El show de medio tiempo del último Super Bowl quedó en el centro de una fuerte polémica política en Estados Unidos luego de que un grupo de congresistas republicanos reclamara sanciones severas contra Bad Bunny, la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL) y la cadena NBC, a quienes acusaron de haber permitido una transmisión “indecente” en horario familiar.
Los cuestionamientos incluyeron pedidos formales a la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) para aplicar multas, revisar licencias de transmisión y avanzar con investigaciones legislativas. Incluso, algunos dirigentes fueron más allá y plantearon públicamente la posibilidad de encarcelar tanto al artista puertorriqueño como a ejecutivos vinculados al evento.
Uno de los impulsores del reclamo fue el congresista Randy Fine, representante de Florida, quien calificó al espectáculo como “ilegal” y sostuvo que durante la actuación se utilizaron expresiones y contenidos que, traducidos al inglés, no estarían permitidos en la televisión abierta estadounidense. En sus declaraciones, Fine afirmó que el show incluyó groserías y escenas que describió como “suciedad pornográfica”, motivo por el cual exigió acciones inmediatas por parte del organismo regulador.
El legislador confirmó que junto a otros miembros de su espacio político enviaron una carta al presidente de la FCC solicitando sanciones ejemplares. A través de sus redes sociales, Fine resumió su postura con un mensaje contundente en el que pidió “multas, revisión de licencias y cárcel” para los responsables del espectáculo televisado.
A este planteo se sumó el congresista Andy Ogles, de Tennessee, quien elevó una nota al Comité de Energía y Comercio del Congreso para exigir una investigación formal contra la NFL y la señal televisiva. En ese documento, acusó a las empresas de haber “facilitado una transmisión indecente” y cuestionó el contenido de las canciones interpretadas durante el show.
Según Ogles, las letras y la puesta en escena promovieron conductas sexuales explícitas que, a su entender, no deberían emitirse en un evento seguido por millones de familias. En su argumentación, hizo foco en la presencia de menores como audiencia cautiva y sostuvo que el espectáculo expuso escenas que consideró inapropiadas para ese contexto.
Otro de los legisladores que se pronunció fue Mark Alford, representante por el estado de Misuri, quien afirmó que el Congreso ya inició una revisión del caso. Alford reconoció no dominar el español, pero sostuvo que, de confirmarse las traducciones difundidas de las canciones interpretadas, el episodio podría derivar en consecuencias regulatorias para los responsables de la transmisión.
El congresista incluso comparó la controversia con el recordado incidente protagonizado por Janet Jackson en el Super Bowl de 2004, cuando una falla en el vestuario dejó al descubierto uno de sus pechos en plena transmisión en vivo. Para Alford, el episodio actual podría ser “aún peor” por la reiteración de expresiones y gestos que calificó como explícitos.
Las críticas no se limitaron al Congreso. Dirigentes del mismo espacio político y referentes conservadores cuestionaron con dureza el espectáculo, al que consideraron una provocación cultural y moral. En ese marco, el show de Bad Bunny fue señalado como uno de los ejemplos de lo que describen como un deterioro de los estándares televisivos en eventos masivos.
La controversia también volvió a poner bajo la lupa el rol de la FCC, organismo encargado de regular los contenidos emitidos por televisión abierta en Estados Unidos. En el pasado reciente, su actual presidente ya había protagonizado cruces con medios y figuras públicas por contenidos considerados ofensivos, lo que alimenta las expectativas de posibles sanciones.
Mientras tanto, la NFL y la cadena televisiva involucrada evitaron realizar comentarios públicos sobre los pedidos de los legisladores. Tampoco hubo declaraciones oficiales por parte del artista, cuyo show fue seguido por millones de espectadores y generó un fuerte impacto en redes sociales, tanto con apoyos como con rechazos.
El episodio deja al descubierto una vez más la tensión entre la cultura pop, la libertad artística y los sectores políticos que reclaman mayores controles sobre los contenidos emitidos en eventos de alcance masivo. En ese escenario, el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl volvió a convertirse en algo más que un show: pasó a ser un nuevo capítulo de la disputa cultural que atraviesa a la sociedad estadounidense.