José Brandan / Agenda Salta - @josebrandan666
A dos años y meses de asumir la presidencia de Argentina, Javier Milei se solidifica como el sepulturero despiadado del kirchnerismo y el ala izquierda del justicialismo. Los peronistas moderados, en tanto, brindaron apoyo al oficialismo nacional para la aprobación de los paquetes enviados por el ejecutivo a las cámaras. El 2026 se presenta desafiante para los opositores, quienes deberán presentarse como una opción válida, pero evitando caer en la retórica del siglo XX.
A finales del siglo pasado, el insulto máximo en una discusión política era “neoliberal”. Toda posibilidad de diálogo luego de ello era imposible, no existía ningún epíteto peor. Luego del ajuste del tándem Duhalde-Lavagna, el justicialismo encontró en el kirchnerismo un lugar de confort temporal, los precios de los commodities y el saqueo me cuanta caja se disponga en el estado generó la sensación temporal de bienestar.
Luego, la pretendida normalidad intentada por el macrismo fracasó, pero fue aún más grande el fracaso del retorno kirchnerista. Sin exportaciones de granos, liquidez en las cajas estatales ni acceso al crédito, la caída fue estrepitosa. De esa explosión parcial surgió lo que hasta ese momento era impensado: un movimiento liberal sólido y con un apoyo inusitado de las clases sociales más bajas.
Javier Milei, economista libertario con un sólido raid en paneles televisivos a fuerza de convicción y escándalo, llegó a la Rosada en diciembre de 2023 y, desde ese momento monopolizó la iniciativa política en la República Argentina. La oposición en su conjunto fue hasta hoy incapaz de seguirle el ritmo de juego. Milei, como suele suceder cada vez que surge un nuevo deportista que eleva el nivel de una disciplina, juega mucho más rápido y contundente que sus competidores.
Mediante un plan de ajuste ultraortodoxo, el recién llegado logró una sólida estabilización de la macroeconomía que hasta el día de hoy le alcanza para mantenerse fuerte de cara a la opinión pública. Sus interlocutores son eficientes al momento de explicar cada acción del gobierno, y el pasado reciente encarnado en la pesada herencia y la imposibilidad del kirchnerismo de ejercer un juego democrático limpio, colaboran fuertemente en esto.
Sin embargo, las elecciones del 2027 se aproximan más rápido de lo que cualquiera hubiera esperado, y los protagonistas son ampliamente conscientes de esto. El partido Justicialista se enfrenta así a su momento más difícil: el cambio o la extinción.
Si los inicios del siglo XXI fueron el final de la Unión Cívica Radical, 26 años después su némesis enfrenta el mismo dilema. Paradójicamente el límite para ambos partidos parecieran ser los 100 años. Y es que existe un componente que actúa como si se tratase de una cláusula de vencimiento. El conservadurismo erosiona sin ninguna contemplación, las bases discursivas de los movimientos políticos de nuestro país.
El presente nos encuentra interconectados y viviendo un mundo veloz y globalizado, en donde las Inteligencias Artificiales amenazan con cambiar al ser humano tal cual lo conocimos. En este contexto, pensar en economías cerradas regidas por estados con gran presencia fiscal es impensable si lo que se busca es sobrevivir a los cambios que avizoran.
¿Cómo encontrará una sobrevida cualquier intento opositor al mileísmo? ¿Desde qué lugar surgirán los discursos que sepan transferir esperanza -y confianza- desde la clase política opositora al electorado?
El primer cuarto de siglo se presenta como un páramo abandonado en donde solo existe una voz válida que proponga soluciones reales en el contexto en el que se desarrollan los avatares globales. Dentro de esa lógica y el mundo que se avecina ¿podrá el justicialismo encontrar las piezas que le permitan reestructurarse como una opción moderna o correrá la misma suerte que la Unión Cívica Radical? Todo sucederá más rápido de lo que creemos.