En un hecho que conmocionó al periodismo boliviano, un colega fue víctima de una agresión extrema en la ciudad de El Alto.
Después de cubrir un acto de campaña por las elecciones regionales en un barrio de esa localidad, el periodista fue interceptado cuando volvía a su casa. Desconocidos lo redujeron a la fuerza, lo metieron en un vehículo y lo llevaron unos 15 kilómetros hasta un terreno baldío, donde lo sometieron a una tortura planificada.
Allí, los atacantes lo estrangularon y le profirieron amenazas directas: “Ahora sí, periodista de mierda, te vas a morir… ahora vas a hablar, vamos a ver si podés”. Las frases dejan claro que sabían perfectamente cuál era su oficio y que el objetivo era callar su voz. El ensañamiento fue total: con un arma cortopunzante le cortaron la lengua en un acto deliberado de silenciamiento.
El médico que lo atendió descartó cualquier versión de lesiones accidentales. Los cortes eran finos, precisos e intencionales. El periodista sobrevivió, pero quedó con secuelas graves que evidencian la crueldad del ataque. Su identidad se mantiene en reserva por razones de seguridad y para evitar nuevas represalias.
Este caso vuelve a encender las alarmas sobre la situación de los trabajadores de prensa en Bolivia, especialmente en un año electoral. La violencia selectiva contra quienes informan en territorio complicado genera preocupación en toda la región y refuerza la necesidad de proteger a quienes ejercen el oficio en contextos de alta tensión.