A dos años de las próximas elecciones presidenciales, el escenario político argentino empieza a mostrar una combinación que incomoda a la oposición y desafía los análisis tradicionales. Mientras una porción creciente de la población reconoce dificultades para sostener el día a día, el oficialismo conserva niveles de apoyo que, al menos por ahora, no parecen resentirse frente al ajuste económico.
Un reciente estudio de opinión pública revela que el 40% de los encuestados afirma no llegar a fin de mes. A ese grupo se suma otro 32% que asegura hacerlo con dificultades, lo que deja en evidencia un cuadro extendido de fragilidad en los ingresos. El impacto también se refleja en los hábitos de consumo: casi seis de cada diez personas admiten haber reducido gastos respecto del año anterior.
Las principales preocupaciones giran en torno a la economía y los salarios, dos variables que concentran la atención de una sociedad atravesada por la pérdida de poder adquisitivo. Sin embargo, ese malestar no se traduce de manera automática en un castigo político para el Gobierno nacional.
De acuerdo con la proyección electoral del informe, Javier Milei se impondría con comodidad en un eventual balotaje presidencial. En ese escenario, el actual mandatario alcanzaría el 49% de los votos frente al 35% de su principal adversario, una diferencia que marca una ventaja considerable y que refleja la fortaleza de su base electoral.
En términos de intención de voto general, La Libertad Avanza encabeza las preferencias con el 43%, mientras que el peronismo, incluso sumando a sus principales referentes, queda varios puntos por detrás. Este dato confirma una tendencia que se viene consolidando desde el inicio de la gestión: el oficialismo logra sostener un núcleo duro que respalda el rumbo elegido, aun en un contexto económico adverso.
El relevamiento también muestra que la imagen del Presidente se mantiene estable, con un 50% de valoración positiva. Se trata de un número significativo en un escenario de ajuste, caída del consumo y reformas estructurales que generan debate. De hecho, el mandatario es el único dirigente nacional que conserva un saldo favorable, en contraste con otros referentes políticos que arrastran altos niveles de rechazo.
Entre los sentimientos que predominan frente al futuro, la esperanza ocupa el primer lugar. Casi la mitad de los consultados expresa una expectativa positiva, por encima de la tristeza o el enojo. Esa percepción parece funcionar como un amortiguador frente a las dificultades concretas del presente y explica, en parte, por qué el deterioro del bolsillo no impacta de lleno en la intención de voto.
En ese marco, más de la mitad de los encuestados avala la reforma laboral impulsada por el Gobierno, un dato que refuerza la idea de que una porción significativa de la sociedad está dispuesta a tolerar ajustes y cambios profundos con la expectativa de una mejora futura. La promesa de orden macroeconómico y transformación estructural sigue teniendo peso en la evaluación política.
El panorama que surge del estudio deja en claro que la relación entre economía y voto no siempre es lineal. Aunque el malestar económico es real y ampliamente reconocido, no alcanza por sí solo para erosionar el respaldo al oficialismo. La oposición, mientras tanto, enfrenta el desafío de construir una alternativa que logre canalizar ese descontento sin perder de vista un clima social donde la expectativa y la paciencia todavía juegan a favor del Gobierno.