Las jornadas de calor extremo que atraviesan gran parte de la Argentina no responden a un evento aislado ni a una simple ola de temperaturas altas. Detrás de los registros que superan con facilidad los 35 grados y de las alertas meteorológicas sostenidas hay un fenómeno específico: el llamado bloqueo atmosférico, un patrón que altera la circulación normal del aire y genera condiciones persistentes de calor intenso.
Este sistema funciona, en términos simples, como una barrera invisible en la atmósfera. Se trata de un área de alta presión que queda prácticamente estacionada sobre una región amplia del país y frena el avance de frentes fríos que suelen llegar desde el sur. Mientras ese “muro” se mantiene firme, el aire fresco no logra avanzar y el calor queda atrapado durante días, e incluso semanas.
El mecanismo se da cuando un anticiclón se instala de manera estable y modifica el movimiento habitual de la atmósfera. En lugar de permitir el recambio de masas de aire, este sistema favorece un flujo constante de viento del norte, que empuja aire cálido de origen tropical hacia el centro y el norte argentino. Esa circulación sostenida es una de las claves para entender por qué el termómetro no da tregua.
A este escenario se suma un proceso físico determinante: la subsidencia. El aire, al descender desde capas más altas de la atmósfera, se comprime por el aumento de presión y se calienta. Este calentamiento adiabático eleva aún más la temperatura del aire y, al mismo tiempo, dificulta la formación de nubes. Con cielos mayormente despejados, la radiación solar impacta de lleno durante gran parte del día, reforzando la sensación térmica elevada.
En una primera etapa, el bloqueo suele generar calor seco. Este tipo de ambiente, frecuente en regiones del centro y oeste del país, puede resultar engañoso para el cuerpo humano. La transpiración se evapora rápidamente y la pérdida de líquidos ocurre sin que aparezca una sensación clara de sed, lo que incrementa el riesgo de deshidratación, golpes de calor y agotamiento térmico.
Con el paso de los días y el desplazamiento lento del sistema de alta presión hacia el este, el panorama tiende a cambiar. El ingreso de mayor humedad transforma el calor seco en calor húmedo, una combinación que suele sentirse más agobiante. En este contexto aparecen las llamadas noches tropicales, con temperaturas mínimas que no bajan de los 24 o 25 grados, impidiendo el descanso y dificultando que viviendas y edificios se enfríen.
Este fenómeno tiene un impacto directo en la salud, incluso en personas jóvenes y sin enfermedades previas. La falta de alivio nocturno incrementa el estrés térmico acumulado y eleva los riesgos, especialmente en adultos mayores, niños y quienes realizan actividades físicas o laborales al aire libre.
Durante estos episodios, las alertas por temperaturas extremas se extienden sobre distintas provincias del país, con niveles que van de amarillo a naranja según la intensidad y la duración del evento. Estas advertencias no solo apuntan a poblaciones vulnerables, sino que también advierten sobre efectos moderados a altos en la población en general cuando la exposición al calor es prolongada.
Más allá de la persistencia del bloqueo atmosférico, el alivio suele llegar cuando el sistema comienza a debilitarse. Ese quiebre permite un cambio en la dirección del viento, generalmente hacia el este o el sur, y habilita el avance de mayor nubosidad e inestabilidad. En algunos casos, el proceso se da de manera gradual, con tormentas aisladas y un descenso paulatino de las temperaturas máximas.
Si bien estos bloqueos no son nuevos, su duración y frecuencia generan cada vez más atención en un contexto de variabilidad climática y eventos extremos más recurrentes. Entender cómo funcionan permite dimensionar por qué el calor se sostiene más allá de lo habitual y por qué, muchas veces, la sensación es que el verano “no termina de pasar”.
Mientras tanto, la recomendación sigue siendo la misma: hidratarse de manera constante, evitar la exposición al sol en las horas centrales del día y prestar especial atención a los síntomas asociados al calor extremo. Hasta que ese muro invisible ceda, el desafío será convivir con temperaturas altas y noches que ofrecen poco descanso.