Christian Petersen estuvo 30 días fuera de la realidad. No es una metáfora: hay un mes completo de su vida que no puede reconstruir, ni con recuerdos ni con sensaciones. El reconocido cocinero, empresario gastronómico y figura central de la televisión argentina atravesó una falla multiorgánica que lo dejó al borde de la muerte tras una crisis médica inesperada durante un retiro personal en la zona del volcán Lanín.
La noticia se conoció cuando ya estaba internado y en estado crítico. Recién ahora, con el alta médica y en pleno proceso de rehabilitación, Petersen pudo poner en palabras lo que vivió. “Hay un mes de mi vida del que no sé absolutamente nada”, reconoce, todavía impactado por la dimensión del episodio. Lo que debía ser una pausa para ordenar pensamientos terminó convirtiéndose en una carrera contrarreloj para salvarle la vida.
El cocinero había decidido tomarse unos días de silencio luego de atravesar un año especialmente duro, marcado por conflictos laborales y la muerte de un socio cercano. Buscaba bajar un cambio, alejarse del ruido y procesar pérdidas. Sin embargo, en plena montaña comenzó a sentirse mal. La angustia, la falta de aire y una fuerte sensación de encierro anticiparon lo que vendría después.
Al descender, los médicos detectaron una arritmia severa. El intento por estabilizar el ritmo cardíaco con medicación desencadenó un cuadro aún más grave: el colapso de varios órganos vitales. El cuerpo de Petersen, exigido durante años al límite, no resistió. Fue trasladado de urgencia y permaneció internado en terapia intensiva durante semanas.
El diagnóstico final reveló una combinación peligrosa de factores. Por un lado, un nivel de estrés extremo sostenido en el tiempo, tanto en su rol como empresario —lidera un equipo de alrededor de 400 personas— como en su vida personal y deportiva. Petersen siempre se definió como alguien que no sabe frenar, que vive en modo exigencia permanente. Esa autoimposición constante terminó pasando factura.
A eso se sumó un cuadro infeccioso previo que no había sido detectado a tiempo. Una neumonía silenciosa, junto con la presencia de virus tropicales como el zika, debilitó su sistema inmunológico. El esfuerzo físico en la montaña terminó de desatar el colapso. El resultado fue devastador: pérdida de peso acelerada, compromiso motriz y una recuperación que recién empieza.
Durante su internación, el operativo para trasladarlo y asistirlo fue enorme. Su familia y su equipo coordinaron un despliegue inusual que incluyó 15 aviones privados para garantizar atención médica inmediata y especializada. Petersen se enteró de ese detalle mucho después. “Cuando me desperté y entendí lo que había pasado, sentí mucho amor”, resume.
Las secuelas físicas todavía son evidentes. Perdió cerca de 18 kilos y su capacidad corporal actual ronda apenas el 20% de lo que era antes del episodio. Actividades simples como caminar o mantener la fuerza muscular se transformaron en objetivos diarios. La rehabilitación es lenta, progresiva y exige paciencia, algo que nunca fue su fuerte.
Hoy, su rutina es completamente distinta. Las caminatas suaves reemplazaron los entrenamientos intensos. El gimnasio quedó en pausa. Comparte ejercicios básicos con sus hijos y se enfoca en recuperar movilidad sin forzar el cuerpo. Pero el cambio más profundo no es físico, sino mental. Petersen entiende que sobrevivió a algo que pudo haber sido el final, y esa conciencia lo obligó a replantear su forma de vivir.
“Trabajo menos y más tranquilo”, asegura. Por primera vez en años, se permite descansar los fines de semana. Delegó tareas, confió responsabilidades y soltó la necesidad de estar en todo. El control absoluto, ese rasgo que lo llevó al éxito, también fue parte del problema. Hoy intenta encontrar un equilibrio que antes ignoraba.
La experiencia también modificó su vínculo con el riesgo. Las actividades de alta exigencia quedaron descartadas. La montaña, al menos en su versión extrema, ya no forma parte de sus planes. No hay épica ni desafío: hay cuidado. Petersen no habla de miedo, sino de aprendizaje. El cuerpo le puso un límite claro y no piensa volver a cruzarlo.
A pesar de todo, no hay dramatismo en su relato. Sí hay conciencia. Y una certeza: estuvo cerca de no volver. El hombre acostumbrado a liderar, producir y avanzar sin pausa tuvo que aprender a frenar de golpe. Ahora, el desafío es otro. No se trata de rendir más, sino de durar.