El sexto aniversario del asesinato de Fernando Báez Sosa dejó una imagen distinta, atravesada por el peso del tiempo y una sensación incómoda: la memoria ya no ocupa el mismo lugar que antes. A seis años de aquel 18 de enero de 2020 que sacudió a la Argentina, el recuerdo del joven asesinado sigue vivo en su familia, pero empieza a diluirse en el espacio público.
Frente al exboliche Le Brique, escenario del ataque que terminó con la vida de Fernando, el santuario improvisado que cada verano reunía carteles, flores, rosarios y mensajes apareció esta vez reducido. Hubo menos objetos, menos personas y menos permanencia. Algunos vecinos y turistas se detuvieron apenas unos minutos para rezar o dejar una flor. La mayoría siguió su camino, como si la temporada estival hubiera terminado de cubrir la tragedia bajo una rutina ajena al dolor.
Quien no dejó pasar la fecha fue Graciela Sosa, la madre de Fernando. A través de sus redes sociales compartió un video breve y cargado de emoción, en el que se lo ve a su hijo sonriendo. El mensaje que lo acompañó fue tan simple como desgarrador: “Quería escuchar tu voz, Fer. Te amo”. En pocas palabras, resumió una ausencia que no encuentra alivio con el paso de los años.
En el lugar del crimen, el homenaje volvió a quedar envuelto en tensión. Familiares y personas cercanas denunciaron que muchos de los recuerdos colocados en el santuario desaparecen con el correr de los días. Rosarios tirados, carteles retirados y hasta un árbol podado formaron parte de una escena que fue leída como un intento de reducir la visibilidad del reclamo. “No quieren que sea recordado”, fue una de las frases que más se repitió entre quienes se acercaron a acompañar.
La ceremonia religiosa realizada allí fue breve. Duró menos de veinte minutos y se desarrolló en un clima de recogimiento, atravesado por el cansancio emocional. En medio del rezo, una mujer rompió en llanto y pidió que no se abandone el pedido de justicia, aun cuando las condenas ya fueron dictadas. A pocos metros, chicos hacían piruetas con sus bicicletas, ajenos al dolor que todavía flota en ese rincón.
En paralelo, lejos del ruido turístico, los padres de Fernando encabezaron una misa íntima en una parroquia del barrio porteño de Recoleta. Silvino Báez y Graciela Sosa estuvieron acompañados por familiares y allegados, en una ceremonia marcada por el silencio y el respeto. No hubo exposición ni consignas públicas, solo el intento de transitar una fecha que sigue siendo imposible de asimilar.
Fernando tenía 18 años cuando fue asesinado. Estudiaba Derecho y estaba de vacaciones con amigos cuando fue atacado a golpes por un grupo de jóvenes a la salida de un boliche. El crimen generó una conmoción social sin precedentes y reabrió debates profundos sobre la violencia, el consumo de alcohol y la responsabilidad colectiva.
El juicio oral concluyó en febrero de 2023 con condenas que marcaron un precedente. Cinco de los acusados recibieron prisión perpetua como coautores del homicidio doblemente agravado. Otros tres fueron condenados a 15 años de prisión como partícipes secundarios. De quedar firmes las sentencias, ninguno de los condenados podrá acceder a la libertad condicional y recién podrían recuperar la libertad dentro de más de una década.
A pesar del fallo judicial, el caso volvió a instalarse en la conversación pública con el estreno del documental 50 segundos: El caso Fernando Báez Sosa, que reconstruye los momentos previos y posteriores al ataque. El material reavivó el impacto de una historia que, aunque conocida, sigue interpelando a la sociedad.
El contraste entre los homenajes dejó al descubierto una herida que permanece abierta. Mientras el recuerdo público parece desvanecerse en el lugar donde ocurrió el crimen, la memoria se sostiene con fuerza en el ámbito familiar, lejos de cámaras y multitudes. Seis años después, el nombre de Fernando sigue siendo sinónimo de una vida truncada y de una pregunta que persiste: cómo evitar que el paso del tiempo termine borrando lo que nunca debería olvidarse.