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Héroe animal

Mortero el perro que fue a la guerra y volvió con los soldados

Se metió solo en un traslado militar y terminó compartiendo trincheras, misiones y cautiverio.

Mortero el perro que fue a la guerra y volvió con los soldados

En medio del conflicto del Atlántico Sur en 1982, donde el frío, la incertidumbre y el miedo marcaban cada jornada, hubo una presencia inesperada que se volvió imprescindible para un grupo de soldados. No llevaba uniforme ni entendía de रणनीas militares, pero estuvo ahí, firme, durante los días más duros. Su nombre era Mortero, un perro mestizo que terminó formando parte de una historia tan singular como conmovedora.

Nadie sabe con certeza de dónde venía. Era un animal sin dueño fijo, de pelaje marrón claro, que había encontrado refugio en un regimiento del sur argentino. Con el tiempo, su figura se volvió habitual entre los movimientos de la unidad: acompañaba caminatas, se sumaba a los relevos y seguía a los soldados como si hubiera sido entrenado para eso. En realidad, lo que lo guiaba era algo mucho más simple: la necesidad de estar cerca.

Cuando llegó el momento del despliegue hacia las islas, el operativo se organizó con rapidez. Vehículos, equipos y personal comenzaron el traslado sin margen para imprevistos. Sin embargo, Mortero logró colarse sin ser detectado. Se metió en uno de los camiones que luego fue cargado en un avión militar. Recién en pleno vuelo advirtieron su presencia. Para entonces ya no había forma de hacerlo bajar. Así, sin planificación ni órdenes, el perro iniciaba su propio recorrido en la guerra.

Una vez en el territorio insular, su comportamiento no cambió. Permanecía cerca de los soldados, acompañándolos en cada movimiento. Se adaptó a condiciones extremas: el viento constante, la humedad que atravesaba la ropa y las largas jornadas sin descanso. Dormía junto a ellos en pozos improvisados, ayudando a conservar el calor corporal en noches donde la temperatura caía de manera abrupta.

Al finalizar la guerra, Mortero fue capturado junto al resto de soldados argentinos. (Foto: Zona Militar)
 

Pero su rol no se limitaba a la compañía. Con el paso de los días, muchos comenzaron a notar conductas que llamaban la atención. Ante determinados ruidos o movimientos en el cielo, el perro reaccionaba antes que el resto. Se quedaba inmóvil, observando, o lanzaba aullidos que rompían el silencio. Esas señales, en más de una ocasión, coincidieron con la llegada de ataques o sobrevuelos. Para los soldados, su intuición se volvió una especie de alarma anticipada en un escenario donde cualquier advertencia podía marcar la diferencia.

También formaba parte de las patrullas. Caminaba junto a los combatientes durante recorridos extensos, incluso atravesando zonas peligrosas. Se movía con naturalidad en terrenos complejos y acompañaba hasta puntos límite, donde luego se detenía a esperar. Permanecía allí, atento, hasta que el grupo regresaba. Ese ritual se repitió muchas veces: la ida silenciosa, la espera paciente y el reencuentro cargado de alivio.

En ese contexto, Mortero dejó de ser visto como un animal más. Se transformó en un integrante de la unidad, alguien que compartía las mismas condiciones y riesgos. Su presencia ofrecía algo difícil de encontrar en una guerra: una sensación de cercanía, de rutina, incluso de normalidad dentro del caos.

Durante más de dos meses, vivió el conflicto al mismo ritmo que los soldados. Y cuando llegó el final, también compartió su destino. Tras la rendición, fue tomado como prisionero junto a la tropa. El traslado se realizó en un buque británico, en una situación cargada de tensión y agotamiento acumulado.

En ese viaje ocurrió un episodio que con el tiempo se volvió parte inseparable de su historia. El perro orinó en un sector del barco, lo que generó rechazo por parte de quienes controlaban la embarcación. La intención inicial fue dejarlo fuera del traslado. Sin embargo, la reacción de los soldados fue inmediata. Para ellos, Mortero no era prescindible. Había estado en cada momento, había resistido lo mismo que ellos. Finalmente, lograron que lo aceptaran a bordo bajo ciertas condiciones.

Así, el perro completó el regreso junto a quienes había acompañado desde el inicio. Volvió al continente como uno más, después de haber atravesado una experiencia que excedía cualquier lógica para un animal.

Con el paso del tiempo, su historia siguió su curso lejos del frente. Regresó a la vida dentro del ámbito militar hasta que fue adoptado por una familia vinculada a la unidad. Allí pasó sus últimos años, en un entorno completamente distinto al que había conocido durante la guerra. Murió de viejo, cuidado y acompañado.

Hoy su figura permanece en la memoria colectiva como parte de esas historias que no suelen ocupar los primeros planos, pero que dicen mucho sobre lo vivido. Su recuerdo se mantiene en espacios conmemorativos y en relatos que siguen transmitiéndose entre generaciones.

En un escenario atravesado por la dureza del conflicto, Mortero representó algo elemental pero profundo. No entendía de banderas ni de disputas territoriales. Su lugar estaba junto a quienes había elegido acompañar. Y en ningún momento se apartó de ellos.

Esa constancia, silenciosa y sin condiciones, es lo que lo convirtió en un símbolo. Porque incluso en situaciones extremas, donde todo parece desmoronarse, hay gestos que sostienen. En este caso, vino de un perro que simplemente hizo lo que sabía: quedarse.

Mortero acompañó a los soldados en exploraciones, cruzó campos minados y durmió en pozos. (Foto: Zona Militar)

 


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