El presidente Javier Milei mantuvo este miércoles un encuentro en la Casa Rosada con Ariel y David Cunio, los hermanos argentinos que permanecieron más de dos años en cautiverio tras ser secuestrados por Hamás durante el ataque del 7 de octubre de 2023 al kibutz Nir Oz, en el sur de Israel. La reunión marcó el primer contacto personal entre el mandatario y los exrehenes desde su liberación.
El encuentro se extendió por algo más de media hora y se dio en un clima de reserva, atravesado por el peso de una experiencia extrema que dejó huellas profundas tanto a nivel personal como familiar. Los hermanos Cunio estuvieron acompañados por Leah Soibel, directora de la agencia Fuente Latina, quien siguió de cerca el proceso de visibilización internacional del caso.
Desde el entorno presidencial se indicó que la liberación de Ariel y David, concretada en octubre de 2025, se produjo en el marco de negociaciones diplomáticas vinculadas a los acuerdos de paz impulsados por el entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Los hermanos formaron parte de uno de los últimos grupos de cautivos en recuperar la libertad.
El secuestro de los Cunio fue parte de un ataque que tuvo consecuencias devastadoras para la comunidad argentina residente en Israel. En total, 21 ciudadanos argentinos fueron capturados por Hamás, cinco perdieron la vida y 16 lograron sobrevivir al cautiverio. Dentro de ese cuadro, la familia Cunio fue una de las más golpeadas: ocho de sus integrantes fueron secuestrados durante el asalto al kibutz.
Entre ellos se encontraban las mellizas Emma y Yuli, que recuperaron la libertad pocas semanas después del ataque inicial. Con el paso de los meses y tras complejas negociaciones, todos los miembros de la familia lograron salir con vida. Ariel y David permanecieron cautivos hasta el final, junto a otro argentino, Eitan Horn, liberado en la misma etapa.
Luego de su regreso, David Cunio brindó detalles sobre las condiciones extremas en las que permanecieron detenidos. Relató largos períodos de encierro en viviendas y hospitales, traslados constantes y estadías en túneles subterráneos, además de una alimentación mínima y una fuerte privación sensorial. “Hubo momentos en los que nos daban apenas 250 mililitros de agua y media pita por día. Estábamos a oscuras y se escuchaban los estómagos de la gente”, contó.
Además de las carencias físicas, los exrehenes denunciaron prácticas sistemáticas de manipulación psicológica. Según relataron, los captores difundían información falsa sobre el destino de sus familias con el objetivo de quebrar su resistencia emocional y generar desesperanza. Esa presión constante fue una de las marcas más duras del cautiverio.
Dentro de esa historia familiar atravesada por la violencia, el caso de Esther Cunio adquirió una fuerte carga simbólica. La mujer logró evitar el secuestro al manifestar, en medio del caos del ataque, su admiración por Lionel Messi, un gesto que se transformó en emblema de supervivencia y fue replicado en campañas internacionales que exigían la liberación de los rehenes.
La reunión en Casa Rosada se inscribe en una línea de posicionamiento político que Milei viene sosteniendo desde el inicio de su gestión en relación con el conflicto en Medio Oriente. En 2025, durante una visita oficial a Israel, el Presidente se reunió con familiares de secuestrados, brindó un discurso ante la Knéset y recibió el Premio Génesis, un reconocimiento internacional por su postura frente al terrorismo y el antisemitismo.
En esa misma gira, Milei firmó junto al primer ministro Benjamin Netanyahu el Memorándum por la Democracia y la Libertad contra el Terrorismo y el Antisemitismo, y anunció la decisión de trasladar la Embajada Argentina a Jerusalén en 2026, una definición que generó impacto tanto a nivel diplomático como político.
El encuentro con Ariel y David Cunio refuerza ese alineamiento y pone en primer plano el costado humano de un conflicto que, más allá de las definiciones geopolíticas, dejó historias personales marcadas por el dolor, la resistencia y la supervivencia. Para los hermanos, la reunión significó un cierre simbólico de una etapa atravesada por el horror; para el Gobierno, una señal política clara en materia de derechos humanos y política exterior.