En los primeros siete meses de 2026 la economía argentina mostró un panorama de relativa calma en el frente nominal. La inflación, que había tocado un pico del 3,4 por ciento en marzo, logró desacelerarse de manera consistente. Al mismo tiempo, el tipo de cambio se mantuvo estable y el Banco Central pudo acumular reservas por más de 11.000 millones de dólares. Esa combinación generó una sensación de alivio después de años de volatilidad extrema. Sin embargo, debajo de esa superficie de orden macroeconómico empiezan a asomar tensiones que no se resuelven con números de inflación o de reservas.
La actividad económica crece, pero lo hace de forma despareja. El consumo privado, que históricamente representó alrededor del 56 por ciento de la demanda agregada, hoy explica cerca del 60 por ciento. En cambio, la inversión retrocedió del 15 al 13 por ciento. Ese desbalance no es casual. Con un tipo de cambio que se apreció en términos reales, comprar bienes importados resulta más barato y más atractivo que producirlos localmente o invertir en ampliar la capacidad productiva. El peso, tras las devaluaciones del año pasado, volvió a ganar terreno. Solo en los primeros cuatro meses de 2026 el tipo de cambio real se apreciÓ un 13,6 por ciento y quedó apenas un 6 por ciento por encima del nivel que tenía antes del salvataje del Fondo Monetario Internacional y del cambio de gobierno de diciembre de 2023.
Esa apreciación ayudó a moderar los precios y a sostener el poder de compra de los salarios en el corto plazo. Pero al mismo tiempo golpeó de lleno a los sectores que compiten con el exterior. La cuenta corriente del balance cambiario del Banco Central ya registró un déficit de 1.122 millones de dólares en el primer trimestre. Exportar o sustituir importaciones se volvió más difícil. La lógica del esquema actual privilegia el consumo por sobre la producción, y eso se nota en la estructura del crecimiento.
La industria manufacturera es el termómetro más claro de este deterioro. Desde septiembre de 2023 se perdieron cerca de 81.000 puestos de trabajo en el sector. De ese total, 48.000 se destruyeron en el último año y concentran casi la mitad de toda la caída interanual del empleo privado registrado. La actividad industrial, por su parte, acumuló variaciones negativas en 29 de los últimos 31 meses. No se trata de un fenómeno aislado ni de un problema coyuntural. Es el resultado previsible de un tipo de cambio que abarata las importaciones y erosiona la rentabilidad de quienes fabrican bienes que se pueden traer del exterior o que se destinan a la exportación.
El mercado laboral en general también muestra señales de fragilidad. Ya no se trata solo de la cantidad de empleos, sino de la calidad y de la capacidad de esos puestos para garantizar ingresos suficientes. El salario mínimo, vital y móvil acumula una caída real del 39,7 por ciento desde noviembre de 2023 y se ubica, en términos constantes, por debajo del nivel que tenía en 2001, antes del estallido de la convertibilidad. Para muchos trabajadores que no consiguen un puesto registrado, la opción no es el desempleo abierto sino la informalidad. En el primer trimestre de 2026 el 44,2 por ciento de los ocupados trabajaba en condiciones informales. Entre los asalariados esa proporción llegó al 37,9 por ciento, el valor más alto desde 2007.
La informalidad no es un dato menor. Tiene consecuencias directas sobre los ingresos y sobre la pobreza. Hacia fines de 2025 un trabajador informal percibía, en promedio, un salario 33 por ciento inferior al de un formal con las mismas características de edad, sexo, rama de actividad y tamaño de empresa. Esa diferencia se traduce en condiciones de vida: el 34 por ciento de los informales vivía en hogares pobres, frente al 10 por ciento de los formales. Tener un trabajo dejó de ser garantía de salir de la pobreza.
El esquema que sostiene la calma cambiaria de estos meses y el deterioro del mercado laboral no son dos historias separadas. Son la misma dinámica vista desde ángulos distintos. Un tipo de cambio apreciado favorece el consumo, contiene la inflación y genera sensación de estabilidad. Pero al mismo tiempo debilita la competitividad de la industria, desalienta la inversión y empuja a una parte creciente de la fuerza laboral hacia la informalidad. La economía puede llegar a diciembre con una inflación más baja y un dólar relativamente estable. La pregunta que queda abierta es cuánto de esa estabilidad podrá mantenerse si sigue apoyándose sobre una pérdida persistente de competitividad, una inversión que no arranca y un mercado de trabajo cada vez más precario.
En un año electoral como este, el debate sobre la economía argentina suele polarizarse entre quienes destacan los logros del frente nominal y quienes advierten sobre los costos productivos y sociales. Los datos muestran que ambos fenómenos conviven. La desaceleración de la inflación y la acumulación de reservas son hechos concretos. También lo son la caída del empleo industrial, el retroceso del salario mínimo en términos reales y el avance de la informalidad. La estabilidad macroeconómica puede sostenerse durante un tiempo, pero cuando comienza a erosionar los fundamentos que la hacen posible —la capacidad de producir, de invertir y de generar empleo de calidad—, la discusión deja de centrarse en cuánto dura y pasa a enfocarse en qué precio se está pagando por mantenerla.
El consumo sigue siendo el motor principal. Eso explica en parte por qué la actividad no se desplomó a pesar de las tensiones. Sin embargo, un crecimiento basado casi exclusivamente en el consumo tiene límites evidentes. Sin una recuperación de la inversión y sin una mejora en la competitividad de los sectores transables, el margen para seguir expandiendo la demanda se reduce. Al mismo tiempo, un mercado laboral con casi la mitad de los ocupados en la informalidad y con salarios mínimos en niveles históricamente bajos dificulta cualquier proceso de recuperación sostenida del poder adquisitivo.
La industria, que históricamente funcionó como generadora de empleo formal y de eslabonamientos productivos, atraviesa una etapa de debilidad prolongada. Treinta y un meses con apenas dos variaciones interanuales positivas no es un accidente estadístico. Es el reflejo de un esquema de precios relativos que favorece a los importadores y castiga a los productores locales. Recuperar competitividad no se resuelve de un día para el otro, pero tampoco se puede ignorar indefinidamente si se pretende que el crecimiento tenga bases más sólidas.
Hacia diciembre, entonces, la economía argentina llega con un frente nominal más ordenado que en años anteriores, pero con una economía real que muestra signos claros de fatiga. La inflación más baja y el dólar relativamente quieto son logros que la sociedad valora. La pregunta que queda pendiente es si esa calma podrá consolidarse sin que se profundice el deterioro del empleo, de la industria y de la capacidad de generar ingresos suficientes para gran parte de la población. Porque la estabilidad macroeconómica no es un fin en sí mismo: es una herramienta. Y cuando esa herramienta empieza a minar los cimientos productivos y laborales sobre los que debería construirse el crecimiento, el costo de sostenerla se vuelve cada vez más evidente.