En la zona sudeste de la capital salteña, una madrugada tranquila se transformó en tragedia.
Eran alrededor de las tres de la mañana del 6 de febrero cuando Ricardo Cruz, un hombre de 37 años conocido en el barrio, fue atacado con un arma blanca cerca de la intersección de avenida Felipe Varela y Chacho Peñaloza. Lo que empezó como un intento de robo terminó en muerte. Hoy, casi una semana después, la investigación avanza a paso firme y el foco está puesto en un joven apodado “el Pollo”, de apenas 20 años, cuya situación procesal se vuelve más delicada con cada nuevo dato que surge.
Los primeros testimonios recolectados por los investigadores pintan una escena clara y dramática. Cruz caminaba por la zona cuando el “Pollo” y al menos dos personas más se le acercaron con la intención de quitarle el teléfono celular. Ante la resistencia de la víctima, el ataque fue inmediato: una puñalada certera en el pecho que perforó órganos vitales. La autopsia no dejó dudas: la causa de la muerte fue un shock hipovolémico provocado por la hemorragia masiva. No fue una pelea de igual a igual; fue un acto letal para doblegar a quien no quería entregar lo que llevaba encima.
Pero lo que más impactó a los pesquisas fue lo que pasó después. Aunque estaba gravemente herido, Cruz logró correr varios metros con el celular todavía en la mano. Los agresores lo persiguieron. No lo dejaban ir. Para la Fiscalía, ese detalle es fundamental: no se trató de un homicidio en ocasión de riña, sino de un crimen cometido para consumar un robo y luego procurar impunidad. Esa calificación –homicidio calificado criminis causae– eleva la pena y cambia por completo el encuadre del caso.
En las horas siguientes al hecho, el “Pollo” intentó borrar rastros. Según varios testigos, pidió silencio a su entorno y trató de instalar la idea de que “no había pasado nada”. Pero la presión familiar y la conciencia de lo irreversible hicieron lo suyo. Fue su propio padre quien, horas después, se presentó en la comisaría y entregó varias prendas de vestir que pertenecían a su hijo. Entre ellas, un pantalón corto blanco con manchas de aspecto compatible con sangre. La prenda fue secuestrada de inmediato y enviada a peritaje. Ese gesto voluntario, lejos de ayudar, terminó complicando aún más la posición del joven: refuerza la hipótesis de que, tras el ataque, se cambió de ropa para deshacerse de evidencias.
La Unidad de Investigación UGAP, junto con el relevamiento de cámaras de seguridad de la zona, las pericias en el lugar del hecho y los testimonios de vecinos que vieron la secuencia, permitieron reconstruir el episodio con precisión. No fue un hecho aislado ni improvisado. Los movimientos posteriores –la persecución, el intento de recuperar el teléfono, el cambio de ropa– muestran una coordinación que involucró a más personas.
Por eso la acusación también alcanza a otros dos jóvenes: S.J.A., de 25 años, y J.F.P., de 24 años, conocido como “Dylan”. Según la investigación, ambos participaron activamente de la persecución a la víctima y de las maniobras para encubrir lo ocurrido. La Justicia los considera partícipes necesarios del desenlace fatal.
Ahora los tres imputados esperan la audiencia de formulación de cargos, donde serán notificados formalmente y podrán ejercer su defensa. Pero las miradas están puestas, sobre todo, en el “Pollo”. Para los investigadores, el hilo conductor es claro: intento de robo, resistencia, puñalada mortal, persecución y posterior intento de borrar huellas. Todo encaja en una misma secuencia que lo señala como el autor principal.
El barrio Santa Cecilia, como tantos otros de la zona sudeste, vive estos días con una mezcla de dolor, bronca e impotencia. Familias que se conocen de toda la vida, que comparten el mate en la vereda y que, de repente, se enteran de que un vecino murió a pocas cuadras de su casa por un celular. Ricardo Cruz no era un desconocido; era uno más del barrio, de esos que salen a trabajar temprano y vuelven tarde. Su muerte dejó un vacío que no se llena con pericias ni con declaraciones.
Mientras tanto, las pericias siguen su curso. El pantalón corto blanco está en manos de los expertos. Los resultados de ADN pueden ser definitivos. Las cámaras de seguridad de la zona, que captaron fragmentos de la persecución, ya están analizadas. Y los testigos, poco a poco, van aportando más detalles.
La causa sigue abierta. Pero con cada paso, el panorama para el “Pollo” y sus presuntos cómplices se oscurece. Lo que empezó como un robo fallido terminó en tragedia. Y ahora, la Justicia tiene en sus manos las piezas para armar el rompecabezas completo.