El episodio, ocurrido en plena calle Córdoba cerca de un colegio, deja en evidencia que esta moda ya no es un capricho de TikTok: es un peligro real para cualquiera que camine por la vereda.
El hecho es tan absurdo como indignante. La chica iba caminando con su mamá cuando se topó con una bandita de tres o cuatro pibes con máscaras de lobos y perros. Primero la olfatearon, después la persiguieron como si fuera un juego y, cuando ella se rio pensando que era una boludez, uno le clavó los dientes en el tobillo. La dejó marcada, asustada y con la certeza de que no era ninguna broma. Todo a plena luz del día, a la salida del colegio, en el centro de Jesús María.
Estos therians se presentan como gente que “se identifica espiritualmente” con animales. Traducción: se disfrazan, se arrastran en cuatro patas, gruñen y, cuando les conviene, usan el “shift” —ese estado supuestamente animal— como pase libre para hacer lo que les da la gana. Si un tipo cualquiera te muerde en la calle, es agresión. Si lo hace un therian en “shift”, parece que hay que respetar su “identidad”. ¿En serio? ¿Desde cuándo morder a una piba es un derecho humano?
Acá no se trata de libertad de expresión ni de diversidad. Se trata de límites. Cuando tu “yo interno” termina lastimando a terceros, sobre todo a menores, deja de ser una cuestión personal y pasa a ser un problema de convivencia. En Argentina ya tenemos suficientes locuras diarias como para sumar esta: adultos que justifican mordidas porque “mi espíritu es un lobo”. Es hora de decirlo claro: creerse animal no te da patente para actuar como bestia. Y si alguien cruza esa línea, que la justicia y la sociedad le recuerden que acá seguimos siendo humanos, queramos o no.