El idilio entre Hernán Casciari y su legión de fieles lectores parece haber tropezado de frente con el Código Penal.
El escritor, famoso por haber desafiado al mercado editorial tradicional con su icónica revista y comunidad Orsai, quedó en el ojo de la tormenta tras ser señalado como el cerebro de un presunto esquema piramidal que prometía multiplicar la inversión de la gente común a cambio de financiar películas y series de televisión.
La jugada, que en los papeles vendían como la democratización del cine independiente, mutó rápidamente en una pesadilla financiera para quienes pusieron los ahorros de su vida. Según trascendió en la denuncia que ya sacude al ambiente cultural y mediático, al menos 18 damnificados se cansaron de las promesas de humo y decidieron llevar al creador de Más respeto que soy tu madre ante la Justicia acusándolo de haber montado un Ponzi a la criolla.
El anzuelo era tan seductor como peligroso: invitar a cualquier mortal a sumarse a la producción audiovisual poniendo dinero de su bolsillo bajo la promesa explícita de recuperar hasta cinco veces el capital inicial. Lo que en cualquier manual de economía básica enciende alarmas rojas al instante, en el envoltorio del relato épico de la autogestión y el "arte financiado por la gente" pasó como una oportunidad dorada para despistados y fanáticos.
Sin embargo, el hechizo se rompió cuando las pantallas se apagaron y las cuentas bancarias quedaron en cero. Con los números sobre la mesa, los denunciantes aseguran que el dinero invertido desapareció en una nebulosa de argumentos literarios y que los exorbitantes dividendos prometidos jamás se acreditaron, dejando al descubierto una estructura que dependía exclusivamente de la entrada constante de nuevos aportantes para sostener la ilusión.
Como si el gancho narrativo de Casciari no fuera suficiente, la maniobra contó con una potente maquinaria de marketing avalada por figuras estelares del espectáculo nacional. Actores y conductores de renombre como Diego Peretti, Justina Bustos, Darío Barassi y Andy Kusnetzoff terminaron salpicados por haber prestado su imagen, rostro y simpatía en videos promocionales que llamaban a poner la plata en este ambicioso proyecto.
Aunque todavía se investiga si el rol del colectivo de famosos se limitó al simple padrinazgo artístico o si hubo algún tipo de complicidad consciente en la difusión del modelo, lo cierto es que sus caras sirvieron como el sello de garantía perfecto para inyectarle credibilidad a una propuesta que hoy está acorralada bajo la lupa de los tribunales.
Por estas horas, los damnificados no buscan explicaciones poéticas ni crónicas costumbristas sobre la crisis social, sino respuestas concretas y, por sobre todas las cosas, el retorno del dinero volatilizado. La acusación penal apunta directo al corazón del modelo de negocios que durante años fue vendido como el futuro de la industria del entretenimiento y que hoy amenaza con terminar en un banquillo de acusados.
El escándalo promete sumar nuevos capítulos a medida que la investigación penal avance y se confirme si existen más perjudicados por este engranaje. Por lo pronto, el hombre que construyó su prestigio contándole cuentos a los argentinos enfrenta su hora más oscura, donde las palabras poéticas ya no alcanzan para tapar el agujero de los números rojos.