El Papa Francisco nunca volvió a Argentina después de ser elegido sumo pontífice, según reveló su colaborador más cercano, Guillermo Karcher. La decisión, explicó, fue tomada poco después de asumir: “Me tuvieron 76 años, ahora me toca servir al mundo”, le confió el pontífice en privado.
Karcher detalló la relación de más de tres décadas que mantuvo con Jorge Bergoglio, primero como arzobispo y luego como Papa. Su vínculo se inició en 1992, cuando fue designado maestro de ceremonias en la catedral y se consolidó con un trato cercano y cotidiano, tanto en Buenos Aires como en el Vaticano.
El colaborador destacó la sencillez y el humor de Francisco, quien bromeara sobre la jerarquía entre ambos: “Usted me debe más respeto a mí que yo a usted”, recordaba Karcher. Esa cercanía permitió conocer de primera mano la vocación de servicio que marcó todo su pontificado.
A los 76 años, edad en la que muchos obispos se retiran, Francisco asumió la misión global con una mirada hacia las periferias y los más necesitados. Según Karcher, el Papa se convirtió en “el párroco del mundo”, prefiriendo sembrar procesos y generar cambios en la Iglesia antes que limitarse a tradiciones o lugares específicos.
El Papa también priorizó la apertura hacia todo tipo de interlocutores, sin importar su origen o currículum. “A mí no me interesa conocer el currículum de ninguno”, le decía Karcher, indicando que las puertas del Vaticano estaban abiertas tanto a figuras públicas como a vecinos comunes. Entre las visitas recordadas se mencionaron figuras políticas como Cristina Kirchner y Javier Milei, recibidos siempre con cordialidad.
Para Francisco, la misión no tiene fronteras. Su decisión de no volver a su país natal refleja un compromiso con una Iglesia que mira al mundo, desde las grandes ciudades hasta los barrios más alejados, sembrando procesos y construyendo puentes de manera constante.