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DEBATE SOBRE RELIGIÓN

Salta demonizada: el demonio como argumento frente a una sociedad que busca nuevas formas de creer y sanar

Una conferencia sobre la supuesta acción del demonio puso en discusión el vínculo entre la Iglesia Católica y las terapias holísticas que cada vez tienen mayor presencia en Salta.

Salta demonizada: el demonio como argumento frente a una sociedad que busca nuevas formas de creer y sanar

Hay conferencias que terminan cuando el expositor pronuncia la última palabra. Y hay otras que continúan mucho después, cuando quienes estuvieron presentes comienzan a preguntarse qué hay detrás de aquello que escucharon.

Eso ocurrió después de la charla abierta “La acción extraordinaria del demonio”, realizada este viernes en la Parroquia de la Santa Cruz de Salta y encabezada por el presbítero y licenciado Loyola Pinto de Sancristóval, presentado como exorcista de la Arquidiócesis de Salta.

Durante casi dos horas, el sacerdote expuso la posición de la Iglesia Católica frente a distintas prácticas espirituales y terapias alternativas que forman parte, desde hace años, de las búsquedas personales de numerosas personas. Entre ellas mencionó las Constelaciones Familiares, la Biodescodificación, el Reiki, los Registros Akáshicos, las limpiezas energéticas, el chamanismo, el yoga y diferentes formas de lectura oracular.

El punto que generó mayor controversia fue la asociación planteada durante la exposición entre esas prácticas y la acción del demonio o de Lucifer. Desde esa mirada, algunas de estas experiencias espirituales podrían representar un alejamiento de la doctrina católica y, según la gravedad atribuida a cada caso, requerir incluso una intervención de carácter religioso.

La Iglesia Católica tiene, naturalmente, el derecho de establecer cuáles son las prácticas que considera compatibles o incompatibles con su doctrina. También tiene la potestad de transmitir esas enseñanzas a sus fieles. El debate comienza cuando esa posición doctrinaria deja de limitarse a explicar una diferencia religiosa y pasa a definir, descalificar o etiquetar a quienes eligen otros caminos espirituales.

Y en una provincia como Salta, esa discusión adquiere una dimensión particular.

La religión católica ocupa un lugar histórico y cultural profundamente arraigado en la sociedad salteña. Está presente en las celebraciones populares, en las familias, en las tradiciones y en acontecimientos que forman parte de la identidad provincial. Por eso, las palabras pronunciadas por representantes de la Iglesia muchas veces exceden el ámbito estrictamente religioso y generan repercusiones en la conversación social.

La pregunta, entonces, no es solamente qué piensa la Iglesia sobre el Reiki, las Constelaciones Familiares, los Registros Akáshicos o las Runas. La pregunta es por qué tantas personas están recurriendo a esos espacios y qué encuentran allí que consideran valioso para sus propias vidas.

No alcanza con responder que están equivocadas.

Tampoco sería serio afirmar que todas estas prácticas funcionan de la misma manera o que poseen respaldo científico. Cada disciplina tiene características, fundamentos y niveles de evidencia diferentes, y corresponde que quienes las ofrecen sean responsables respecto de aquello que prometen. Del mismo modo, una persona tiene derecho a informarse y decidir libremente qué experiencias quiere incorporar a su vida.

Ese matiz es importante.

Una cosa es advertir sobre los límites de una práctica, cuestionar sus fundamentos o señalar que determinada terapia carece de evidencia científica suficiente. Otra muy diferente es convertir la elección de una persona en una batalla entre el bien y el mal.

Durante la conferencia, el tono osciló en distintos momentos entre lo humorístico, lo jocoso y la advertencia. Para quienes escuchamos desde afuera de la lógica doctrinaria de la Iglesia, algunas de esas afirmaciones resultaron difíciles de escuchar sin preguntarnos qué hay detrás de esta necesidad de colocar al demonio en el centro del debate.

Porque quizás el verdadero tema no sea el demonio.

Quizás el verdadero tema sea la política espiritual.

La sociedad salteña, como ocurre en buena parte de la Argentina y del mundo, está modificando sus formas de relacionarse con la espiritualidad. Algunas personas permanecen dentro de las religiones tradicionales. Otras se alejan de ellas. Algunas combinan prácticas de distintas tradiciones. Hay quienes encuentran respuestas en la meditación, el yoga, las terapias holísticas o diferentes experiencias de espiritualidad. También están quienes no creen en ninguna religión.

Todo eso forma parte de una sociedad plural.

Y esa transformación no puede explicarse únicamente por un supuesto vaciamiento de las iglesias. Sería una conclusión demasiado sencilla para un fenómeno mucho más complejo. Las nuevas formas de espiritualidad están relacionadas con cambios culturales, sociales, generacionales y personales.

Las personas buscan respuestas para el dolor, la incertidumbre, los vínculos, las pérdidas, la ansiedad, el sentido de la vida y tantas otras situaciones que atraviesan la experiencia humana. Algunas encuentran esas respuestas en la religión. Otras las buscan en espacios diferentes.

Que alguien encuentre alivio o significado en una determinada práctica no significa necesariamente que haya abandonado su fe.

Tampoco significa que haya establecido un pacto con fuerzas oscuras.

Ese es, justamente, uno de los puntos que considero necesario discutir.

Históricamente, las instituciones religiosas tuvieron un papel determinante a la hora de establecer qué prácticas eran aceptables y cuáles debían ser rechazadas. La figura de la “bruja” y la persecución de quienes eran consideradas portadoras de saberes prohibidos forman parte de una historia compleja en la que también existió una fuerte estigmatización de mujeres vinculadas a conocimientos populares sobre plantas, cuidados y prácticas de sanación.

Hoy el contexto es completamente diferente. Sin embargo, determinadas formas de descalificación pueden recordar aquellos mecanismos de exclusión: aquello que no pertenece al propio sistema de creencias es presentado como peligroso, equivocado o incluso maligno.

No cuestiono que la Iglesia sostenga esa posición. Cuestiono que esa posición pretenda convertirse en una definición sobre quienes están afuera de ella.

Y mi mirada sobre este tema tampoco pretende ser neutral.

Durante más de 35 años transité este universo desde distintos lugares. Soy diseñador y periodista de oficio y también me considero terapeuta holístico. Me formé y trabajo con Mediumnidad, Constelaciones Familiares, Reiki, Runas y Registros Akáshicos. A lo largo de ese recorrido acompañé a cientos de personas y conocí historias muy diferentes.

Por eso me resultó imposible escuchar determinadas afirmaciones y permanecer indiferente.

No hice ningún pacto con el demonio. No vivo con un demonio. No necesito un exorcismo.

Y las personas que llegaron durante todos estos años a buscar acompañamiento tampoco lo hicieron buscando una puerta hacia el mal.

Llegaron buscando algo.

Una explicación. Una orientación. Una experiencia. Una guía. Una manera diferente de comprender aquello que estaban atravesando.

Algunas encontraron respuestas. Otras encontraron nuevas preguntas. Y muchas, simplemente, encontraron un espacio para ser escuchadas.

No pretendo convencer a nadie de que las terapias holísticas son la respuesta. Tampoco pretendo que una persona abandone su religión o sus creencias. Mucho menos niego el derecho de la Iglesia Católica a sostener sus convicciones.

Lo que defiendo es algo bastante más sencillo: el derecho de una persona a buscar sin ser descalificada por hacerlo.

Si una determinada práctica no forma parte de la doctrina católica, puede decirse. Si una disciplina no posee evidencia científica suficiente para respaldar determinadas afirmaciones, también puede explicarse. Si existen riesgos, corresponde advertirlos.

Pero llamar “satánico”, “demoníaco” o “pseudoterapeuta” a quien transita otro camino espiritual no genera necesariamente un diálogo. Puede, por el contrario, profundizar la distancia.

Y allí aparece una pregunta que considero mucho más interesante: ¿qué significa hoy salir al encuentro de la sociedad?

Durante el pontificado de Francisco hubo una insistencia constante en la necesidad de una Iglesia capaz de salir de sí misma, abandonar la comodidad de sus estructuras y acercarse a las personas. No solamente físicamente, sino también desde la escucha.

Salir al encuentro implica escuchar.

Y escuchar significa aceptar que quizás las respuestas que una institución tiene para ofrecer ya no alcanzan para todas las personas.

La Iglesia puede defender su doctrina. Un terapeuta puede explicar su mirada. Un científico puede cuestionar una práctica por falta de evidencia. Un creyente puede defender su fe. Y una persona puede decidir libremente qué camino quiere recorrer.

Es posible que todos esos discursos convivan.

Lo que no necesitamos es convertir cada diferencia en una guerra espiritual.

Porque cuando una institución observa que las personas comienzan a acercarse a otros espacios y su primera reacción es señalar allí la presencia del demonio, existe el riesgo de que la discusión deje de tratar sobre las prácticas y comience a tratar sobre el control de un territorio mucho más profundo: el territorio de las creencias.

Ninguna institución debería considerarse propietaria de la espiritualidad de una sociedad.

La fe pertenece a quien la profesa.

La búsqueda también.

Salta está cambiando. Como cambia la Argentina. Como cambia el mundo.

Y una sociedad que cambia también modifica sus maneras de creer, de sanar, de relacionarse con lo espiritual y de encontrar respuestas. Pretender detener ese proceso mediante la descalificación probablemente sea menos efectivo que intentar comprenderlo.

Quizás el verdadero desafío para las instituciones religiosas no sea perseguir aquello que consideran equivocado, sino preguntarse por qué tantas personas sienten curiosidad por otros caminos.

No se trata de reemplazar una verdad por otra.

Se trata de aceptar que ya no todos buscan en el mismo lugar.

En una sociedad plural, la independencia de creer debe convivir con la libertad de no creer. La posibilidad de permanecer dentro de una religión debe convivir con la posibilidad de explorar otros espacios. Y la libertad de cuestionar una práctica debe coexistir con el derecho de otra persona a ejercerla responsablemente.

Después de más de 35 años de transitar este camino, puedo decirlo con absoluta tranquilidad: nunca necesité al demonio para acompañar a una persona en su búsqueda.

Detrás de cada consulta, de cada terapia y de cada historia encontré personas buscando respuestas.

Y también encontré algo que ninguna discusión doctrinaria puede borrar: seres humanos intentando sentirse mejor, comprender lo que les pasa y encontrar un poco de sentido en medio de sus propias circunstancias.

Durante todos estos años di muchas respuestas.

Y recibí muchas gracias.

Gracias, gracias, gracias.

Quizás ese sea, después de todo, el verdadero debate que quedó abierto tras aquella conferencia en la Santa Cruz: no si el demonio existe o qué lugar ocupa dentro de la doctrina católica, sino si una sociedad puede construir su propia espiritualidad sin que nadie le diga cuál es la única manera legítima de hacerlo.

Yo sigo recorriendo la mía.

Javier Verón 

Fuente: Hora7radial


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