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Consumo en baja

Fuerte caída del consumo de carne en Argentina

La ingesta por habitante volvió a caer y ya se ubica en uno de los niveles más bajos en dos décadas.

Fuerte caída del consumo de carne en Argentina

El consumo de carne vacuna en Argentina atraviesa uno de sus momentos más delicados de las últimas décadas. En un contexto económico complejo, marcado por la pérdida de poder adquisitivo y el encarecimiento sostenido de los alimentos, la tradicional presencia de la carne en la mesa diaria empieza a retroceder con fuerza.

Los últimos datos muestran que la ingesta anual por habitante cayó a 47,4 kilos, un número que refleja con claridad el deterioro del consumo. Se trata de un descenso que no solo se explica por la coyuntura actual, sino también por una tendencia que se viene profundizando desde hace años y que hoy alcanza un punto crítico.

En comparación con el mismo período del año anterior, la caída fue de alrededor de 1,2 kilos por persona, lo que representa una baja interanual del 2,5%. Más allá de que el porcentaje pueda parecer acotado, lo significativo es el nivel en el que se ubica: es el más bajo en dos décadas, consolidando un proceso de retroceso que preocupa tanto a productores como a comerciantes del sector.

Detrás de este escenario hay múltiples factores que se combinan. Por un lado, el precio de la carne vacuna continúa en niveles elevados, impulsado en gran medida por el valor del ganado en pie. Este incremento impacta de forma directa en las carnicerías y supermercados, donde los cortes tradicionales se vuelven cada vez menos accesibles para buena parte de la población.

Al mismo tiempo, la producción también muestra señales de debilitamiento. La menor disponibilidad de hacienda, vinculada en parte a las consecuencias de la sequía que golpeó con fuerza años atrás, sigue afectando el volumen de carne que llega al mercado interno. A esto se suma una mayor orientación hacia la exportación, que reduce la oferta disponible para el consumo local.

El resultado es una combinación que termina presionando sobre el bolsillo de los consumidores y empuja cambios en los hábitos alimenticios. Cada vez más familias optan por reducir la frecuencia con la que compran carne vacuna o directamente la reemplazan por otras proteínas más económicas, como el pollo o el cerdo.

Si se mira hacia atrás, el contraste es contundente. En 2008, el consumo había alcanzado un pico de 69,4 kilos por habitante al año, una cifra que hoy parece lejana. Incluso en 2005, el promedio era de 62,2 kilos, lo que marca una diferencia de casi 15 kilos por persona respecto a la actualidad.

Ese cambio no se dio de un día para el otro. Durante varios años, el consumo interno se mantuvo en niveles altos, absorbiendo gran parte de la producción nacional. Entre 2011 y 2015, por ejemplo, el mercado interno llegó a representar el 91% del total producido, con un máximo cercano al 95% en 2014.

Sin embargo, a partir de 2016 comenzaron a observarse los primeros signos claros de un cambio de tendencia. Desde entonces, la participación del consumo interno fue perdiendo terreno de manera sostenida. En 2017 bajó al 83%, en 2024 se redujo al 68% y las proyecciones actuales indican que se ubicará en torno al 72,9% hacia fines de este año.

Este desplazamiento responde, en parte, al crecimiento de las exportaciones, que se volvieron cada vez más relevantes para el sector cárnico. La demanda internacional, especialmente desde mercados asiáticos, generó nuevas oportunidades comerciales, pero también tensionó la disponibilidad de carne en el ámbito local.

A la par, el contexto económico interno terminó de completar el cuadro. La inflación acumulada en alimentos, sumada a la caída del ingreso real, hizo que muchos hogares deban reorganizar sus prioridades de consumo. En ese escenario, la carne vacuna —históricamente central en la dieta argentina— pasó a ocupar un lugar más limitado.

El impacto se percibe con claridad en el día a día. El asado, que supo ser una costumbre semanal en muchos hogares, hoy aparece más espaciado. Cortes que antes eran habituales se transforman en compras ocasionales, y la búsqueda de alternativas más accesibles se vuelve una constante.

En el sector comercial, la situación también genera preocupación. Carnicerías y distribuidores enfrentan una demanda más retraída, con clientes que compran menos cantidad o eligen opciones más económicas. Esto obliga a ajustar estrategias, promociones y ofertas para sostener el nivel de ventas.

A pesar de este panorama, algunos especialistas señalan que el consumo de carne vacuna sigue siendo elevado en comparación con otros países. Sin embargo, el dato no alcanza para disipar la preocupación, ya que la tendencia descendente parece consolidarse y no muestra señales claras de revertirse en el corto plazo.

El desafío hacia adelante será encontrar un equilibrio entre producción, exportación y abastecimiento interno, en un contexto económico que continúa siendo incierto. También será clave observar cómo evolucionan los hábitos de consumo, que podrían cambiar de manera estructural si las condiciones actuales se mantienen.

Por ahora, los números son claros: la carne vacuna, símbolo histórico de la identidad alimentaria argentina, atraviesa un momento de retroceso que marca un antes y un después. La mesa cotidiana ya no es la misma, y todo indica que ese cambio llegó para quedarse, al menos por un tiempo.

 


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