En las últimas horas el Senado de la Nación dejó una decisión que todavía resuena con fuerza en Salta.
Con 65 votos a favor y sin una sola abstención, los legisladores nacionales declararon héroe nacional a Bernabé Aráoz. El mismo gesto se repitió con Manuel Eduardo Arias. Lo que en Buenos Aires pasó casi como un trámite de consenso, en el norte argentino se transformó en una herida abierta. Especialmente porque los tres senadores por Salta, Emilia Orozco, Gonzalo Guzmán Coraita de La Libertad Avanza y Flavia Royón de Primero los Salteños, levantaron la mano sin chistar.
Desde el Instituto Güemesiano de Salta la reacción fue inmediata y contundente. Su presidente, Martín Güemes Arruabarrena, no dudó en hablar de “amnesia histórica”, de ignorancia o, peor todavía, de un toma y daca político que deja de lado la memoria de la provincia. Y apuntó directo a los propios comprovincianos: ¿cómo es posible que quienes se ponen el poncho salteño para las campañas, desfilan de gaucho y se llenan la boca hablando de identidad, voten a favor de alguien que la historia muestra enfrentado al general Martín Miguel de Güemes?
La figura de Bernabé Aráoz no es menor en el relato de la Independencia, pero tampoco es la de un prócer intachable. Pertenecía a una familia hacendada y poderosa de Tucumán. Participó en las batallas de Tucumán y de Salta, eso nadie lo discute. Pero a partir de ahí el camino se complica. Después de la división de la antigua Intendencia de Salta del Tucumán, Aráoz quedó del lado tucumano. Y lo que siguió, según los archivos y los historiadores que el Instituto Güemesiano reclama, no es precisamente un ejemplo de republicanismo ni de federalismo auténtico.
Se habla de un golpe de Estado que derrocó al gobernador legítimo Felipe Motta Botello. Se habla de una constituyente convocada sin poder real, de la creación de una llamada República de Tucumán donde Aráoz se erigió como presidente y se aumentó el sueldo. Paul Groussac y otros documentos de la época aparecen como referencia de esa etapa. Nada de eso, sostienen desde el Instituto, justifica colocarlo en el mismo pedestal que Güemes, Belgrano o San Martín.
El punto más sensible, sin embargo, es la relación directa con el prócer salteño. Güemes Arruabarrena es claro: Aráoz y Güemes representaron proyectos enfrentados. Uno venía de la oligarquía tucumana y le declaró la guerra abierta al otro. No hay alianza posible que sostenga el relato de precursor del federalismo. Al contrario. Mientras Güemes defendía las autonomías provinciales con la misma fuerza con la que enfrentaba a los realistas, Aráoz se movía en otra lógica de poder. Compararlo con Francisco Ramírez o con Estanislao López, verdaderos defensores de las provincias frente al centralismo porteño, resulta forzado y hasta ofensivo para quien conoce la historia del interior.
Bernabé Aráoz es señalado por la historiografía y diversas instituciones del norte argentino como uno de los principales adversarios políticos y militares de Martín Miguel de Güemes, llegando a ser acusado de complicidad y conspiración en los hechos que debilitaron al líder gaucho antes de su muerte.
Y acá llega el núcleo de la bronca. Los tres senadores salteños no solo acompañaron el proyecto: lo hicieron en un contexto de unanimidad sospechosa. Kirchneristas, radicales, del PRO, libertarios y bloques provinciales coincidieron. ¿Casualidad histórica? ¿Repentina conversión de todos los sectores a una misma lectura del pasado? O, como pregunta el presidente del Instituto Güemesiano, ¿un simple intercambio de favores que deja de lado cualquier rigor?
En Salta duele especialmente porque la provincia construyó buena parte de su identidad alrededor de Güemes. El gaucho, el poncho, la defensa de la frontera norte, la muerte en combate. Todo eso forma parte del relato cotidiano. Ver a los propios representantes nacionales votar en sentido contrario genera una sensación de contradicción profunda. “Se ponen el poncho, desfilan de gaucho y resulta que se olvidaron de la muerte de Güemes”, resume con crudeza Güemes Arruabarrena. No es solo una frase de impacto. Es la expresión de una herida que muchos salteños sienten como propia.
El Instituto tampoco fue consultado antes del tratamiento. Hubo un intento de comunicación con la senadora Emilia Orozco que nunca se concretó. La decisión llegó casi de sorpresa. Y cuando el rechazo se hizo público, la respuesta oficial brilló por su ausencia. Ninguna explicación detallada, ninguna defensa argumentada de por qué Aráoz merecía ese reconocimiento por encima de las objeciones históricas que se conocen desde hace décadas.
El debate de fondo no es menor. Tiene que ver con cómo se construye la memoria nacional y quién decide qué figuras merecen el título de héroe. En un país donde las discusiones históricas suelen ser terreno de disputa política, declarar héroe nacional a alguien que representó a un sector oligárquico enfrentado a uno de los máximos próceres del norte no es un gesto inocente. Menos aún cuando los propios senadores de la provincia de Güemes lo avalan sin levantar la voz.
Hay quienes dirán que se trata de una mirada parcial, que Aráoz también contribuyó en las luchas independentistas y que el federalismo tuvo múltiples rostros. Puede ser. Pero el problema no es solo la valoración de Aráoz. El problema es la ligereza con la que se trató el tema, la falta de consulta a quienes estudian y defienden la historia salteña, y sobre todo el voto automático de los tres legisladores que debían representar, entre otras cosas, esa memoria.
En las calles de Salta y en las redes sociales el malestar se percibe. No es un debate de elites académicas. Es una cuestión de identidad. Cuando los representantes de una provincia votan en contra de lo que esa provincia considera sagrado, algo se rompe. Y la explicación de “amnesia histórica” o de “toma y daca” empieza a sonar más plausible que cualquier discurso de unidad nacional.
La decisión ya está tomada. El Senado habló por unanimidad. el proyecto Bernabé Aráoz, tiene media sanción como héroe nacional. Pero en Salta esa medalla pesa de otra manera. Pesa como una contradicción. Y los tres senadores que la hicieron posible van a tener que explicar, tarde o temprano, por qué eligieron olvidar. Porque la historia, al menos la que se defiende desde el Instituto Güemesiano, no se borra con un voto. Y menos con un voto unánime que huele más a acuerdo político que a rigor histórico.
En definitiva, lo que quedó en evidencia no es solo una lectura diferente del pasado. Quedó en evidencia una distancia peligrosa entre lo que se predica en la provincia y lo que se vota en el Congreso. Y esa distancia, en un país tan sensible a sus símbolos, no pasa inadvertida. Los salteños lo saben. Y los senadores, aunque ahora callen, también.