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SALUD MENTAL

Tras los sismos en Venezuela crece la preocupación por el estrés postraumático

El doble sismo registrado en Venezuela reavivó el debate sobre las consecuencias psicológicas que dejan los desastres naturales.

Tras los sismos en Venezuela crece la preocupación por el estrés postraumático

El doble terremoto que afectó a Venezuela el 24 de junio dejó no solo daños materiales visibles, sino también una secuela menos evidente pero igual de profunda: el impacto en la salud mental de quienes lo vivieron. En este tipo de emergencias, el miedo, la incertidumbre y la sensación de peligro persistente pueden derivar en un cuadro conocido como trastorno de estrés postraumático (TEPT), una de las respuestas psicológicas más frecuentes tras eventos traumáticos de gran escala.

Este trastorno puede manifestarse con recuerdos intrusivos del momento del sismo, pesadillas recurrentes, episodios de ansiedad intensa y la sensación constante de que el peligro aún no terminó. Muchas personas experimentan también conductas de evitación, como no querer volver a determinados lugares, y un estado de hipervigilancia permanente, con sobresaltos ante cualquier ruido o movimiento inesperado. A esto se suman dificultades para dormir, cambios en el estado de ánimo, tristeza persistente y problemas para retomar la rutina diaria.

En los días posteriores a un terremoto es habitual que aparezcan reacciones emocionales intensas. El llanto, la angustia o la dificultad para concentrarse forman parte de una respuesta esperable del organismo ante una situación extrema. Sin embargo, cuando estos síntomas se mantienen con la misma intensidad durante varias semanas, el cuadro puede dejar de ser una reacción aguda para transformarse en un trastorno que requiere atención profesional.

El TEPT no siempre es visible ni fácil de detectar, ya que no deja huellas físicas. Sin embargo, su impacto puede ser profundo y prolongado. En algunos casos, sin tratamiento, los síntomas pueden extenderse durante años e incluso décadas, afectando la vida social, laboral y emocional de las personas. La pérdida de interés por las actividades cotidianas, el aislamiento y el uso de sustancias como forma de escape son algunas de las consecuencias que pueden aparecer en los casos más severos.

Los niños y los adultos mayores constituyen dos de los grupos más vulnerables frente a este tipo de situaciones. En la infancia, los terremotos pueden generar regresiones en el desarrollo, mayor dependencia de los adultos y miedos persistentes. Es frecuente que algunos niños vuelvan a conductas ya superadas, como dormir acompañados o presentar alteraciones en el control de esfínteres. En estos casos, el acompañamiento familiar resulta clave para brindar contención y seguridad.

En las personas mayores, el impacto suele estar atravesado por las pérdidas materiales y emocionales, así como por la sensación de fragilidad. La compañía y el apoyo cotidiano son fundamentales para evitar el aislamiento y reducir el impacto psicológico del evento traumático.

Frente a este tipo de escenarios, los especialistas recomiendan priorizar la seguridad, sostener rutinas básicas de alimentación, descanso e hidratación, y favorecer la expresión emocional sin represión. También se sugiere evitar la automedicación y el consumo de alcohol u otras sustancias como forma de afrontamiento. El seguimiento en el tiempo es clave, ya que el impacto psicológico puede evolucionar durante meses.

En paralelo a la emergencia, distintas instituciones vinculadas a la salud mental impulsaron dispositivos de acompañamiento psicológico gratuito y a distancia para personas afectadas por desastres de este tipo. La asistencia incluye entrevistas individuales, espacios grupales y contención para familias, equipos de rescate y personal sanitario, con el objetivo de reducir el impacto emocional y prevenir la cronificación del estrés postraumático.


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