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El sindicato del fracaso copó Diputados

Kirchneristas, izquierda, peronismo cordobés, un sector radical y de la Coalición Cívica se juntaron por primera vez para frenar al Presidente. Los une un programa que ya se probó: más Estado, más regulación y menos libertad económica.

El sindicato del fracaso copó Diputados

En la Argentina hay gremios para casi todo. Camioneros, docentes, estatales, mozos, pilotos. Ahora aparece uno nuevo, aunque no se anote en el Ministerio de Trabajo: el sindicato del fracaso. 

Sus integrantes se mostraron juntos esta semana en el Congreso. Están Germán Martínez, que lidera el bloque kirchnerista; Myriam Bregman y Nicolás del Caño por la izquierda; Pablo Juliano, del radicalismo; Natalia de la Sota, del peronismo cordobés; Hugo Yasky, de la CTA; Natalia Zaracho, cercana a Grabois; Horacio Pietragalla, de La Cámpora; Victoria Tolosa Paz; y Maximiliano Ferraro, de la Coalición Cívica. Un arco que va del kirchnerismo duro a un pedazo del radicalismo y de la Coalición, pasando por la izquierda trotskista y el peronismo de Córdoba. 

Nunca se habían sentado todos en la misma mesa con tanta claridad. El pegamento es el espanto a Javier Milei. Pero también hay un programa en común, aunque lo digan con distintas palabras: emisión, regulación fuerte, expropiaciones cuando haga falta y el regreso de herramientas que ya se usaron y dejaron el país hecho un desastre. 

Se parece, y mucho, a aquella Alianza de los noventa. Radicales y FREPASO se juntaron para frenar a Menem. Había de todo: De la Rúa, Alfonsín, Chacho Álvarez, Fernández Meijide. Terminó como terminó. La historia, dicen, ocurre dos veces: primero como tragedia y después como farsa. Esta versión actual del rechazo al Presidente tiene todos los ingredientes de la segunda. 

¿Qué los une además del odio a La Libertad Avanza? La defensa de la emisión monetaria como herramienta política. El gusto por la regulación que asfixia. La tentación de la expropiación. La confrontación permanente. La viveza criolla elevada a método de gobierno. No hace falta inventar nada: lo dijeron ellos mismos. Ricardo Quintela habló de expropiar “lo que sea necesario”. Máximo Kirchner anticipó que, cuando vuelvan, la primera medida será subir Bienes Personales. 

Esta semana se vieron las caras públicamente. Kirchnerismo, izquierda, peronismo cordobés, un sector radical, un pedazo de la Coalición Cívica y algunos exlibertarios resentidos. Ahí está la piedra basal de lo que pretenden armar de cara al año que viene. El sindicato del riesgo país en versión parlamentaria.  Los discursos acompañan. Groseros, ordinarios, chabacanos. Seis millones de pesos por mes para que alguien se ponga a contar historietas de Hijitus mientras el país discute de verdad. Es precario, limitado, mediocre. 

Y encima aparece otra vez la idea de meter mano en el Banco Central. No es novedad. Ya se vio cuando se echó a un presidente de la entidad para disponer de las reservas. Eso no es política monetaria. Es confiscar la plata de los argentinos para financiar lo que el Estado no puede sostener de otra forma. 

¿Por qué tanto nerviosismo? ¿Por qué tanta agresividad? Porque perdieron el control del Congreso. Durante años hicieron lo que quisieron. De golpe, un partido que empezó chico —con poco más de tres docenas de diputados y un puñado de senadores— sacó en dos años y medio la Ley Bases, la boleta única de papel, la suspensión de las PASO, el juicio en ausencia, la ley de reincidencia, el Presupuesto 2026, el nuevo régimen penal juvenil, la reforma laboral, la ley de glaciares, la reforma del Banco Central y la inocencia fiscal. 

Hay que imaginarse a quienes manejaban el Congreso como escribanía sufriendo derrota tras derrota. Por eso la sesión de anoche terminó en quilombo. Son malos perdedores. No saben bancarse el resultado. Cuando pierden, arman lío. Ya se vio con las toneladas de piedras en otra época. Ya se vio cuando desenchufaron al taquígrafo. Ya se vio cuando no se quiso entregar la banda presidencial. Ya se vio cuando se atacaron estudios de televisión. Y ahora, con Cristina bajo prisión domiciliaria, aparece la compra del piso de abajo en el mismo edificio. 

Es la trampa convertida en método. Sale una norma para limitar la reelección indefinida de intendentes y el tipo pone a la esposa. No tienen candidatos y inventan las candidaturas testimoniales. Se aburren en un departamento y compran el de abajo. Se burlan de la ley y encima se jactan. “Somos vivos”, “somos pícaros”, “somos cancheros”. El culto a la viveza criolla que tanto daño le hizo al país.  Tener enfrente una oposición tan berreta no puede conformar a nadie que pretenda gobernar en serio. La vara no puede ser lo malo que está del otro lado. 

En las últimas horas se generó debate por una frase de Alejandro Fantino sobre los dos trabajos. No es personal. Es de ideas. ¿Es normal en el mundo tener que laburar en dos o tres lugares para llegar a fin de mes? La verdad que no. El horizonte razonable es poder vivir con un sueldo digno, no destinar catorce o dieciséis horas al día a sobrevivir. 

Pensemos el día de alguien que arranca a las seis de la mañana, hace su jornada, cobra un sueldo que no alcanza, vuelve a casa, se sube a un Uber o a una moto de delivery o agarra una changa, suma otras cinco horas, llega a las once de la noche agotado, sin tiempo para la familia, sin ver un partido, sin un asado, sin charlar con la pareja, sin mirar una película, sin descansar. Tiene que dormirse rápido para repetir al día siguiente. Es la vida del hámster en la rueda. No es calidad de vida. 

Acá siempre vamos a bancar el trabajo, el mérito, la educación, el orden y el progreso. Menos planes y menos asistencialismo eterno. Pero una cosa es un capitalismo sano con sueldos que permitan vivir y otra es enloquecerse para llegar a fin de mes. El problema de fondo no es solo la deuda. Son los salarios. La gente se endeudó porque los sueldos quedaron muy atrás. 

No es nuevo. La misma Cristina, cuando era vicepresidenta, reconoció que se habían generado trabajadores pobres. El gobierno de Alberto y Cristina dejó salarios miserables. El deterioro viene de lejos.  Por eso no es casual que el Gobierno empiece a mostrar algo de pragmatismo a medida que se acercan las elecciones. Hay que mover la economía. Sin crédito no hay movimiento. Sin movimiento no hay consumo. Sin consumo se pierde. Y si se pierde, vuelve el populismo. Y si vuelve el populismo, todo el esfuerzo de estos años se va al tacho. 

El sindicato del riesgo país ya se mostró. Tiene cara, tiene nombres y tiene programa. Emisión, regulación, expropiación y el regreso de lo que ya se probó. La pregunta no es si van a intentar frenar al Presidente. La pregunta es si los argentinos van a aceptar otra vez el mismo menú que los dejó donde estaban.

 

Con información de TN


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