El termómetro mintió. Se quedó corto. Los 34 grados que derritieron el cemento y asfixiaron a todos en el estadio Madre de Ciudades no reflejaron con elocuencia el clima que se vivió en Santiago del Estero, donde Rosario Central se consagró campeón de la Supercopa Internacional en un partido que se terminó de forma abrupta cuando aún faltaban algunos minutos, como consecuencia de una batalla campal que se desató en pleno campo de juego y que continuó en la zona de acceso a los vestuarios entre los futbolistas de ambos equipos.
La cancha fue un hervidero. El Canalla gritó campeón en un encuentro que tuvo dos caras y que desnudó en carne viva, como pocas veces, lo mejor y lo peor del fútbol argentino. De un lado, el talento inoxidable, el brillo interminable de una estrella como Ángel Di María, autor de dos goles que en base a su jerarquía rescató a los suyos cuando la pasaban mal y que lloró emocionado como un chico por la consagración. Del otro, el caos generado producto de un estallido de bronca acumulada, que se potenció con el arbitraje de Darío Herrera, a quien el encuentro se le fue de las manos muy rápido.
El partido, con condimentos y un desenlace dramático, fue absorbido de forma irremediable por el contexto. Y quedó empañado por el escándalo. Existían componentes de alta volatilidad en el ambiente y el estallido de la bomba, previsible ante el advenimiento de un efecto dominó que nadie intentó detener, ocurrió con una magnitud superior a la que podía intuirse.
Fueron evidentes los resquemores mutuos producto de la reacción que los futbolistas del Pincharrata tuvieron a fines del año pasado, cuando le hicieron el pasillo de espaldas a Central luego de que la AFA lo decretara campeón por haber sido el equipo con más puntos acumulados en la tabla anual. Ese enojo quedó expuesto en la conferencia de prensa que Leandro González Pirez y Agustín Ovando brindaron en la antesala al choque, cuando se advirtieron rispideces y momentos de mucha incomodidad.
Y eso se trasladó al campo de juego, donde el partido comenzó con un juego áspero que el árbitro no logró controlar. De hecho ya de entrada fue permisivo cuando Navarro le cometió una infracción a Neves, quien tras una mala caída sufrió una fractura en la muñeca izquierda.
El clima empeoró a medida que pasaron los minutos. Y en el medio hubo un partido de fútbol que el Pincha comenzó arriba gracias a una buena acción elaborada por Piovi, Tobio Burgos y Carrillo que capitalizó Castro.
Pero Di María fue, a sus 38 años, el factor de desequilibrio, la carta que cambió el curso de las acciones. Primero lo empató con un tiro libre exquisito al palo del arquero. Después ejecutó un penal con clase para sentenciar el segundo. Un penal en el que no llegó a apreciarse con absoluta nitidez si hubo infracción de González Pirez a Copetti y que fue sancionado por Herrera a instancias del VAR, a cargo de Jorge Baliño.
Estudiantes, que sufrió contratiempos con las lesiones de Neves, de su reemplazante, Jalil Elías, y una de sus figuras, Carrillo, nunca tiró la toalla. Estuvo en partido prácticamente hasta el final. Pero la bronca alcanzó su punto de ebullición cuando Julián Fernández aprovechó un contragolpe para sellar el tercero de Central, que tuvo un festejo provocativo por parte de Sández, lo que despertó una reacción en cadena que generó una gresca imparable.
El final fue un papelón que quedará grabado en la memoria. Hubo trompadas sobre el césped y en la zona de acceso a los vestuarios, donde se vio muy exaltado al presidente del Pincha, Juan Sebastián Verón, además de dirigentes como Gorostergui, Alayes y Angeleri. “¡Toda culpa tuya, sos un ladrón!”, le espetó la Brujita a Herrera en medio de la cruenta batalla. La máxima autoridad de Estudiantes ya había mostrado su enojo antes del encuentro por los problemas que tuvieron los hinchas en el ingreso y también durante el duelo por la labor de los jueces. "Maltrataron a la gente y la impunidad que manejan para robarte es increíble”, posteó en su Instagram.
Los de La Plata, semifinalistas de la Libertadores y que también dan pelea en la Copa Argentina, se sintieron despojados por el arbitraje y explotaron tras la derrota. Incluso aplaudieron con ironía a la terna arbitral durante la entrega de medallas. Central, con Di María a la cabeza, fingió demencia tras la gresca y festejó con todo su 14° título oficial. En Santiago del Estero, los Ángeles y Demonios que sobrevolaron la cancha fueron la fiel expresión de un fútbol argentino que a veces reparte más caras que trofeos.
Ángel Di María.
Di María con la copa (Foto: FOTOBAIRES).