitud del desastre.
Las familias esperan poder regresar a sus viviendas, aunque saben que el panorama que encontrarán será complicado. El agua llegó a cubrir gran parte del pueblo y en algunos sectores superó ampliamente el metro de altura. En ciertas zonas incluso alcanzó niveles cercanos a los tres metros, lo que provocó pérdidas casi totales en muchas casas.
Cuando el agua entró, el tiempo para reaccionar fue mínimo. Hubo quienes apenas alcanzaron a sacar algunos muebles, ropa o documentos. Otros directamente debieron abandonar todo para ponerse a salvo. En medio del caos, muchas familias también intentaron rescatar a sus animales domésticos antes de que la inundación avanzara por completo.
Entre quienes hoy viven en carpas está Matías, uno de los vecinos afectados por la crecida. El hombre permanece junto a su esposa y su madre, que es no vidente, bajo un toldo improvisado. Como muchos otros, espera recibir ayuda para poder recomenzar.
Su situación refleja la de decenas de familias que hoy dependen de la asistencia externa. Los vecinos piden colchones, frazadas, camas, alimentos y artículos básicos para atravesar los próximos días. También solicitan productos de limpieza para poder desinfectar las casas cuando el agua finalmente baje.
El regreso a los hogares no será sencillo. La inundación dejó barro, humedad y un alto riesgo sanitario. En muchos sectores el agua todavía no terminó de escurrir y los vecinos advierten que la zona quedó invadida por insectos y animales que suelen aparecer después de este tipo de eventos, como víboras.
La preocupación sanitaria también se refleja en las condiciones de los campamentos improvisados. Los baños químicos instalados en la zona presentan problemas de mantenimiento y los vecinos reclaman mayor limpieza y abastecimiento de agua. En un lugar donde conviven tantas personas, el temor a enfermedades crece con el paso de las horas.
Además de la falta de servicios básicos, la situación se complica por los cortes de luz y la escasa señal de telefonía. Muchos habitantes todavía no pudieron comunicarse con familiares o verificar el estado real de sus viviendas. Para algunos, la angustia se multiplica porque no saben con certeza qué encontrarán cuando puedan regresar.
Las historias de pérdidas se repiten en cada carpa. Hay familias que aseguran haber perdido todos sus muebles, electrodomésticos y ropa. Otros cuentan que apenas lograron rescatar algunos documentos o pertenencias personales antes de abandonar sus casas. En todos los casos, la sensación es la misma: empezar de nuevo prácticamente desde cero.
En medio de la crisis, la solidaridad entre vecinos se volvió fundamental. Quienes contaban con gazebos o carpas más grandes decidieron compartirlos con otras familias que no tenían cómo cubrirse. En algunos refugios conviven hasta cinco grupos familiares, organizándose como pueden para pasar la noche y proteger a los más chicos.
También comenzaron a llegar donaciones desde otras localidades cercanas. Camionetas cargadas con alimentos, agua, ropa y elementos de primera necesidad se acercaron hasta la zona para colaborar con los damnificados. Esa ayuda resulta clave para sostener a las familias que hoy viven al costado de la ruta.
A pesar de las dificultades, muchos vecinos mantienen la esperanza de volver pronto a sus hogares. Saben que el proceso de limpieza y reconstrucción será largo, pero confían en poder recuperar al menos parte de lo que perdieron.
Por ahora, la prioridad sigue siendo atravesar los días más críticos después del temporal. Mientras el agua baja lentamente y las autoridades evalúan los daños, cientos de familias continúan viviendo en carpas improvisadas sobre el asfalto, esperando que la situación empiece a mejorar y que llegue la ayuda necesaria para reconstruir sus vidas.