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Indignación: Escritores y lectores se alzan contra el uso de obras literarias para alimentar a las IA

Autores, libreros y defensores del patrimonio apuntan contra las tecnológicas por sacrificar ejemplares antiguos y agotados para alimentar modelos de inteligencia artificial.

Indignación: Escritores y lectores se alzan contra el uso de obras literarias para alimentar a las IA

La destrucción industrial de libros para entrenar modelos de inteligencia artificial abrió un nuevo frente contra las grandes tecnológicas. Autores, libreros, archivistas, historiadores y bibliófilos multiplicaron sus críticas después de que distintas investigaciones alertaran sobre el sacrificio de ejemplares antiguos, raros y agotados.

Forbes describió la reacción como una "guerra online" contra los gigantes tecnológicos y los desarrolladores de IA. No se trata, al menos hasta ahora, de una campaña coordinada, sino de una ola de indignación que reunió denuncias públicas y acciones preventivas de libreros preocupados por el destino de sus obras.

De la indignación a la resistencia

El debate cobró fuerza tras conocerse que compañías de IA compran libros físicos, les cortan el lomo, escanean sus páginas a alta velocidad y desechan los originales. La alarma escaló cuando aparecieron indicios de que las adquisiciones también alcanzaban obras antiguas, especializadas y fuera de circulación, en algunos casos sin otras copias preservadas.

Michael Burry, el inversor estadounidense que anticipó la crisis hipotecaria de 2008, calificó la práctica como "el mal encarnado". Elon Musk también intervino y afirmó que pidió a los ingenieros de xAI conservar cualquier libro raro en una biblioteca y escanearlo sin cortar la encuadernación.

 

El empresario David Sacks apuntó contra Anthropic por reclamar derechos sobre sus propios productos mientras utiliza obras ajenas. "Anthropic sostiene que tiene derecho a entrenar gratis con toda la producción del mundo, aunque el autor se oponga. Pero si un competidor entrena con el material de Anthropic después de pagarlo, eso es un robo de propiedad intelectual. La hipocresía es impresionante", escribió en X.

Libreros que controlan a sus compradores

La reacción no quedó limitada a las redes sociales. Libreros de Australia comenzaron a examinar a determinados compradores para impedir que obras especiales terminaran desarmadas y trituradas.

Gwenyth Todd, responsable de Chatelaine Books, explicó que controla a los interesados para evitar que los ejemplares lleguen "al hogar equivocado". "Para mí, los libros son más que objetos", sostuvo a The Guardian.

El librero Tim White diferenció la destrucción de una edición con cientos de miles de copias del sacrificio de una obra única o con valor documental. En ese último caso, consideró que la práctica resulta "horrible".

Las sospechas también llegaron a Reino Unido e Irlanda. Librerías independientes recibieron pedidos de cientos o miles de títulos sin conexión temática, desde tratados agrícolas del siglo XVIII hasta historias regionales. Los compradores pagaron sin pedir descuentos y, en algunos casos, enviaron las cajas a depósitos de carga.

Un AirTag siguió la ruta de los libros

Una investigación de 404 Media aportó una pista sobre el recorrido de las obras. Un vendedor de libros raros recibió una orden por casi 1.000 ejemplares y permitió que los periodistas escondieran un Apple AirTag dentro de uno de los paquetes.

El dispositivo viajó desde California hasta Milwaukee, pasó por Colorado Springs y terminó en un depósito de Amazon identificado como "VGT3". Trabajadores del establecimiento describieron puestos en los que "lo único que hacemos es escanear libros" durante toda la jornada.

La pesquisa no permitió identificar qué compañía encargó los ejemplares, pero expuso una instalación capaz de digitalizar obras a escala industrial.

El antecedente secreto de Anthropic

La sospecha sobre las tecnológicas tiene un antecedente documentado. Archivos judiciales difundidos en una demanda de autores revelaron que Anthropic compró millones de libros para desarrollar el "Proyecto Panamá".

La empresa contrató proveedores que retiraron las encuadernaciones, cortaron las páginas, las escanearon y trituraron los originales. Un documento interno definió el objetivo: "El Proyecto Panamá es nuestro esfuerzo para escanear de forma destructiva todos los libros del mundo".

La misma planificación reconocía la intención de ocultar la operación: "No queremos que se sepa que trabajamos en esto". Durante un solo contrato de seis meses, Anthropic proyectó escanear entre 500.000 y 2 millones de ejemplares.

La compañía sostuvo ante The Guardian que sus programas no compran ni destruyen libros raros o antiguos. También afirmó que obtiene sus ejemplares en mercados convencionales y que la adquisición de obras físicas constituye una práctica extendida en la industria.

Por qué la IA busca obras anteriores a 2022

Los libros publicados antes de 2022 resultan valiosos porque garantizan textos anteriores a la expansión de la inteligencia artificial generativa. A diferencia de buena parte del contenido disponible en internet, ofrecen lenguaje escrito y editado por personas, razonamientos extensos y estructuras narrativas coherentes.

Las obras físicas también dan acceso a conocimiento especializado que nunca llegó a digitalizarse. Para las empresas, representan una fuente de datos capaz de mejorar sus modelos sin recurrir a archivos pirateados, cuyo uso provocó demandas por derechos de autor.

La legislación de EEUU permite que el comprador disponga de una copia adquirida legalmente, incluso si decide destruirla. Fallos judiciales también consideraron que convertir un libro impreso en un archivo digital para entrenamiento interno puede constituir un uso legítimo "transformador".

Ese resguardo legal alimentó las denuncias de quienes sostienen que las tecnológicas aprovechan la propiedad de una copia para construir bases de datos sin compensar a los autores, mientras eliminan libros cuyo valor histórico excede el contenido de sus páginas.


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