El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, volvió a sacudir el tablero internacional al afirmar que evalúa una eventual “toma de control amistosa” de Cuba, en un contexto de fuerte crisis energética en la isla y de tensiones diplomáticas que se profundizan. La declaración, realizada ante periodistas en la Casa Blanca, abrió interrogantes sobre el alcance real de esa idea y encendió alertas en la región.
“Ellos no tienen nada ahora, pero están hablando con nosotros y tal vez podamos hacer una toma amistosa de Cuba”, sostuvo el mandatario, sin brindar mayores precisiones sobre si se refería a un acuerdo político, económico o a una estrategia más amplia de influencia sobre el país caribeño. La frase se conoció mientras Washington ajusta su política hacia La Habana, combinando sanciones con medidas puntuales para aliviar la crisis que atraviesa el sector privado cubano.
El planteo llega en un momento delicado para Cuba, que enfrenta apagones prolongados, falta de combustible, caída del transporte público y dificultades en servicios básicos. El sistema energético funciona con severas limitaciones y la escasez impacta de lleno en la vida cotidiana. En ese marco, la Casa Blanca anunció que permitirá la venta de petróleo y gas siempre que estén destinados exclusivamente a actores privados, sin beneficiar al Estado ni a las Fuerzas Armadas.
La autorización se canaliza a través de la Oficina de Control de Activos Extranjeros, que estableció condiciones estrictas: el combustible no podrá llegar a dependencias oficiales ni a empresas vinculadas al aparato militar. La medida también contempla la posibilidad de que compañías estadounidenses revendan crudo de origen venezolano al sector privado cubano, luego de haber bloqueado envíos directos desde Caracas al gobierno de la isla.
El endurecimiento de las sanciones y la flexibilización parcial para privados muestran una estrategia dual: presión política sobre el Estado cubano y alivio acotado a emprendedores y pequeños empresarios. En la práctica, la crisis energética sigue siendo uno de los ejes centrales del conflicto bilateral.
En Argentina, donde la política exterior de Estados Unidos suele tener impacto en los mercados y en la agenda diplomática regional, las declaraciones de Trump no pasaron desapercibidas. Analistas internacionales señalan que cualquier movimiento sobre Cuba puede reconfigurar alianzas en América Latina, especialmente en un escenario atravesado por debates sobre energía, comercio y relaciones con potencias como China y Rusia.
Pero la isla no fue el único foco de tensión en la jornada. Trump también se refirió a la situación con Irán y dejó abierta la posibilidad de una acción militar si no prosperan las negociaciones por el programa nuclear. Si bien aclaró que no tomó una “decisión final”, admitió su malestar por la falta de avances.
Washington sostiene que su prioridad es impedir que Teherán acceda a armas nucleares, algo que el gobierno iraní niega de manera reiterada. Las conversaciones diplomáticas continúan, aunque el clima es cada vez más incierto y la retórica se endurece.
En paralelo, Estados Unidos recomendó al personal no esencial de su embajada en Jerusalén abandonar Israel ante el riesgo de una escalada. La advertencia coincidió con movimientos similares de otros países y con un despliegue militar significativo en la región.
Entre los activos enviados se encuentra el portaaviones USS Gerald R. Ford, considerado el más grande del mundo, que se dirige hacia el Mediterráneo oriental. El despliegue incluye además otro grupo aeronaval, en lo que representa uno de los movimientos militares más importantes de las últimas décadas en esa zona estratégica.
El secretario de Estado, Marco Rubio, tiene previsto mantener reuniones para abordar las prioridades regionales, con Irán como tema central. La agenda incluye la coordinación con aliados y la evaluación de escenarios posibles si fracasan las instancias diplomáticas.
El cruce de frentes —Cuba por un lado, Irán por otro— muestra una política exterior estadounidense marcada por la presión y la imprevisibilidad. La mención a una “toma amistosa” de la isla remite inevitablemente a décadas de enfrentamientos, embargo económico y tensiones ideológicas que marcaron la relación bilateral desde la Guerra Fría.
En el plano energético, la crisis cubana expone la fragilidad estructural de su matriz de generación, dependiente en gran medida de combustibles importados y con infraestructura envejecida. Los cortes de luz, que en algunos casos se extienden durante horas, repercuten en la actividad comercial, la producción de alimentos y el funcionamiento de hospitales.
La apertura limitada a la importación de petróleo y gas para privados busca, según la Casa Blanca, evitar un agravamiento humanitario sin fortalecer al aparato estatal. Sin embargo, especialistas advierten que el impacto real podría ser acotado si no se resuelven problemas estructurales de distribución y financiamiento.
La situación también repercute en el tablero latinoamericano. Países de la región siguen con atención cualquier giro en la relación entre Washington y La Habana, conscientes de que puede influir en acuerdos comerciales, cooperación en seguridad y posicionamientos diplomáticos en foros internacionales.
En el caso argentino, la política hacia Cuba y Estados Unidos suele tener lectura interna y externa. Las decisiones de la Casa Blanca pueden incidir en el clima financiero global y, por arrastre, en variables sensibles como el dólar, el comercio exterior y las inversiones. Por eso, cada declaración del presidente estadounidense es analizada con lupa por economistas y dirigentes políticos.
Por ahora, la “toma de control amistosa” quedó en el terreno de la ambigüedad. No hay detalles concretos ni pasos formales que indiquen un cambio inmediato de estatus. Sin embargo, la sola mención de esa posibilidad introduce un elemento nuevo en una relación históricamente conflictiva.
Mientras tanto, el frente con Irán mantiene en vilo a Medio Oriente y suma incertidumbre a un escenario internacional ya atravesado por conflictos abiertos y tensiones geopolíticas crecientes. Con dos crisis simultáneas en agenda, la administración Trump vuelve a colocarse en el centro de la escena global, con decisiones que podrían tener impacto mucho más allá de sus fronteras.