El último capítulo de la saga de Manuel Adorni no solo no oxigenó al Gobierno, sino que terminó de envenenar el clima interno. Lo que se esperaba como un movimiento para bajar la tensión terminó siendo un boomerang que amplificó todas las sospechas y expuso las debilidades de la gestión en un momento delicado.
El impacto se siente en varios frentes a la vez. En las redes sociales, donde el oficialismo suele moverse con comodidad, el tono viró rápidamente al desencanto y al reclamo directo. Muchos de los que hasta hace poco defendían la gestión libertaria ahora exigen definiciones concretas y cuestionan por qué un escándalo de estas características sigue opacando los números positivos de la economía.
Las encuestas que circulan en las últimas horas refuerzan esa percepción. Un porcentaje significativo de los consultados asocia la permanencia de Adorni más a compromisos personales o a una cerrazón del Presidente y su hermana Karina que a una convicción de inocencia. Ese dato resulta corrosivo porque desnuda una desconexión entre la Casa Rosada y parte de su propia base.
El caso viene acumulando capas desde hace meses. El viaje a Estados Unidos con la frase sobre “deslomarse” trabajando, la estadía en Punta del Este, la compra del departamento en Caballito y las millonarias refacciones en la casa del country de Exaltación de la Cruz fueron sumando elementos a un relato que ya resultaba difícil de defender. Cada intento de blindaje terminó complicando más la situación.
La declaración jurada presentada terminó siendo el punto de quiebre. No solo porque aparecieron rectificaciones patrimoniales y explicaciones sobre ganancias con bitcoin que generaron más dudas que certezas, sino porque quedó expuesta una contradicción imposible de esquivar: Adorni había asegurado en público y ante el Congreso que todo estaba en regla. Esa doble mentira pública es, para muchos, lo más grave.
Dentro del propio espacio violeta el malestar es palpable. Patricia Bullrich y Victoria Villarruel expresaron su incomodidad con distintos tonos, mientras que en el PRO y la UCR los comunicados críticos se multiplicaron en pocas horas. El malestar ya no se limita a los escritorios porteños: también se replica en provincias, donde los aliados empiezan a marcar distancia.
El costo operativo es concreto. Las negociaciones en el Congreso se complican, las interpelaciones ganan fuerza y el objetivo de recuperar la iniciativa legislativa vuelve a postergarse. Un caso que empezó como un problema de imagen se transformó en un obstáculo político de primera magnitud.
Mientras tanto, en Economía celebran la baja del riesgo país y la desaceleración inflacionaria, pero esos números positivos quedan opacados por el ruido permanente del escándalo. Hay fastidio genuino entre quienes ven cómo un tema marginal para la mayoría de la gente termina dominando la agenda y desgastando al Gobierno.
La pregunta que sobrevuela Olivos ya no se puede eludir: ¿por qué sostener a Adorni? Las respuestas que circulan —desde la lealtad personal hasta supuestos compromisos opacos— son todas dañinas para la imagen de un Presidente que llegó prometiendo terminar con las viejas prácticas de la política. Por ahora, el silencio oficial solo alimenta más especulaciones.