El consumo de carne vacuna en Argentina volvió a encender luces de alerta. En enero de 2026, las ventas en el mercado interno cayeron un 13% en comparación con el mismo mes del año pasado y el consumo per cápita tocó el nivel más bajo de las últimas dos décadas, según datos difundidos por la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes y Derivados (CICCRA).
El dato no es menor en un país históricamente identificado con el asado y la carne vacuna como eje central de la mesa familiar. La retracción refleja un cambio profundo en los hábitos de consumo, atravesados por la pérdida de poder adquisitivo, la suba sostenida de precios y la necesidad de ajustar gastos en los hogares.
El inicio de 2026 mostró un mercado interno más frío que de costumbre. Enero, que suele ser un mes de alto consumo por las reuniones familiares, las vacaciones y el movimiento turístico, no logró revertir la tendencia a la baja que se viene consolidando desde hace tiempo. La caída interanual del 13% expone un escenario complejo para toda la cadena productiva.
En términos prácticos, la menor demanda impacta directamente en frigoríficos, matarifes, distribuidores y carnicerías. En distintas provincias, incluida Salta, comerciantes del rubro vienen advirtiendo que las ventas no repuntan y que muchos clientes optan por comprar menos cantidad o reemplazar la carne vacuna por opciones más económicas como pollo o cerdo.
El precio de los cortes tradicionales sigue siendo un factor determinante. El asado, la nalga, el vacío o el matambre quedaron cada vez más lejos del consumo cotidiano y pasaron a reservarse para ocasiones puntuales. Incluso cortes considerados “rendidores” también sufrieron incrementos que golpean el bolsillo.
En Salta, donde el asado del fin de semana es casi un ritual, el ajuste se siente con fuerza. Carniceros de barrios capitalinos y del interior provincial coinciden en que el ticket promedio bajó. Las familias priorizan productos básicos y reducen la cantidad de kilos por compra. Muchos clientes piden fraccionar más, llevar lo justo o directamente consultan precios antes de decidir.
El informe sectorial marca que el consumo per cápita anualizado se ubica en el nivel más bajo de los últimos 20 años. Esto implica que, en promedio, cada argentino está comiendo significativamente menos carne vacuna que en décadas anteriores. Se trata de un cambio estructural que responde no sólo a la coyuntura económica, sino también a transformaciones en los hábitos alimentarios.
Sin embargo, el factor económico aparece como el principal motor de la retracción. Con salarios que no logran acompañar la inflación acumulada y servicios que absorben una mayor porción del ingreso familiar, la carne vacuna —tradicional protagonista de la dieta argentina— pierde terreno frente a alternativas más accesibles.
Para los frigoríficos, la caída en el mercado interno genera un escenario de menor faena destinada al consumo local. Si bien la exportación puede funcionar como válvula de escape en determinados momentos, el consumo doméstico sigue siendo clave para sostener el volumen general de actividad. Cuando el argentino compra menos carne, toda la cadena lo siente.
En este contexto, el sector cárnico observa con preocupación la evolución de los próximos meses. La expectativa está puesta en una eventual recuperación del poder adquisitivo que permita recomponer el consumo. No obstante, el arranque de año dejó un panorama cuesta arriba.
En carnicerías de la ciudad de Salta, la tendencia se refleja en cambios concretos. Se venden más preparados económicos, carne picada en promociones o combos armados para intentar sostener el flujo de clientes. Algunos comerciantes apelan a ofertas puntuales, mientras que otros diversifican incorporando más pollo o productos elaborados.
El fenómeno no es exclusivo del norte argentino, pero en provincias como Salta, donde la cultura del asado está profundamente arraigada, la caída en el consumo se percibe también como un golpe simbólico. La carne vacuna no es sólo un alimento: es parte de la identidad gastronómica y social.