La violencia golpeó con una brutalidad inusitada a la aldea de Woro, en el estado nigeriano de Kwara, donde al menos 170 personas fueron asesinadas durante un ataque armado atribuido a combatientes yihadistas. El hecho comenzó con una convocatoria engañosa: los agresores llamaron a los habitantes a reunirse para rezar y, cuando la multitud se congregó, desataron una masacre.
Tres días después del ataque, el pueblo seguía sumido en el horror. Los sobrevivientes continuaban enterrando a las víctimas mientras aparecían nuevos relatos sobre la metodología empleada por el grupo armado, que actuó de manera sistemática y sin dar margen de escape. Viviendas y comercios fueron incendiados, incluida la casa del jefe local, que quedó completamente destruida.
Aunque no hubo una cifra oficial definitiva, las estimaciones coinciden en que se trata del episodio más sangriento registrado este año en la región. Autoridades provinciales hablaron de al menos 75 muertos, pero líderes comunitarios y testigos elevaron el número a cerca de 175, e incluso algunos aseguraron que la cantidad de víctimas fatales podría ser mayor.
Según relataron habitantes que lograron sobrevivir, los atacantes se presentaron como predicadores religiosos. La convocatoria generó confianza y permitió que muchas personas se acercaran sin sospechar lo que ocurriría después. Una vez reunidos, comenzaron los disparos. El pánico se apoderó del lugar y quienes pudieron intentaron huir o esconderse entre el monte y las construcciones.
Los testimonios coinciden en que los agresores asesinaron principalmente a hombres y niños, mientras que mujeres y niñas fueron secuestradas. La violencia fue directa y selectiva, sin advertencias previas. Los cuerpos quedaron esparcidos por el pueblo y recién horas después pudieron comenzar las tareas de recuperación y sepultura.
Las imágenes posteriores al ataque mostraban restos humeantes, edificios reducidos a cenizas y camiones trasladando cadáveres envueltos en telas blancas. Las ceremonias funerarias se extendieron durante días, en un clima de dolor, miedo e incertidumbre, mientras muchas familias aún buscaban a personas desaparecidas.
Ante la magnitud de la masacre, el presidente de Nigeria ordenó el despliegue de un batallón del Ejército en el distrito de Kaiama, una zona cercana a la frontera con Níger, donde en los últimos años se registró un avance de grupos armados vinculados al extremismo islámico. La región se convirtió en un punto crítico por la expansión de estos ataques hacia áreas que antes se consideraban relativamente seguras.
El atentado generó condenas internacionales y renovó las alertas sobre la crisis de seguridad que atraviesa el país africano. Mientras tanto, en Woro, el duelo continúa y la comunidad intenta recomponerse tras una de las jornadas más trágicas de su historia reciente, marcada por el engaño, la violencia y la devastación total.