Las vacaciones ya no garantizan un corte total con el trabajo. Aunque el descanso esté formalmente asegurado, una mayoría de los trabajadores mantiene algún tipo de conexión durante esos días, ya sea respondiendo mensajes, revisando correos o simplemente siguiendo de cerca lo que ocurre en su ámbito laboral. La tecnología, especialmente el celular, se convirtió en el principal puente que mantiene activo ese vínculo aun fuera del horario y el espacio de trabajo.
Un relevamiento reciente sobre hábitos laborales y uso de la tecnología muestra que solo una minoría logra desconectarse por completo durante las vacaciones. La mayoría permanece disponible en distintos niveles, sin que eso responda necesariamente a una exigencia directa de jefes o empleadores. En muchos casos, se trata de una práctica naturalizada, incorporada a la rutina cotidiana y sostenida por la facilidad de acceso que ofrecen los dispositivos móviles.
Los datos indican que apenas el 38% de los trabajadores consigue una desconexión total o mayoritaria durante su período de descanso. El 62% restante sigue conectado de alguna forma, ya sea por motivos laborales concretos o por una necesidad personal de mantenerse informado. Este comportamiento expone una dificultad creciente para establecer límites claros entre el tiempo de trabajo y el tiempo personal.
En cuanto a la presión laboral percibida, más de la mitad de los trabajadores asegura no sentirse obligado a responder comunicaciones durante las vacaciones. Otro grupo afirma que solo atiende cuestiones urgentes, mientras que un porcentaje reducido señala sentirse siempre presionado para estar disponible. Sin embargo, aun en contextos donde no existe una demanda explícita, la desconexión efectiva no termina de concretarse.
Una parte significativa de los encuestados reconoce que responde llamados, mensajes o correos laborales porque le gusta estar al tanto de lo que sucede. No se trata solo de cumplir con una obligación, sino de una forma de no perder el control sobre las tareas y los procesos. El trabajo deja de ser algo que se retoma al volver y pasa a estar presente, aunque sea de manera intermitente, durante todo el período de descanso.
La relación con la tecnología refuerza esta dinámica. Solo uno de cada diez trabajadores afirma desconectarse completamente de los dispositivos digitales durante las vacaciones. Un grupo algo mayor reduce su uso, pero la mayoría continúa conectada casi todo el tiempo, aun cuando no esté realizando tareas laborales. El celular acompaña el descanso, los traslados, las reuniones sociales y los momentos de ocio, lo que vuelve cada vez más difícil un corte real.
Esta omnipresencia tecnológica explica, en parte, por qué la desconexión se volvió un desafío. El trabajo ya no está asociado a un lugar físico ni a un horario específico. Está disponible en todo momento y desde cualquier lugar. Esa disponibilidad permanente genera una inercia que muchos trabajadores encuentran difícil de romper, incluso cuando desean descansar.
En relación con la carga laboral, más de la mitad de los trabajadores percibe que el volumen de trabajo disminuye durante los meses de verano. Sin embargo, esa baja no siempre se traduce en una desconexión plena. Para muchos, el trabajo se mantiene activo a través de consultas puntuales, seguimientos ocasionales o respuestas breves que interrumpen el descanso sin llegar a desaparecer del todo.
El estudio también revela distintas formas de organizar las vacaciones. Algunos optan por tomarse todos los días disponibles de manera continua, mientras que otros prefieren dividir el descanso en dos períodos o reservar algunos días para ocasiones específicas. Al mismo tiempo, un porcentaje no menor admite que no se toma vacaciones, una práctica que refleja la dificultad de frenar la dinámica laboral incluso cuando el descanso es un derecho.
Especialistas en empleo y bienestar laboral advierten que la falta de desconexión tiene consecuencias que van más allá del cansancio inmediato. La imposibilidad de cortar con las obligaciones laborales afecta la calidad del descanso, incrementa el riesgo de agotamiento y repercute en la salud emocional. En ese sentido, el descanso no debería pensarse como una pausa excepcional, sino como una parte central de una cultura laboral saludable.
La disponibilidad constante se fue instalando de manera gradual, impulsada por los beneficios de la digitalización y la inmediatez. Con el tiempo, esa ventaja se transformó en una expectativa implícita y, finalmente, en una práctica naturalizada. Muchos trabajadores sienten que desconectarse del todo implica quedar afuera, perder información o resignar compromiso, aun cuando no exista una exigencia formal.
El desafío, entonces, no pasa solo por reducir la presión externa, sino por revisar hábitos y acuerdos internos. Promover una desconexión real durante las vacaciones requiere establecer límites claros, redefinir expectativas y repensar el uso de la tecnología. En un contexto donde el trabajo cabe en un bolsillo, el descanso pleno sigue siendo, para la mayoría, una meta difícil de alcanzar.