El gobierno de Javier Milei atraviesa una paradoja que, sorpresivamente, le estalló en la cara: prometió dinamitar el viejo orden dominado por “la casta”, pero ya empieza a ser percibido como un engranaje más de aquello que juró destruir. No desde una lógica de antinomias ideológicas clásica, sino desde los sucesos concretos y repetidos de corrupción que se acumulan en estos dos años de gobierno libertario.
El principal sostén pragmático del mileismo es incómodo para el propio relato del presidente: un gasto significativo alto orientado a contención social que claramente contradice su narrativa de ajuste extremo. Lejos de una motosierra despiadada, el Estado sigue siendo un actor clave para evitar el estallido producto del congelamiento ya casi total de la microeconomía nacional. Planes, asistencia y transferencias continúan funcionando como una cada más amplia red de contención social. El discurso libertario choca con la realidad: sin ese gasto, el modelo no cierra socialmente. Es por eso mismo que los impuestos verdaderamente perjudiciales, llamados “regresivos” nunca bajaron. El mileismo extiende la costumbre recaudatoria de los gobiernos anteriores.
El segundo patrón de contención es el dólar barato. Esta política, sostenida artificialmente según un amplio consenso de expertos, genera una transferencia silenciosa hacia los sectores de mayores ingresos. Viajar al exterior, consumir en moneda dura y acceder a bienes dolarizados vuelve a ser privilegio de una minoría que capitaliza la estabilidad cambiaria en su favor. Mientras tanto, la economía real sigue tensionada, con sectores productivos que pierden competitividad y márgenes cada vez más finos. El cierre de industrias y comercios está a la orden del día, multiplicando el desempleo real.
El punto crítico, sin embargo, es la clase media. Es ahí donde se juega la verdadera sostenibilidad del modelo, y no por la merma en la recaudación a la que los del medio son sometidos, sino por algo mucho peor, algo irrecuperable: la fe. Golpeada por la pérdida de poder adquisitivo, el aumento de tarifas y la presión impositiva indirecta, aún sostiene una expectativa: la posibilidad de un país distinto, sin corrupción estructural. Esa esperanza fue, desde el inicio, el principal capital político del gobierno. El cheque en blanco que los sufragantes que confiaron en Milei le otorgaron en noviembre del 2023.
Y es precisamente ese activo el que hoy comienza a erosionarse a una velocidad acorde a los tiempos que corren. El mileismo dilapidó en los últimos meses su ventaja moral. Las investigaciones y denuncias en torno a José Luis Espert, el caso $Libra, las coimas en el ANDIS y los cuestionamientos que salpican al otrora impoluto jefe de Gabinete, Manuel Adorni, ya no pueden ser desestimados como “falsas operaciones políticas”, simplemente son hechos reales que suceden. Son señales de alerta que impactan directamente en la credibilidad del proyecto y que, además, tendrán consecuencias en la justicia al corto plazo.
El problema no es solo la existencia de estos casos, sino la contradicción con el discurso fundacional. Milei no llegó al poder solo por una propuesta económica eficazmente ortodoxa, sino que lo hizo mediante una promesa ética: terminar con los privilegios de “la casta”, la opacidad del estado y la corrupción estructural. Cuando esa promesa se debilita, todo el edificio político empieza a tambalear. Pudimos ser testigos directos de esto en las últimas semanas.
Sin embargo, y a pesar de todo esto, el gobierno se sostiene e intenta mostrar fortaleza ¿Por qué? Porque enfrente no hay nada. La sociedad argentina ya descartó el pasado como opción viable. Este punto es contantemente repetido por los sondeos de opinión más certeros en los últimos años. El rechazo a las fórmulas tradicionales sigue siendo alto y eso le otorga a Milei un margen de supervivencia que, en otro contexto, sería impensable. En gran medida, es la propia oposición la que pareciera jugar en favor del presidente argentino.
Pero, así y todo, es importante recordar que esa ventaja es transitoria. No es un cheque en blanco, es solo parte de los procesos de renovación y opera más como una prórroga coyuntural que como una realidad perenne. La historia reciente demuestra que la paciencia social tiene límites claros, especialmente cuando el ajuste recae de manera desproporcionada sobre quienes sostienen el sistema: esa clase media pendular que es capaz de votar a Mauricio Macri y a los cuatro años darle la misma confianza a Alberto Fernández. La clase media vota con el bolsillo, pero también con esperanza. Y cuando detecta corrupción, pierde instantáneamente la fe en quien sea.
El gobierno de Milei enfrenta, entonces, un desafío más profundo que cualquier variable de la lógica económica. No se trata solo de bajar la inflación o equilibrar las cuentas públicas. Se trata de sostener coherencia entre lo que se dijo y lo que se hace. Porque cuando esa coherencia se rompe, el relato pierde fuerza y la realidad empieza a notarse, y en Argentina, cuando la realidad se percibe lo hace sin anestesia y de forma violenta.