MÁS DE SOCIEDAD



Descansa en paz

Adiós "Polaco" te nos fuiste muy rápido

Fuiste un de ser increíble que le dio refugio, amor, esperanza y una nueva vida a más de 900 perros en tu camino.

Adiós "Polaco" te nos fuiste muy rápido

Me enteré de su muerte y se me apretó el pecho. No por una noticia cualquiera, sino porque se fue uno de esos tipos que parecen hechos de otra madera. Uno de esos héroes verdaderos que no necesitan capa ni discurso. Solo unas bolsas de alimento, un corazón que no sabía decir “no” y una terquedad a prueba de todo.

Eduardo “El Polaco” Groh Riemersma llevaba casi dos décadas al frente de El Montecito de los Canichones. Ese nombre solo ya te dice todo. “Canichones”. Así les decía él a los perros de la calle, con ese cariño pícaro como decimos en Salta, que solo sale de alguien que realmente los mira a los ojos.

Yo seguí siempre su trabajo desde lejos, como tantos. Veía las publicaciones, las historias de rescates imposibles, las fotos de perros que llegaban destrozados y después, de a poco, empezaban a mirar con otra cara. Me acuerdo especialmente de Fidel, ese perro al que un nene de ocho años le tiró nafta y le prendió fuego. Sobrevivió. Y “El Polaco” lo contaba no para generar lástima barata, sino para decir: mirá, todavía hay chance. Cada uno de esos animales tenía una historia y él se empeñaba en que esa historia no terminara en la calle o en el olvido.

"El Polaco" junto a los canichones

Horas antes del accidente había llevado a varios perros a la peluquería canina. Prometió mostrar cómo habían quedado. Pero no llegó a hacerlo. Ese mismo día repartió alimento entre otros refugios y, de yapa, rescató a una perra a la que llamaron Martina. “La cargué en la camioneta y se vino conmigo”, escribió. Así de simple. Hasta el último día estuvo haciendo lo que sabía hacer: sumar, no restar. Y ahora se fue.

Perdió el control de la moto en una rotonda de Santiago del Estero y se terminó. Así de injusto. Así de absurdo. Un tipo que dedicó su vida a salvar vidas se va de un golpe seco y nos deja tristes y con amarga pregunta de qué va a pasar con esos casi mil perritos que todavía lo esperan.

Yo no lo conocí. Nunca pude ir hasta el Montecito, nunca pude sentarme a charlar con él, nunca pude decirle en la cara “gracias, loco, por todo lo que hacés”. Y me quede con esas ganas. Con las ganas de agradecerle, de preguntarle cómo carajo aguantaba tanto, de contarle que su lucha me inspiraba a lejos, en Salta, donde también hay perros tirados y gente que prefiere no mirar.

Porque “El Polaco” no era solo un proteccionista más. Era de los que te obligan a replantearte qué carajo estás haciendo vos con tu tiempo. De los que demuestran que la grandeza no está en los títulos ni en las medallas, sino en bancarse el olor a perro mojado, las noches de desvelo, las cuentas que no cierran y igual seguir. En denunciar el maltrato cuando a nadie le importa. En dar charlas en escuelas para que los pibes crezcan sabiendo que un animal no es un juguete. En ayudar a otros refugios aunque a vos te falte.

Cientos de perritos encontraron un hogar

Cientos de perritos encontraron un hogar

En Argentina hay muchos que pelean por los animales. Pero hay pocos que se convierten en referencia viva, en ese tipo al que mirás y decís “este no se rinde”. Él lo era. Y ahora que no está, el vacío se siente más grande. No solo en Santiago del Estero. Se siente en todos los que alguna vez compartimos una de sus publicaciones, donamos una bolsa de alimento, o simplemente pensamos “ojalá hubiera más como el Polaco”.

Me duele pensar en los perros que todavía están ahí, esperando la voz que los calmaba, la mano que los alimentaba, la presencia que les decía “estás a salvo”. Pero sobre todo me duele, que se haya ido sin que pudiera ser verdaderamente reconocido, porque su lucha no era en vano. Llegaba lejos. Llegaba hasta Salta.

Pero también siento otra cosa. Una mezcla de orgullo y de compromiso. Porque tipos como “El Polaco” no se van del todo. Dejan semillas. Dejan un ejemplo que quema. Dejan la certeza de que vale la pena seguir, aunque duela, aunque cueste, aunque a veces parezca que el mundo no cambia.

Él convirtió su propia herida en refugio para los heridos. Transformó un accidente personal en una misión de casi veinte años. Y eso, hermano, es redefinir la grandeza. No con palabras bonitas. Con hechos. Con perros que antes no tenían nombre y después se llamaban Fidel, Martina, o simplemente “canichón”.

El refugio necesita un millón de pesos por día para su funcionamiento

El refugio necesita un millón de pesos por día para su funcionamiento

Hoy el Montecito de los Canichones sigue ahí, sobre la ruta, con todos esos animales que él amó hasta el final. Y nosotros, los que lo admirábamos desde lejos, tenemos la deuda de no dejar que su trabajo se apague. De bancar a los que queden. De seguir mirando a los perros de la calle con los mismos ojos con los que él los miraba.

Nunca lo conocí personalmente. Y eso me va a doler siempre. Porque me hubiera gustado abrazarlo, escucharlo contar una de sus historias imposibles, reírnos un rato y después seguir cada uno con lo suyo. Me quedo con las ganas. Con las ganas enormes de haberlo tenido cerca, aunque sea un rato.

Pero algo sé: donde esté, ya no carga más el peso de tantos rescates, ni las noches de angustia, ni el cansancio de bancar un refugio entero. Donde esté, está en paz. Y como el decía "Ya SOS luz. Ya SOS agua. Ya SOS tierra. Ya SOS aire. Ya SOS libre".

 

 

Por Luis Rodriguez


¿Te gustó la noticia? Compartíla!