Una tormenta de nieve de características históricas azota a Nueva York y a gran parte del noreste de Estados Unidos, con ráfagas que rozan los 97 kilómetros por hora, acumulaciones que en algunos sectores superan los 60 centímetros y un impacto masivo en el transporte aéreo, donde ya se contabilizan más de 10.000 vuelos cancelados. El fenómeno, que combina nevadas intensas y fuertes vientos, mantiene en alerta a más de 40 millones de personas y obligó a declarar el estado de emergencia en amplias zonas.
La nevada comenzó de manera leve durante la mañana del domingo 22 de febrero, pero hacia la noche el panorama cambió de forma drástica. La intensidad fue en aumento hasta alcanzar picos de casi ocho centímetros por hora, generando lo que se conoce como condiciones de “whiteout”, es decir, visibilidad prácticamente nula. En varias áreas, la vista no superaba los 400 metros, lo que volvió extremadamente peligrosos los desplazamientos tanto a pie como en vehículos.
Las zonas más afectadas incluyen el estado de Nueva York, así como Rhode Island y Massachusetts, donde se registraron acumulaciones que superaron los 60 centímetros. En el área metropolitana que abarca Nueva York y sectores de Nueva Jersey, los registros oscilaron entre 40 y 60 centímetros, aunque en algunos puntos se reportaron valores aún mayores, cercanos a los 75 centímetros.
Las ráfagas de viento, especialmente en áreas costeras, se movieron entre los 56 y los 97 kilómetros por hora. Esa combinación de nieve pesada y viento sostenido generó ventiscas persistentes, con montículos que bloquearon calles, accesos y rutas clave. Las autoridades advirtieron que circular puede resultar peligroso o directamente imposible en varios tramos.
El impacto más visible se sintió en el sistema aéreo. Más de 10.000 vuelos fueron cancelados hasta el martes, afectando tanto conexiones nacionales como internacionales. Uno de los aeropuertos más comprometidos fue el Aeropuerto LaGuardia, donde durante el lunes se registraron tasas de cancelación superiores al 98%. También se vieron seriamente afectados otros aeropuertos estratégicos de la región, complicando el tránsito de pasajeros y generando un efecto dominó en distintas terminales del país.
La magnitud del temporal llevó al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, a declarar el estado de emergencia en toda la ciudad, además de Long Island y sectores de Nueva Jersey y el Lower Hudson Valley. La medida habilita recursos extraordinarios y permite coordinar de manera más ágil la asistencia, la limpieza de calles y la respuesta ante eventuales cortes de energía.
Las autoridades locales pidieron a la población permanecer en sus hogares y evitar cualquier traslado que no sea estrictamente necesario. El lunes por la mañana fue considerado uno de los momentos más críticos, con calles cubiertas de nieve, transporte público con demoras y múltiples servicios funcionando de manera limitada.
Como parte de las acciones para enfrentar el frío extremo, se activó el protocolo conocido como Code Blue, que garantiza acceso irrestricto a refugios para personas en situación de vulnerabilidad. Además, se dispusieron 18 autobuses acondicionados como puntos de calefacción, 11 espacios hospitalarios adicionales y 13 centros escolares preparados para brindar asistencia.
El fenómeno no solo afecta la movilidad sino también la rutina diaria de millones de personas. Escuelas cerradas, oficinas trabajando de forma remota y comercios con horarios reducidos forman parte de la postal de una ciudad acostumbrada al invierno, pero no a eventos de esta magnitud en tan corto plazo. De hecho, se trata de la segunda tormenta de nieve en menos de un mes y la primera ventisca formal declarada desde 2016.
En términos climáticos, este tipo de tormentas se caracteriza por una combinación específica de factores: abundante humedad, temperaturas bajo cero y un sistema de baja presión que potencia tanto la intensidad de las nevadas como la velocidad del viento. El resultado es un escenario de acumulación rápida, baja visibilidad y condiciones que pueden volverse críticas en cuestión de horas.
El noreste de Estados Unidos es históricamente una región expuesta a temporales invernales severos. Sin embargo, la escala de este evento, tanto por la cantidad de nieve caída como por el nivel de interrupción en el transporte aéreo, lo ubica entre los más significativos de los últimos años. La acumulación superior a los 60 centímetros en varios puntos refleja la potencia del sistema, que aún podría dejar efectos residuales en las próximas jornadas.
Las compañías aéreas trabajan contrarreloj para reprogramar vuelos y reubicar pasajeros, aunque el restablecimiento total de las operaciones podría demorar varios días. Las tareas de despeje de pistas, calles y accesos demandan maquinaria pesada y operativos permanentes, en medio de temperaturas que dificultan el derretimiento natural de la nieve.
En paralelo, los servicios de energía monitorean posibles cortes, ya que la combinación de viento fuerte y nieve acumulada sobre cables y árboles puede provocar interrupciones en el suministro. Cuadrillas de emergencia permanecen en alerta para responder ante cualquier contingencia.
El temporal también reaviva el debate sobre infraestructura y preparación ante fenómenos extremos, en un contexto de variabilidad climática creciente. Si bien la región cuenta con experiencia en la gestión de nevadas, eventos de esta intensidad ponen a prueba la capacidad de respuesta y la coordinación entre distintos niveles de gobierno.
Por ahora, la prioridad es garantizar la seguridad de la población y restablecer gradualmente la normalidad. Con más de 40 millones de personas bajo algún tipo de alerta por tormenta de nieve o ventisca, el noreste estadounidense atraviesa horas decisivas, mientras la nieve continúa marcando el pulso de una de las ciudades más emblemáticas del mundo.