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TRISTEZA

Murió Severo Báez, el coplero eterno del Carnaval y guardián de la memoria ancestral

Tenía 77 años y falleció este 15 de enero en la ciudad de Salta.

Murió Severo Báez, el coplero eterno del Carnaval y guardián de la memoria ancestral

La cultura popular de Salta está de luto. Este miércoles 15 de enero, a las 9.30 de la mañana, falleció Severo Báez, el legendario coplero del Carnaval, pastor de la tierra y una de las voces más profundas de la identidad ancestral del norte argentino. Tenía 77 años y murió en la ciudad de Salta, dejando un vacío inmenso en el corazón de la copla, la baguala y las ceremonias que durante décadas supo guiar con respeto, picardía y sabiduría.

La caja quedó sola. El maestro de ceremonias del Carnaval se despidió del plano de la vida, pero su canto seguirá resonando en los cerros, en los valles y en cada ritual ofrendado a la Pachamama, al Diablo del Carnaval y en el misterio del Día de las Almas. Sus letras, cargadas de memoria, ironía y verdad, hoy pasan a habitar en las gargantas de quienes aprendieron a cantar mirándolo, escuchándolo y acompañándolo.

Tal como él lo pidió, Severo Báez será velado en su casa de Villa Primavera, donde el dolor no será silencio sino canto, baile y poesía. Allí, su hogar volverá a ser territorio sagrado: la copla como despedida, la caja como rezo y la comunidad como abrigo. Desde distintos puntos de la provincia ya comenzaron a llegar copleros de la Puna, chirleras de los valles intermedios y comparsas del Valle de Lerma, en lo que muchos ya definen como el “funeral mayor” de la cultura salteña.

Nacido en Brealito, en el corazón de los Valles Calchaquíes, Severo Báez llegó a la ciudad de Salta con apenas 14 años para ayudar a su familia. Pastor y trabajador rural, nunca renegó de sus orígenes ni de la vida sencilla que lo formó. Por el contrario, hizo de esa raíz su bandera y, con el paso del tiempo, se convirtió en uno de los referentes más queridos y respetados de la cultura popular del norte argentino.

Durante más de seis décadas fue un incansable defensor y difusor de la copla y la baguala, expresiones profundas de la memoria ancestral. Su canto no fue espectáculo vacío: fue relato, fue historia oral, fue identidad transmitida de generación en generación. Con su voz llevó el mensaje de los cerros, la Puna y los valles a escenarios de toda la Argentina, de Latinoamérica y de Europa, como integrante de Los Bagualeros del Norte Argentino.

Pero su legado no se limitó a los escenarios. Junto a su compañera de vida, Rafaela Gaspar, fundó el Centro de Residentes Vallistos y Puneños en Villa Primavera, un espacio que se transformó en mucho más que una institución: fue refugio cultural, punto de encuentro y casa abierta para quienes buscaban reencontrarse con sus raíces. Allí se sostuvieron ceremonias, celebraciones y reuniones donde la cultura no se mostraba: se vivía.

Uno de los momentos más emblemáticos de su camino fue, sin dudas, la celebración de la Pachamama. Cada 1° de agosto, la casa de Severo Báez se abría a vecinos, copleros, artistas, turistas y curiosos, convirtiéndose en un ritual colectivo que reafirmó año tras año el vínculo con la tierra y la memoria. No era solo una ceremonia: era un acto de resistencia cultural, de pertenencia y de respeto por lo ancestral.

Desde el Centro de Residentes Vallistos y Puneños también impulsó celebraciones como el Día de la Tradición, el Carnaval Grande y numerosos encuentros culturales que fortalecieron la identidad de quienes llegaron a la ciudad desde el interior profundo de Salta. Severo entendía la cultura como algo vivo, en movimiento, y por eso trabajó incansablemente para que no se perdiera ni se folklorizara sin sentido.

Su figura trascendió generaciones. Jóvenes y adultos encontraron en él a un maestro sin pose, a un referente que enseñaba más con el ejemplo que con discursos. Su palabra era sencilla, pero cargada de significado; su humor, filoso y pícaro; su compromiso, inquebrantable. Por eso su muerte no es solo una despedida personal, sino un hecho que marca a la cultura salteña en su conjunto.

Hoy Severo Báez ya no camina entre nosotros, pero forma parte definitiva de su Pachamama. Su nombre queda ligado para siempre al Carnaval, a la copla, a la baguala y a la defensa de la cultura ancestral de Salta. En cada caja que suene, en cada copla improvisada, en cada agosto ofrendado a la tierra, su voz volverá a nacer.


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