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A 100 años del nacimiento de Fidel, Cuba lo celebra... destruida, a oscuras y con hambre

La isla atraviesa su peor crisis energética y social y la prensa oficial busca resaltar la figura de su líder histórico para apaciguar las protestas cotidianas de una población harta de los apagones y la escasez total.

A 100 años del nacimiento de Fidel, Cuba lo celebra... destruida, a oscuras y con hambre

El 13 de agosto de 1926 nació en Birán, en el extremo oriental de Cuba, el hombre que iba a marcar a fuego el destino de la isla durante más de medio siglo.

Hoy, exactamente un siglo después, el régimen que él forjó intenta aferrarse a su sombra como a un salvavidas. No hay otra carta. La Revolución vive su momento más oscuro: apagones que se estiran más de treinta horas, escasez absoluta, hospitales sin insumos, escuelas sin maestros y una migración que vació pueblos enteros. Y frente a ese desastre cotidiano, la maquinaria propagandística oficial no encuentra mejor respuesta que volver a poner a Fidel en el centro de la escena, como si el solo nombre del Comandante pudiera encender las usinas o llenar las góndolas vacías.  

La operación es evidente. Desde hace días los medios controlados por el Partido dedican páginas enteras, programas especiales y discursos interminables a celebrar “el cumpleaños de todos”. Se habla del legado, del futuro, del internacionalismo, de la certeza de que el socialismo es el único camino. El presidente Miguel Díaz-Canel abrió un coloquio internacional con palabras grandilocuentes: el Comandante nos legó la convicción de que los sueños se conquistan defendiendo las ideas y que el socialismo salvará a la humanidad del abismo. Bonitas frases para quien tiene luz, comida y aire acondicionado. Para el cubano de a pie que lleva casi dos semanas sin electricidad en un barrio de La Habana, suenan a burla.  

Y la gente lo dice, aunque sea a regañadientes y en los pocos espacios donde todavía se cuela alguna voz disonante. En los portales oficiales aparecen, entre una avalancha de elogios mandados a escribir, comentarios que piden cuentas: “Presidente, a cuatro cuadras de donde usted inauguró la Feria del Libro hay un circuito sin luz desde hace doce días. Los transformadores explotaron y nadie da respuesta”. Otro, más directo, se animó a tildar al líder histórico de megalómano, genocida y psicópata. Son excepciones en un sistema de censura férrea, pero alcanzan para mostrar que el relato oficial ya no cierra como antes.  

Hubo un tiempo en que el retrato de Fidel colgaba en casi todas las casas. Hablar mal de él era peligroso; muchos preferían hacer el gesto de la barba o de los galones antes que pronunciar el nombre. Esa omnipresencia se quebró. Hoy los cuadros desaparecieron de las paredes de los hogares. Las generaciones mayores todavía repiten el latiguillo “esto con Fidel no pasaría”, como si el pasado hubiera sido un paraíso de abundancia y no el mismo experimento fallido que se arrastra desde 1959. Los jóvenes, en cambio, son los que emigran o los que salen a cacerolear cuando se corta la luz otra vez. Ellos no tienen nostalgia. Tienen hambre, calor y bronca.  

La presión externa es real y brutal. Donald Trump endureció el cerco petrolero hasta provocar un colapso energético que paralizó industrias y dejó a la isla a oscuras. Expertos internacionales ya hablan de una “Gaza silenciosa”. El embargo que lleva más de seis décadas sigue haciendo estragos. Pero reducir todo a la culpa del imperialismo es el truco de siempre. Vietnam enfrentó un escenario similar después de la caída de la Unión Soviética y eligió abrir la economía sin soltar del todo el control político. Fidel se negó. Prefirió el dogma. Hoy el gobierno cubano se ve obligado a aplicar reformas de mercado que el propio Comandante rechazó hace treinta años, pero sin tocar un milímetro el monopolio del poder. Capitalismo para los bolsillos del Estado, socialismo para el pueblo.  

El resultado está a la vista. La salud y la educación, aquellas “joyas de la Revolución” que se vendían al mundo como modelo, son apenas un recuerdo. Hospitales vacíos de medicamentos y de profesionales que se fueron. Aulas sin maestros y llenas de ideología. El transporte público es una lotería. La producción casi no existe. El país exporta poco más que tabaco y nostalgia. La crisis epidemiológica se suma a la miseria material. Y mientras tanto, la propaganda insiste en que el problema es externo y que el camino correcto sigue siendo el mismo que nos trajo hasta acá.  

Cada vez más cubanos empiezan a señalar la diana correcta. Ya no alcanza con echarle la culpa al bloqueo o a Trump. La responsabilidad inicial de este callejón sin salida tiene nombre y apellido. El hombre que prometió la utopía y construyó un país a su imagen y semejanza terminó entregando ruinas. El centenario no es una fiesta: es un ajuste de cuentas. La población, cansada de apagones eternos y de discursos vacíos, mira el retrato que ya no está en la pared y se pregunta qué quedó de tanto sacrificio.  

En Argentina conocemos de sobra los costos de los experimentos que priorizan la ideología por sobre la gente. Sabemos lo que pasa cuando un líder se vuelve intocable y el relato se impone a la realidad. Por eso el espectáculo que se arma en La Habana estos días resulta tan familiar y tan irritante. Mientras el régimen celebra al fundador, los cubanos de a pie sobreviven sin luz, sin medicinas y sin futuro. La Revolución que iba a ser ejemplo para América Latina se convirtió en advertencia. Y el cumpleaños del Comandante solo sirve para recordar, con cruel precisión, cuánto se puede destruir en nombre de un sueño que nunca llegó.

 


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