En Orán, Salta, la División de Drogas Peligrosas puso fin a un negocio familiar que parecía sacado de una novela de mafiosos criollos. La protagonista: una señora de 77 años que, en lugar de tejer en la vereda o cuidar nietos, fraccionaba y vendía droga desde su casa en el barrio Caballito. El operativo del 20 de noviembre dejó al descubierto una operación digna de un guion de Hollywood, pero con acento norteño.
La imputación llegó rápido y sin anestesia. El fiscal Carlos Salinas formalizó cargos contra la "abuelita" por tenencia y comercialización de estupefacientes, además de involucrar a tres pibes de 17 a 19 años en la misma movida. Lo más grave: uno de los menores era el "repartidor oficial", haciendo de cadete para los clientes del barrio. En Salta, donde el narcotráfico ya es un dolor de cabeza, meter pibes en el negocio es como echarle nafta al fuego.
Todo arrancó el 25 de marzo con un llamado anónimo que puso a los policías en alerta. Los vecinos del barrio Caballito, hartos de ver un desfile constante en la esquina de Avenida YPF y calle Dorrego, tiraron data precisa: "Ahí la abuelita vende bochitas a cualquier hora". Y no era joda. La casita de la señora era el punto de venta más concurrido que un kiosco en día de feriado.
Durante meses, los efectivos de Drogas Peligrosas hicieron vigilancia encubierta, anotando cada "pasamanos" que se armaba en la vereda. Los deliveries eran tan eficientes que parecían de Rappi: intercambio rápido, sin preguntas, y a plena luz del día. "Acá no había misterio, era narco express", contaron fuentes cercanas al caso. La familia, con antecedentes por Ley 23.737, ya tenía fama en el barrio.
El allanamiento del 20 de noviembre fue un show que ni el mejor cronista de policiales podría inventar. Cuando los policías entraron, demoraron a 12 personas que andaban por ahí, oliendo a problema. Pero el momento épico llegó con la requisa personal a la abuela: entre sus prendas íntimas, escondía varios envoltorios de cocaína y marihuana, listos para la venta. "Una caja de seguridad que nadie se animaba a revisar", ironizó un efectivo.
El botín incautado fue contundente: dosis fraccionadas de cocaína y marihuana, plata en efectivo que olía a billetes sucios, balanzas de precisión, elementos de corte y varios celulares que ahora van a peritar. La fiscalía no tuvo dudas: esto no era un hobby de jubilada, sino un negocio montado para el lucro. En Orán, donde el narcotráfico campaba a sus anchas, este golpe pega fuerte.
Lo que más indigna es el rol del pibe de 17 años. Mientras la abuelita fraccionaba desde su sillón, el menor salía a repartir como si fuera cadete de delivery. "Es una aberración que una señora de 77 años ponga a un chico en esa rueda", se escuchó en los pasillos de la fiscalía. En Salta, donde las adicciones ya son una epidemia, usar menores es el colmo de la cinicia.
El barrio Caballito respira aliviado. Los vecinos, que hace meses vivían con miedo de denunciar, ahora hablan libremente. "Era imposible pasar por la esquina sin que te ofrecieran algo", confesó una vecina que prefirió no dar el nombre. La casa, que funcionaba como centro de acopio y fraccionamiento, era el corazón de la operación narco en la zona.