La afirmación de Donald Trump de que podría rever la posición oficial de los Estados Unidos con respecto a las Islas Malvinas no fue casualidad. Desde hace meses y por distintos canales, el gobierno norteamericano viene utilizando el reclamo por las islas como un instrumento de presión para obtener un compromiso del Reino Unido de aumentar su presupuesto de defensa y apoyar de forma más firme las operaciones estadounidenses en el exterior.
En el primero de los casos, el del presupuesto militar, el Reino Unido se comprometió, al igual que los demás países de la OTAN, a llevarlo a cinco puntos del PBI para 2035. Pero Estados Unidos quiere asegurarse ese incremento del gasto e incluso, si es posible, acelerarlo.
Al mismo tiempo, Trump lo ha dicho públicamente: se sintió defraudado por no contar con el apoyo de quien históricamente ha sido su principal aliado en materia de defensa con respecto a la guerra en Irán.
Este escenario hizo que hace algunos meses se filtrara un memo del Pentágono en el que se planteaba la posibilidad de rever la posición con respecto a las Malvinas. En su momento lo publicó la agencia británica Reuters, lo que generó un fuerte debate dentro del Reino Unido, pero también puertas adentro de la administración norteamericana.
El propio Trump sabe que la diplomacia y los militares de carrera estadounidenses históricamente han advertido sobre las consecuencias negativas que puede tener una confrontación abierta y directa, al menos en términos discursivos, con su histórico aliado.
Son esos sectores los que, de distintas maneras, intentan disuadir a la Casa Blanca de cambiar su posición formal con respecto a las Islas Malvinas.
Posiblemente, esta postura haya hecho que Trump todavía se abstenga de realizar un pronunciamiento formal y oficial y solo haya mencionado el tema en una breve respuesta al pasar en el Salón Oval, como hizo con tantos otros asuntos sobre los que luego no terminó avanzando o no siguió adelante con lo prometido.