En Salta, donde el folclore no es un adorno ni una pose, sino sangre que corre por las venas de cada salteño que agarra la guitarra o el bombo, nos duele ver cómo una supuesta asociación de “raíces criollas” se convierte en el brazo ejecutor de la intolerancia ideológica más rancia.
La Asociación Federal de Raíces Criollas —o, para llamarla por su nombre de guerra, la Asociación Federal de Raíces K— acaba de expulsar a "El chaqueño" Palavecino, uno de los grandes referentes de la cultura popular argentina, porque tuvo los bemoles de compartir escenario con el presidente Javier Milei.
Y no es que el Chaqueño haya cometido un delito de lesa folclore. No. Simplemente cantó, como siempre, con el alma al aire, en un acto que para muchos fue un gesto de libertad y para otros, los de siempre, una afrenta imperdonable. Porque en la cabeza de estos señores, el folclore argentino solo puede sonar bien cuando se alinea con la narrativa que ellos defienden: esa que huele a relato eterno, a victimismo crónico y a la idea de que el pueblo es propiedad exclusiva de un solo espacio político.
Acá en el norte, donde la zamba sale de las tripas y no de un manual de corrección ideológica, sabemos muy bien que el folclore es resistencia, pero también es libertad. Resistencia contra el olvido, contra la injusticia, contra el que te quiere callar la voz. Pero libertad para cantar con quien te dé la gana, para pararte donde quieras y para decirle al poder —sea cual sea— lo que te sale del pecho. El Chaqueño lo hizo siempre así: con la guitarra en la mano y sin pedir permiso. Y ahora, por eso mismo, lo echan como si fuera un traidor a la patria folclórica.
Pero vamos al hueso: ¿qué raíces defienden realmente estos muchachos de la Asociación? Porque si uno mira con atención, las “raíces criollas” que ellos pregonan parecen más bien raíces retorcidas, llenas de rencor acumulado y con un olor inconfundible a revanchismo político. Expulsan a un artista por cantar con un presidente que no les gusta, pero se callan la boca cuando se trataba de compartir escenarios con otros gobiernos, con otros presidentes, con otras caras del poder. Ahí no había problema. Ahí el folclore era “popular” y “del pueblo”. Ahora que el poder cambió de manos y que la gente decidió votar por otra cosa, de repente el folclore tiene que ser militancia obligatoria o nada.
Es una hipocresía tan grande que da vergüenza ajena. Porque si el folclore debe mantenerse “alejado de los espacios de poder político”, como dicen ellos con tono de catecismo, entonces habría que preguntarles cuántas veces se sentaron a la mesa con funcionarios, cuántos subsidios cobraron, cuántas invitaciones a actos oficiales aceptaron sin chistar. Pero claro, eso no cuenta. Eso era “acompañar al pueblo”. Ahora, cantar en un acto de otro signo político es “traicionar la esencia”. Caraduras.
En Salta sabemos de qué se trata esto. Acá el folclore no es un campo de batalla ideológico: es la zamba que se canta en las peñas, el carnaval que retumba en los valles, la chacarera que se baila en las fiestas patronales de los pueblos. Es el Chaqueño cantándole a el paraje Rancho El Ñato, a los gauchos de Güemes, al amor o porque no a la tierra que nos vio nacer. Y nunca, jamás, le pidió carnet político a nadie para emocionarse.
Por eso esta expulsión no es un acto de defensa cultural. Es un ajuste de cuentas político. Es el kirchnerismo —o lo que queda de él— usando el folclore como garrote para castigar a quien se anima a salir del corral. Porque si algo le molesta a esa dirigencia es que un artista popular, querido por el pueblo de verdad, no se someta a su relato único. El Chaqueño no es un militante de nadie. Es un cantor. Y por ser cantor de verdad, le duele ver cómo lo quieren encasillar en una causa que no le pertenece.
Lo más grave es que esta movida no solo intenta lastimar a un artista enorme. Si no al folclore todo. Porque cuando una asociación que se dice federal y representativa empieza a expulsar por motivos ideológicos, lo que está haciendo es dividir, es poner alambrados donde debería haber abrazos. Y en un país que ya está suficientemente partido, lo último que necesitamos es que el folclore también se divida en buenos y malos según el color del voto.
Acá en Salta, los que seguimos yendo a las peñas, los que llevamos a los chicos a escuchar chacareras en las plazas, los que nos emocionamos con "La Taleñita"” o con “Zamba del carnaval”, no le vamos a permitir a nadie que nos diga cómo tenemos que sentir el folclore. Mucho menos a una asociación que, en vez de unir, expulsa; en vez de defender la diversidad, la castiga; en vez de cuidar las raíces, las arranca de cuajo si no le responden a su agenda.
El Chaqueño Palavecino no necesita que nadie le valide su argentinidad ni su salteñidad. La tiene en la voz, en las manos curtidas, en las canciones que le cantó a la patria entera. Si la Asociación Federal de Raíces Kriollas quiere seguir jugando a ser la Inquisición del folclore, que lo haga. Pero que no espere que el pueblo del norte, que el pueblo de verdad, le siga el juego.
Porque el folclore salteño no se expulsa. Se canta. Se baila. Se vive. Y se defiende de los que lo quieren usar como arma política. Así de simple. Así de norteño.
Que se queden con su pureza ideológica. Nosotros nos quedamos con el Chaqueño, con su guitarra y con la libertad de cantar donde y con quien se nos dé la gana. Porque al final, las raíces de verdad no las decide una asociación. Las decide el pueblo. Y el pueblo, en Salta y en toda la Argentina, ya eligió seguir cantando y en Libertad. Salud.
Por Luis Rodriguez